"El Choque"
En la primavera de 2005 iba rumbo a mi trabajo en compañía de Ale, mi hija mayor, y uno de sus compañeros de estudio.
El semáforo me habilitó el paso y empecé a cruzar la intersección. En ese preciso instante, una moto que avanzaba a toda velocidad desde la calle perpendicular chocó de lleno contra la parte trasera de mi camioneta. Frené de golpe, completamente sorprendida por un impacto que no esperaba.
Miramos por el espejo retrovisor y vimos que el motociclista se levantaba por sus propios medios; de inmediato, empezó a observar los daños de su vehículo. Parecía estar perfectamente bien. Decidí que no valía la pena hacer un problema ni perder el tiempo por un raspón, considerando que ya era casi la hora de entrar a mi turno, y seguí camino. Me fui directo al laboratorio.
Al rato, un hombre se presentó en mi lugar de trabajo. Era el mismo motociclista, pero vestía uniforme: era policía. Pidió hablar con la dueña de la camioneta. Cuando me llamaron, me recibió con una actitud hostil, acusándome formalmente de haber huido del lugar de un accidente.
Lo miré con firmeza y le dije:
—Usted ni siquiera tiene sucia la camisa y está lo más bien. Cuando se cayó, lo único que le importó fue su moto, así que imagino que no estaba tan lastimado.
El hecho de que hubiera salido a recorrer el barrio hasta encontrarme y que viniera en persona a interrogarme era la prueba más que suficiente de que no tenía nada. Para evitar que intentara cambiar la versión de los hechos, agregué que viajaba con dos pasajeros, por lo que tenía testigos de que él había sido quien me había embestido. Por supuesto, no aclaré que mi hija y su amigo eran menores de edad; pensé que eso podría invalidar su testimonio ante sus ojos y, ¿para qué darle armas al enemigo?
El hombre se retiró y creí que el asunto había terminado ahí. Qué equivocada estaba.