Esto no era parte del plan.

Prólogo.

Rys

El repiqueteo de la lluvia contra el cristal de la ventana era el único sonido en toda la habitación. En Seattle siempre llovía, pero esa noche el agua caía con una cadencia pesada, casi nostálgica, pintando de luces borrosas la silueta de los edificios universitarios a lo lejos.

Ignoré el frío que se colaba por la rendija del marco y me acomodé la sudadera gris, encogiéndome en mi silla del escritorio. Tenía los ojos fijos en la pantalla de la computadora, donde el cursor parpadeaba con insistencia sobre el lienzo en blanco de Word, que poco a poco se iba llenando de palabras.

“...porque hay una diferencia abismal entre mirar al sol y pretender tocarlo. Él pertenece al escenario, a las luces distorsionadas y al eco de miles de voces que gritan su nombre. Yo solo pertenezco al silencio de los márgenes, al anonimato de los que miran desde abajo, conformándose con la calidez de su luz a la distancia”.

Solté un suspiro, deteniendo los dedos sobre el teclado. Me froté los ojos, cansado. Sabía que estaba proyectando demasiado de mis propios sentimientos en ese capítulo, pero me resultaba imposible no hacerlo.

Especialmente esa noche.

Ajustándome los auriculares, subí el volumen del reproductor de mi celular. En la pantalla se reproducía en bucle el video de una transmisión en vivo. Era el último concierto de Volt Edge en Londres. antes de que la banda se tomara un breve descanso para viajar a Estados Unidos y terminar con su tour mundial.

A través del audio de alta calidad, la batería retumbaba con una fuerza eléctrica y la guitarra soltaba acordes sucios, potentes, puramente británicos. Pero lo que me mantenía completamente hipnotizado era la voz del vocalista.

Suren Vale.

En el video, Suren se aferraba al soporte del micrófono con una mano, con el cabello oscuro empapado en sudor pegado a la frente y una sonrisa ladina y peligrosa dibujada en los labios mientras dominaba al público. Con la otra mano sostenía la guitara que caía de su hombro, sus dedos se movían ágiles sobre las cuerdas.

Era una fuerza de la naturaleza. Un dios inalcanzable del rock. De una manera inevitable y patética me había enamorado a través de una pantalla.

Cuando el en vivo terminó, justo en un primer plano de los ojos oscuros de Suren. El pecho me dolió un poco, una punzada de esa nostalgia absurda que te da cuando extrañas algo que nunca te ha pertenecido.

Casi sin pensarlo, movido por el cansado de las tres de la mañana y la vulnerabilidad que trae la lluvia, cerré Word y abrí Instagram. Busqué el perfil oficial de Suren. No la cuenta de la banda, sino la personal, esa donde Suren a veces subía fotos borrosas de paisajes de madrugada sin dar explicaciones. Un perfil con millones de seguidores y una bandeja de entrada que probablemente era un agujero negro de mensajes ignorados.

Abrí el chat privado. Nunca le había escrito antes. Me parecía una pérdida de tiempo, pero esa noche con las defensas bajas, mis dedos se movieron solos sobre el teclado del celular.

De: @Rys_Cade

El puente de guitarra en la tercera canción de hoy fue increíble. No sé si la mezcla fue a propósito, pero sonó mucho más cruda y honesta que en el álbum de estudio. Buen viaje a América.

Me quedé mirando el párrafo unos segundos. Sonaba estúpido. Sonaba demasiado analítico. Iba a borrarlo, pero en un arrebato de torpeza y pánico, mi pulgar presionó el botón azul.

Enviado.

—Mierda —susurré para mí mismo, sintiendo un vuelco en el estómago.

Me apresuré a bloquear la pantalla del celular y lo dejé boca abajo sobre el escritorio, cómo si el aparato pudiera quemarme los dedos. Solté una risa nerviosa. ¿Por qué me preocupaba? Suren Vale recibía miles de mensajes por segundo. El mío se perdería en el fondo de las solicitudes, sepultado por declaraciones de amor y ofertas de marcas. Nadie lo leería jamás. Si es que Suren tenía acceso a su celular y no fuera que alguien administrara sus redes sociales por él.

Me levanté para meterme a la cama, decidido a apagar el cerebro y olvidar mi momento de debilidad.

Apenas me había cubierto con las sábanas cuando el celular timbró sobre la madera del escritorio.

Una vez. Una vibración corta.

Me congelé al instante. El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. Lentamente, estiré el brazo y cogí el celular, desbloqueando la pantalla. La luz blanca me cegó los ojos por un instante, pero cuando mi vista se ajustó, el aire se me escapó por completo de los pulmones.

En el centro de la pantalla de bloqueo, una notificación de Instagram brillaba en la oscuridad:

suren.vale te ha enviado un mensaje.




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