El Preludio de la Luz

Prólogo

Me he dado cuenta de algo con el tiempo: el significado de vivir es inútil.

¿Realmente existimos para cumplir un propósito?

Mucho creen en algo llamado «destino» que liga cada uno de nuestros pasos hacia un camino ya dibujado por algún tipo de entidad o fuerza mucho más allá de nuestra propia comprensión.

¿Solamente ocupamos un pequeño espacio en la casualidad de la existencia?

Otros, más eruditos en el tema, señalan que somos meras formas de azar en este enorme conjunto de fortunas o infortunios, los cuales nos llevan a creer, por medio de la coincidencia o mera matemática, que si se puede predecir lo que sucederá; mas, como lo afirman, es una mera ilusión.

Una fantasía. Un sueño. Un deseo de que las cosas sean como nosotros lo digamos. Que ocurran tal y como nos gustaría que fueran.

«Estás destinado a grandes cosas». Es posible que aquella persona se vea afectada por esas palabras y su autoestima lo lleve lejos; aunque también cabe la posibilidad que esa confianza se convierta en pensamientos engreídos que le lleven a la ruina.

Las personas son interesantes… Sobre todo, los humanos. Son fáciles de manipular y casi siempre caen ante este tipo de declaraciones sobre lo que va a ser de ellos por medio de cosas que no comprenden como: los astros, la magia y el ilusionismo. A fin de cuentas, las palabras son la mayor arma que se puede tener entre los seres pensantes. Aquel que use su carisma en favor a grandes cosas, llegará tan lejos que ni siquiera él mismo podrá después dilucidar el control de todo lo que ha podido recrear.

«Poder».

No me cabe la menor duda… Algunos están hechos para ejercerlo. En verdad nacieron para volverse grandes líderes que llevan en sus manos el poderoso fuego de la victoria ante sus enemigos. Es demasiado coincidente que las cosas se den tan bien para llevarlos hasta la cima, en donde el control de los más débiles se convierte en el martillo de los más fuertes.

«No existe el destino». Nunca lo existirá. Los caminos no están marcados por una línea mística que proviene de la mano de algún Dios o de la misma naturaleza.

No, el destino es más bien lo que vemos delante nuestro, y siempre somos nosotros los que tomamos las armas para poder recorrer la senda correcta hasta llegar a él, en donde los más terribles deseos serán cumplidos y las más bellas fantasías desmentidas.

«Estábamos destinados a estar juntos». Imposible. La seducción es la fuerza que hace de aquel destino cierto. Siempre hay uno que resiste.

«Estabas destinado a llegar aquí». Absurdo. La perseverancia y la estrategia fueron los escalones que se recorren para alcanzar dicho trono. Siempre hay más quienes desean estar allí.

«Estabas destinado a vivir esto». Inverosímil. Las decisiones tomadas en base de la supervivencia, o el bien común que asemejan a una vieja predicción, sólo remontan que la frágil posibilidad de un evento futuro basado en grandes acuerdos lógicos es probable.

Interesante, ¿no?

¿Aún crees que una fuerza mayor juega un papel en tu patética existencia?

…

Las llamas iluminan la habitación entera de forma tenue.

El fuego que escapa del enorme bracero que se encuentra delante mío es sin duda impresionante: una combinación de varios colores que destacan por el increíble poder y terror que deslumbran.

Rojo. Incontrolable y asesino.

Naranja. Impredecible y astuto.

Amarillo. Imparable y severo.

Verde. Insostenible y fructuoso.

Celeste. Inapelable y tenebroso.

Azul. Inevitable y poderoso.

Morado. Insoportable y certero.

A pesar de encontrarse juntos, no pueden combinarse. ¡Oh, no! Les es imposible volver a formar ese terrible color que alguna vez fueron.

Blanco. Inconcebible y violento.

De tan sólo pensarlo, mis hermanos, mi familia entera, tiembla ante ello. La sola idea, que algo así vuelva a existir, les hace creer que será el fin de todo lo que conocemos. De lo que alguna vez fuimos aquí, en Gaia II.

No obstante, algo más fuerte que nosotros mismos, o ellos, les separa. No pueden mezclarse de nuevo así nada más, ocupan una ayuda tan gigantesca que pensar en ella es una idea errónea para cualquier ser vivo de este mundo.

Alrededor del enorme bracero, que es conformado por un enorme pozo en el suelo, se encuentra una especie de barda circular dorada con grabados plateados, adornada con bellas joyas que acompañan el brillo de las llamas dentro de ella: amatista, zafiro, aguamarina, esmeralda, topacio, zircón y rubí. Cada una del color representativo del poder que oculta aquella energía abrasadora.

Las formas de los limites antes descritos son curvas y puntiagudas. Con misteriosos finales que apuntan hacia arriba y a los costados, repletos de alternativos caminos que se repiten en un bello patrón hasta formar la curiosa corona puesta en las orillas de este contenedor de malicia incontrolable.

Por otro lado, la habitación es un desperdicio arquitectónico. Posee siete paredes, cuyas columnas enfrente de ellas mantienen dibujadas a aquellos seres que han poseído, o poseen, el poder sobre el elemento sagrado. En las paredes, están talladas las imágenes de los grandes dragones que manipulan su respectivo fragmento colorido. Destacando una de ellas, que sólo posee tres dibujos y ninguno hasta el momento en su columna.

El piso está conformado por enormes bloques de granito claro, colocados uno al lado del otro de la manera más estética posible hasta formar todo en donde se puede pisar, grabados sobre ellos la historia de este lugar, así como la de los fuegos sagrados.

El sitio está cerrado, las llamas del enorme bracero no producen humo ni necesitan de oxígeno para sobrevivir. Son eternas y caprichosas, en realidad. Se conservan para tratar de alumbrar el cuarto de manera pobre, para que quien las vea de cerca, pueda escuchar los innumerables gritos de agonía de aquella que se partió en siete para formar este sitio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.