Embers in The Darkness

Prólogo:

El aire en el reino celestial de Aethel era espeso con una pena tan profunda que tenía peso, una presión que hacía inclinarse las majestuosas alas de obsidiana de los Viloan. Se alzaban en su multitud silenciosa sobre llanuras de neblina brillante, sus formas: una belleza aterradora. Cuernos se enroscaban desde sus frentes nobles y feroces; ojos que brillaban como ascuas contenían una suavidad que desmentía su aspecto demoníaco. Sus brazos, con forma similar a las de las razas por las que se afligían—los miembros delgados de los elfos, la fuerza robusta de los enanos, incluso las garras astutas de demonios menores—se entrelazaban en oración o colgaban flojos en la desesperación.

Frente a ellos, el gran estanque de visión no mostraba el cielo ni las nubes, sino el sombrío tapiz del mundo mortal, Zyken. Observaban cómo ciudades de elegantes agujas blancas, otrora dominio de los elfos, ahora ardían bajo banderas humanas bordadas con espadas de conquista. Fueron testigos de cómo las grandes puertas talladas con runas de las fortalezas enanas eran destrozadas, sus poderosas forjas produciendo ahora no arte, sino cadenas. Veían los campos labrados por ogros rotos, las mansiones limpiadas por duendes encadenados, y los rincones oscuros y vergonzosos donde las razas no humanas más bellas eran guardadas para placeres mucho peores que la muerte.

Un sonido surgió de los Viloan, un lamento armónico y fúnebre que era el sonido de la esperanza de un mundo muriendo. Era su lamento. Eran observadores, sanadores, pensadores. Su fuerza estaba en la sabiduría y la misericordia, no en la brutal lógica de la guerra. Y contra el implacable y salvaje don de la humanidad para el conflicto, su benevolencia era un escudo de pergamino.

Su mirada colectiva se apartó del estanque y se dirigió a la figura que se sentaba al borde de su reino. No era una figura de luz o fuego, sino de presencia serena. Era Ciplan, El Gran Soberano, el Primordial. Su forma era indefinida, cambiando entre la de un anciano rey, un árbol olvidado y una estrella silenciosa. Era el único dios con la autoridad para intervenir directamente en el curso mortal, y Él había elegido el silencio.

Uno de los Viloan, más viejo que los demás, sus cuernos grabados con la historia de épocas, dio un paso al frente. Su voz era como el susurro de mil millones de hojas, suave pero inmensa.

“Gran Ciplan”, entonó, con la cabeza inclinada. “Hemos observado. Hemos llorado. Nuestras lágrimas han llenado océanos en los reinos de abajo, y aun así el sufrimiento no cesa. La humanidad extingue la luz de todo lo que considera diferente. Solo conocen el dominio. Le suplicamos. Préstenos Su autoridad. Permítanos intervenir. Permítanos mostrarles un poder que no corrompe, sino que limpia”.

El silencio se extendió. La esperanza en los corazones de los Viloan comenzó a desvanecerse.

Entonces, una voz habló. No se escuchó con los oídos, sino que se sintió en el alma de cada ser presente. Era el sonido de las raíces de las montañas moviéndose, de estrellas encendiéndose.

“Siento su dolor como ustedes”, el pensamiento de Ciplan resonó, pesado con la pena única de un dios. “Pero el camino de los mortales es suyo para recorrer. Intervenir con mi mano completa es deshacer el tablero sobre el que juegan. La consecuencia es absoluta”.

Una ola de desesperación inundó a la multitud. Pero el pensamiento continuó.

“Sin embargo… su compasión es un hilo en el tapiz de mi diseño. No permitiré que vayan ustedes mismos, pues son de mi esencia directa. Pero les permitiré crear. Forjen un ser de Zyken, de la esencia de ese mundo. Un nuevo hilo. Una aguja para coser el destrozado tejido de su destino. Este es el límite de mi intervención. Lo que pase después… es para que esta creación lo decida”.

Permiso. No era la liberación que soñaban, pero era una herramienta. Era una oportunidad.

Y así, los Viloan se comprometieron por completo. Se reunieron no con armas o armaduras, sino con un propósito. Vertieron en su creación no solo habilidad y poder, sino el mismísimo núcleo del conflicto que buscaban resolver. Entendieron que para derrotar a un monstruo, hay que conocer a un monstruo. Para superar una guerra absoluta, hay que ser su maestro.

Tejieron juntos la inocencia de un niño, para caminar inadvertido entre los opresores. Insertaron la ferocidad de una bestia, para luchar contra los soldados implacables. Forjaron un núcleo moral de bien absoluto, y en su misma sombra, el potencial para un mal absoluto, pues sabían que la pureza de espíritu no siempre podía romper cadenas; a veces, las cadenas requerían un martillo de metal más oscuro para quebrarse.

Dieron forma a un cuerpo: un niño de siete años, con cabello del color de la luz del sol sobre un campo de trigo y ojos de un amatista real y profundo. Era hermoso. Discreto. Pero bajo esa piel dormía una musculatura de potencial divino, y una transformación que contenía la pesadilla de todo esclavista.

Insuflaron en él un único propósito impulsor, un comando que ardía en su alma recién nacida: Tráeles la libertad.

Y mientras la última de su energía colectiva fluía en la pequeña forma dormida que yacía sobre el lecho de neblina celestial, el anciano Viloan pronunció el nombre que sería tanto una promesa como una advertencia para el mundo de abajo.

“Saquar”.

El Campeón había nacido.



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En el texto hay: elfos, accion, imperio

Editado: 15.05.2026

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