Eras tú: El misterio Baldochhi

Capítulo 9: El viaje

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Miércoles y justamente a las ocho en punto recibo dos correos. Me decido por abrir primero el que es remitente directo de la presidencia. En el mismo se me informa que ese día y mañana David no vendrá a la oficina pues estará resolviendo asuntos personales para antes del viaje. Y aunque en primera instancia me parece extraño porque, es decir, ¿qué tanto tendría que resolver? Digo, ni que fuera alguien como yo, que tuve que ir a hacer mucho papeleo para la visa mexicana, ¡y sin dejar de venir a trabajar! Además, alguien como David —y con todos los viajes que supuestamente hace—, tiene todos esos papeles en orden. ¿Qué puede ser?

Me supone, entonces, que está huyendo de lo que pasó la última vez que hablamos, pero tan pronto pienso en esa posibilidad..., la desecho. Y creo que sí, él seguro tiene muchas más preocupaciones a pensar, en comparación, al rechazo de una mujer.

Abro el siguiente correo y para mi sorpresa es una especie de elogio fúnebre o una dedicatoria en memoria a los veinticinco años de fallecimiento del honorable fundador de Baldocchi Group: Rafael Baldocchi. Junto a él aparece una mujer y dos menores quienes, supongo de inmediato, son Martín y su hermano menor Santiago. Y lo confirmo cuando leo la breve biografía del fundador de la empresa: Su esposa Irma Fiorelli, lo que me indica que tienen ascendencia europea y explica el porqué de los rasgos tan exóticos de Martin y de su hijo.

Pestañeo un par de veces y recuerdo aquella conversación en donde David me riñó el hecho de no saber de la historia de su empresa. Frunzo los labios y, ante la inminente curiosidad, me voy al buscador y escribo "Baldocchi historia", y seguido —al igual que la primera vez que busqué, días antes de que me entrevistaran para el trabajo—, se me arroja muy poca información sobre la historia de la familia.

Me voy hasta las noticias más antiguas y encuentro un pequeño artículo de un periódico que ya no existe actualmente en mi país. Sigo leyendo y degluto el sabor amargo de ver que, en tan poco tiempo, esa familia se llenó de desgracias. Porque efectivamente, poco más de año después del deceso de Rafael, falleció el hijo menor de los Baldocchi junto a su familia: Mariana (la esposa) y Alessia (la primogénita), gracias a un trágico accidente. E intentó buscar más sobre dicho accidente pero cuando entro a los enlaces estos me los bloquea la compañía, igual a como hacen con las páginas de las redes sociales. Solo logro ver un par de fotografías de una casa prácticamente en escombros que me eriza la piel y me deja el corazón compungido.

Termino de buscar y me digo entonces que, a mi regreso, buscaré más información al respecto. Quizá Carlos pueda sacarme de dudas.

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La noche de jueves, me duermo pensando en las dudas que me acompañas desde ayer y que me preocupan más de lo que me gusta. Porque justo ahora no sé si David me acompañará o iré sola a ese viaje, duda que no quisiera preguntarle por correo a Martín; porque me supone que tal cosa no debería preocuparme —pero está sucediendo.

Y gracias a esto, mi sueño se vuelve inquieto y se llena de ciertas pesadillas recurrentes. Por ello, y casi a las cuatro de la mañana de viernes, me levanto y comienzo a alistarme. Para cuando son apenas las cinco y media de la mañana termino de empacar.

Me siento sobre la cama y hago a un lado el cansancio que me aqueja; procedo a revisar los apuntes en mi agenda de todas las actividades y llamadas que debo hacer tan pronto ponga un pie en la habitación del hotel: confirmar las reservaciones en los restaurantes y con el fotógrafo profesional de Ensenada y el resto de la logística para hospedarnos después en la hacienda. «Todo tiene que salir a la perfección, con o sin David Baldocchi», me digo.

A las seis en punto, un vehículo enviado por la empresa me pasa a recoger; ya que por el check in debo estar a las ocho de la mañana, dos horas antes de abordar. Antes de salir de casa me despido de mi papá, quien aún sigue en pijama y con los estragos de un buen sueño, trae en las manos un abrigo. Ladeo el rostro y veo con ternura su cara sonrosada y los lentes que ocultan sus ojos claritos y adormilados. Se pone el abrigo, pues afuera está lloviznando y el clima está más fresco a esta hora del día.

—Ten mucho cuidado y cualquier cosa solo tienes que llamar, ¿de acuerdo? —Me limito a sonreír a dejar que se acerque mi frente para que deposite un beso de despedida, su barba de días me hace cosquillas. Me acomoda mi abrigo y me sonríe de tal forma que se marcan las arrugas torno a sus ojos.

—Voy a estar bien, papá —digo, mientras lo abrazo. Nos separamos y nos observamos un momento, luego camino al vehículo y vuelvo a verlo antes de subir, él sigue en la entrada—. ¡Te llamaré cuando esté en mi habitación!, ¡te quiero!

—Te quiero, hija. —Me da un asentimiento y regresa a la casa.

Llego al Aeropuerto Internacional de El Salvador antes de las ocho de la mañana; me apresuro a ir al registro en la línea aérea correspondiente y luego —cuando he terminado y se llevan mis maletas, a excepción de la de mano—, salgo a buscar algo para desayunar. La mayoría de negocios están cerrados, a excepción de un establecimiento de hamburguesas y pollo frito, tuerzo el gesto pues no se me antoja nada frito a estas horas. Resoplo y opto por comprarme un café y un pacillo de naranja. Luego de comer, me voy a la sala de espera y me someto a las revisiones y para cuando he terminado, de David no hay ni sus luces.



Therinne

Editado: 30.10.2020

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