El último cazador de dragones

Fuego y seniza

El Último Cazador de Dragones
Volumen 01

Capítulo 1: La maldición de ser un cazador

Recuerdo esa noche maldita.

Recuerdo el calor. El humo. Los gritos.

Y recuerdo que yo soy el culpable de todo esto

Todo empezó cuando aquel dragón apareció en mi pueblo natal. Era rojo. Grande. Con escamas que brillaban bajo la luz de la luna. Sobre su lomo venía un jinete con armadura. No llevaba estandarte. No llevaba insignia. Solo una espada larga.

Los soldados del Rey llegaron primero. Entraron a las casas. Sacaron a la gente a la calle. Nos tiraron al barro. Nos apuntaron con sus lanzas.

—¡Colaboradores! —gritaban—. ¡Traidores! ¡Ocultan cazadores en este pueblo todos arderan herejes!

Yo levanté las manos. Tembloroso. Sucio.

—¡No! —les dije—. ¡Nosotros nunca colaboraríamos con esa gentuza! ¡Somos gente de paz! ¡Trabajamos la tierra!

Pero no me escucharon. Nadie me escuchó.

Y lo peor es que todo era mi culpa.

Los soldados no sabían que yo era un cazador. Yo tampoco lo sabía. Bueno, sí lo sabía. Tenía el tatuaje en el brazo desde que nací. El dragón sin cabeza. La espada clavada. Pero nunca supe qué significaba. Mis padres nunca me lo dijeron. Murieron cuando yo era un crío.

Si yo no hubiera nacido con esta marca... si yo no hubiera sido un cazador...

Nada de esto habría pasado.

El jinete levantó su espada. El dragón abrió la boca. Y entonces, el fuego cayó sobre nosotros.

El fuego cayó sobre los tejados. Sobre los árboles. Sobre los cuerpos de mis vecinos. Las llamas se movían rápido. Consumían todo. El aire se volvió negro. No podía respirar. El humo me llenó los pulmones.

Corrí hacia mi casa.

—¡Maria! ¡John!

La puerta estaba en llamas. La madera se rompió cuando la empujé. El fuego me enpeso a rodiar consumiendo mi ropa.

No sentí nada.

Entré a la casa. El techo crujía. Las vigas caían.

—¡Maria!

La vi. Estaba en el suelo. Abrazada a John. Mi hijo. Tenía cinco años.

—¡Demiand! —gritó ella. Su voz se rompió. Tenía la ropa en llamas. El pelo en llamas.

Corrí hacia ellos. Intenté levantarlos. Pero el techo se vino abajo. Una viga cayó entre nosotros. El fuego los cubrió.

Los escuché gritar.

Escuché a mi esposa gritar mi nombre.

Escuché a mi hijo llorar.

Y yo... yo solo sentía frío.

Un frío que me subía por los pies. Por las piernas. Por el pecho. Un frío que me comía desde adentro hacia afuera.

¿Por qué no me quemo?

¿Por qué el fuego no me hace nada?

¿Por qué ellos sí?

Una roca cayó del techo. Me golpeó en la nuca. Todo se volvió negro. Lo último que escuché fueron sus gritos de agonía mientras el fuego los devoraba.

Y luego, silencio.

Desperté al otro día. Estaba bajo los escombros. La casa ya no existía. Solo quedaban cenizas. Madera quemada. Piedras negras.

Y yo estaba vivo.

Me levanté. Me dolía todo. La nuca me sangraba. La espalda me ardía. Pero no tenía quemaduras. Ni una sola. Mi ropa estaba destruida. Pero mi piel estaba intacta.

Miré mi brazo. El tatuaje seguía ahí. El dragón sin cabeza. La espada.

Entonces lo supe.

Yo era un cazador.

Y por eso habían venido. Por eso habían matado a mi familia. Por eso habían quemado mi pueblo.

Yo era el culpable.

Me lo pregunté mil veces. ¿Por qué no me quemé junto a mi querida Maria y mi John? Las dos personas que más quería en este mundo. Mi mujer. Mi hijo.

No hay respuesta.

Solo hay una verdad: que ser un cazador y tener este maldito tatuaje....es una maldicion

Me quedé ahí. Sentado sobre las cenizas de mi casa. Mirando el cuerpo carbonizado de mi esposa. El cuerpo pequeño de mi hijo.

No lloré. No podía.

Solo sentía ese frío. Ese frío que me comía por dentro. Que no me dejaba en paz.

Yo era un cazador.

Y no me quemé.

Y ellos sí.

Yo los maté.

Estuve sentado entre los escombros durante horas.

No sé cuántas. El sol salió. Los buitres bajaron. Se posaron sobre los cuerpos. Empezaron a comer. No los espanté. No tenía fuerzas. Solo miraba el cuerpo de Maria. El cuerpo pequeño de John.

Yo no me quemé.

Yo no morí.

Ellos sí.

Me levanté cuando el sol ya estaba alto. Mis piernas temblaban. La nuca me sangraba. Caminé sin rumbo. Salí del pueblo. No miré atrás. No podía mirar atrás.

Caminé durante días. No comí. No dormí. Solo caminaba. Mis pies sangraban. La ropa se me cayó a pedazos. Llegué a un pueblo cercano. Un pueblo que no conocía.

Entré a una taberna. El dueño me miró con asco. Yo olía a humo. A sangre. A muerte.

—Dame de beber —le dije. Mi voz era un graznido.

—No tienes dinero —dijo él.

Le puse mi anillo de boda sobre la mesa. El anillo de Maria. El único recuerdo que me quedaba de ella.

—Dame todo lo que tengas.

El hombre tomó el anillo. Me trajo una botella. La abrí. Bebí. El alcohol me quemó la garganta. Me quemó el estómago. Pero no me importó.

El fuego no me hace nada.

Pero el alcohol sí.

Bebí hasta que la botella quedó vacía. Me desmayé sobre la mesa. Cuando desperté, seguía en la taberna. El dueño me dejó quedarme. A cambio de limpiar el suelo. Lo hice. Todos los días. Limpiaba el suelo. Bebía. Limpiaba el suelo. Bebía.

Los días se volvieron semanas. Las semanas se volvieron meses. No sé cuántos. Perdí la cuenta. Perdí la noción del tiempo. Perdí la noción de todo.

Solo quería morir.

Pero no podía.

El tatuaje no me dejaba.

Una noche, después de beber más de lo normal, salí de la taberna. Tambaleándome. Cayendo. Me arrastré por un callejón. El barro me cubrió. La lluvia empezó a caer.

Me dejé caer en una zanja. El agua sucia me llegó al pecho.

Esto es todo.

Aquí muero.

Cerré los ojos. Esperé. Esperé el frío final. El frío que me llevaría con Maria. Con John.

—Así que esto es lo que queda de los cazadores.



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En el texto hay: violencia, temas oscuros, muerte de personajes

Editado: 07.10.2026

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