Esto no era parte del plan.

Capítulo 2.

Suren

El regreso al hotel desde el Soho había sido un borrón de luces borrosas a través de la ventanilla, y las apenas tres horas de sueño que logré conseguir no hicieron absolutamente nada por aliviar el peso en mis sienes.

A las ocho en punto de la mañana, tal como Dmitri lo había exigido, la banda y yo ya estábamos sentados en el frío estudio de la BBC Radio 1. El olor a café cargado de máquina flotaba en el aire mientras nos colocábamos los auriculares. En cuanto el locutor encendió el micrófono rojo con el letrero de «ON AIR», la máscara de Suren Vale se activó por pura inercia.

—¡Estamos de vuelta con el fenómeno del momento! —exclamó la voz entusiasta del entrevistador, resonando en mis oídos—. Anoche reventaron el O2 Arena y mañana van a conquistar el mercado americano. Suren, la crítica dice que tu sonido en esta gira es más oscuro, más introspectivo... ¿Qué podemos esperar de los próximos shows en lugares como Seattle?

Forcé una sonrisa ligera, me acomodé frente al micrófono y respondí con el tono carismático y misterioso que todos esperaban escuchar:

—Seattle siempre tiene una vibra especial. Creo que el clima gris le sienta bien a nuestra música. Esperamos encontrar algo... real por allá.

El locutor rio, apuntando algo sobre la famosa lluvia de Washington, y rápidamente giró hacia el resto de la mesa, buscando mantener la energía a tope.

—Y es que el crecimiento de VOLT EDGE es sencillamente histórico —continuó el entrevistador, señalando las pantallas del estudio donde parpadeaban las gráficas de la cadena—. Tres estadios O2 completamente agotados en Londres, doble disco de platino en Europa antes de terminar el mes y, por si fuera poco, acaban de romper el récord del álbum de rock alternativo más reproducido en su primera semana en plataformas digitales. Jax, como bajista, ¿cómo se gestiona esta locura?

Jax se inclinó hacia su micrófono, soltando una risotada cansada pero llena de orgullo.

—Aún estamos procesándolo, para ser honesto —admitió Jax, acomodándose la gorra—. El otro día entré a TikTok y vi que el riff que Suren compuso para el último sencillo ya tiene más de dos millones de videos creados por los fans. Hay tendencias de todo tipo con nuestra música de fondo. Es una locura cómo se viraliza cada nota.

—Es un impacto generacional absoluto —coincidió el locutor, asintiendo con entusiasmo—. Las redes sociales prácticamente respiran bajo el ritmo de ustedes. El trend con la transición de batería de Overdrive está bloqueando el internet. ¿Qué opinas de eso, un monstruo en las baquetas como tú, Mick?

—Que mis muñecas van a necesitar un seguro médico de siete cifras si los fans siguen intentando replicar ese ritmo en sus casas —bromeó Mick, ganándose una risa general en el estudio—. Pero es increíble. Ver a la gente apropiarse de las canciones y hacerlas parte de sus vidas a esa escala te vuela la cabeza.

—El tour americano se viene con recintos el doble de grandes que el año pasado porque la demanda se disparó en redes —añadió Aaron, cruzándose de brazos con una sonrisa de suficiencia—. La locura digital nos obligó a abrir más fechas.

Me eché hacia atrás en la silla, desconectando mi mente del resto de la entrevista mientras mis compañeros seguían desglosando los números de la gira y las fechas de los festivales de verano. Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta para rozar el borde de mi teléfono.

Toda esa maquinaria gigante, los discos de platino, las métricas de TikTok y los millones de personas recreando nuestro arte... todo eso se sostenía sobre mis hombros. Yo escribía las letras en mis noches de crisis. Yo grababa las guías. La prensa los interrogaba a ellos sobre el éxito, pero al final del día, los ojos del mánager, de la disquera y de Dmitri siempre volvían a mí. Si yo caía, la torre de naipes se derrumbaba.

—Y para cerrar, porque sabemos que tienen un avión transatlántico que abordar en un par de horas —la voz del locutor me trajo de vuelta a la realidad, clavando su mirada profesional en mí—, la pregunta que todos los críticos se hacen: Suren, eres el alma y la pluma detrás de VOLT EDGE. Con todo el éxito del mundo en tus manos, ¿cuál es la meta final para ti en esta etapa americana?

Fijé los ojos en el micrófono cromado. Sabía la respuesta corporativa que Dmitri quería escuchar: "Expandir la marca, romper el récord de taquilla en el Madison Square Garden". Pero la fatiga en mis sienes y el recuerdo del último mensaje de Rys se mezclaron en mi garganta.

—Sobrevivir al ruido —respondí, con una honestidad tan escueta que dejó al locutor parpadeando por un breve segundo—. Y encontrar una buena razón para seguir escribiendo.

En cuanto las luces rojas de los micrófonos se apagaron, me quité los auriculares de un tirón y exhalé el primer suspiro real de la mañana. No hubo tiempo para estirar las piernas; las puertas del estudio se abrieron y el mánager entró como un torbellino, revisando su reloj de muñeca con impaciencia.

—Andando, chicos. Las camionetas están en el sótano, pero la salida principal de la BBC está colapsada. Hay cerca de trescientas personas bloqueando la calle desde las seis de la mañana —nos advirtió, haciéndonos una seña para que nos apuráramos—. Capuchas arriba y no se detengan. Si nos retrasamos veinte minutos, perderemos el espacio de despegue en Heathrow y Dmitri me colgará de los pulgares.

Caminamos a paso rápido por los pasillos interiores del edificio, rodeados por tres miembros de seguridad que se comunicaban por la radio en susurros tensos. A pesar de salir por el acceso subterráneo de carga, el eco de los gritos ya se filtraba por las paredes de hormigón. Cuando las puertas de metal se abrieron, la barrera de fotógrafos y chicas adolescentes con pancartas se abalanzó contra la línea de contención. El destello de los flashes rebotó violentamente en la pintura negra de las dos furgonetas que nos esperaban con los motores rugiendo.




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