Esto no era parte del plan.

Capítulo 1.

Suren

El O2 Arena no rugía; vibraba con una frecuencia salvaje que se te metía directo en la boca del estómago y te sacudía las costillas.

Desde donde estaba parado, el mundo era una marea densa de luces LED rojas y blancas, calor humano y ese olor químico a humo que se te pega a la garganta tras dos horas de show. Di un paso hacia el borde del escenario, sintiendo el peso familiar de mi Fender Stratocaster negra contra el pecho. Tenía los dedos de la mano izquierda fijos en el mástil, presionando las cuerdas con fuerza, y la púa de tortuga sostenida entre los dientes mientras dejaba que la adrenalina me dictara el ritmo. El cabello me goteaba sobre la frente, empapado de sudor, y la respiración me quemaba bajo la chaqueta de cuero que llevaba entreabierta.

A mi derecha, el bajo y la batería se acoplaron perfectamente cuando arrancó el riff final de la noche. Escupí la púa, me pegué al micrófono con esa urgencia casi violenta que da el final de un concierto y solté la última línea de la canción, dejando que mi voz se rompiera justo en la nota alta.

El estallido del público cuando el set cerró de un golpe seco fue ensordecedor. Veinte mil personas gritando un nombre que ni siquiera era el mío.

Levanté la guitarra con un movimiento automático, curvando los labios en esa sonrisa traviesa que tenía perfectamente ensayada para las cámaras. Mis ojos verdes escanearon el océano de flashes y brazos levantados, posando el tiempo exacto para que las pantallas gigantes proyectaran mi perfil estilizado. Sabía exactamente qué producto quería la industria británica de mí, y se lo di.

Pero por dentro, el ruido era insoportable.

Me quité la correa de la guitarra y se la entregué a uno de los técnicos apenas pisamos las sombras de las bambalinas. Caminé por el pasillo de hormigón hacia los camerinos sin mirar atrás, ignorando la palmada que mi guitarrista líder me dio en la espalda mientras me gritaba algo sobre un after-party en el Soho. Asentí con la cabeza por pura inercia. Un gesto vago que me servía para todo cuando el show terminaba.

Entré a mi camerino privado y cerré la puerta de golpe, bloqueando el noventa por ciento del caos exterior.

El silencio me recibió como un puñetazo físico. El lugar era enorme, impersonal, lleno de bandejas de catering que no iba a tocar y botellas de agua helada. Dmitri no estaba allí —detestaba la energía de los post-shows y prefería revisar las métricas de la gira desde la oficina—, pero su presencia flotaba en la habitación. Está en la libreta negra con el itinerario de prensa sobre la mesa y en la notificación que parpadeaba en mi teléfono.

Dmitri: Excelente recepción en el O2. Mañana a las 8:00 AM te quiero despierto para la entrevista con la BBC Radio 1. No te desveles. Recuerda lo que acordamos sobre el mercado americano en Seattle.

Ni siquiera me molesté en desbloquear la pantalla para responder. Tiré el teléfono sobre el sofá de cuero, me quité la chaqueta y me acerqué al espejo del tocador. Me miré las manos: el esmalte negro de las uñas estaba astillado por el roce salvaje con las cuerdas.

Tengo veinticuatro años, la banda de rock alternativo más grande del momento, y un vacío en el pecho que se sentía tan profundo y oscuro como el Támesis en invierno. Estaba exhausto. Cansado de que cada maldita interacción en mi vida fuera una transacción comercial, un autógrafo o un recordatorio de Dmitri sobre cómo debía cuidar el apellido Trevane para no arruinar la marca.

Me dejé caer en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo con los ojos cerrados, rogando para que el zumbido crónico de mis oídos se apagara de una vez. Entonces, el teléfono vibró contra el cojín. No fue el tono corporativo que usaba para mi hermano. Fue una vibración corta. Sutil.

Estiré el brazo y giré la pantalla.

Rys [15:47 / Hora de Seattle]: A veces me pregunto si el cielo de Londres se siente tan gris como el de Queen Anne hoy. Aquí la lluvia acaba de empezar y Faye insiste en que las novelas de romance se escriben mejor con chocolate caliente. Espero que el show haya salido bien, Suren.

Solté un suspiro largo, y por primera vez en toda la noche, sentí una sonrisa real, suave y desarmada, dibujarse en mi cara.

Nadie en ese maldito continente me llamaba Suren con esa ligereza. Para el resto del mundo yo era Suren Vale, la estrella que llenaba estadios; para el chico de diecinueve años al otro lado del Atlántico, que se pasaba las noches en vela escribiendo en secreto en su laptop, solo era el tipo insomne que colecciona vinilos y debate sobre el final de Oyasumi Punpun. Sabía que tenía un proyecto entre manos, una historia que guardaba con un recelo casi tierno y de la que apenas me soltaba pistas de vez en cuando, esquivando el tema cada vez que yo intentaba indagar de más.

Mis dedos, todavía algo tensos por el esfuerzo de tocar, se movieron sobre el teclado con una rapidez que no tenía con nadie más.

Suren: Salió bien, Rys. Aunque aquí no hay chocolate caliente, solo un camerino demasiado grande y el ruido del estadio metido en mi cabeza. Dile a Faye que tiene buen gusto. Pásame un fragmento de lo que estás escribiendo hoy... necesito leer algo que sea real.

Apoyé el teléfono contra mi pecho, esperando su respuesta mientras los segundos avanzaban, aferrándome al único cable a tierra que tenía a miles de kilómetros de distancia, en un tranquilo barrio llamado Queen Anne.

La pantalla parpadeó apenas unos segundos después. Su respuesta llegó cargada de esa timidez innata que siempre me hacía querer leer más entre líneas.

Rys: ¿Un fragmento? No creo que estés listo para mis borradores de madrugada, Suren, suelen ser un caos. Además, Nico ya se durmió en mis pies y yo debería hacer lo mismo si quiero sobrevivir a las clases de mañana. Descansa del ruido.




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