Rys
Aún no lograba asimilarlo. Suren Vale y su banda estarían en Seattle en unos cuantos días. Justo aquí, pisando las mismas calles por las que yo caminaba a diario.
Mi historia con ellos había empezado un año atrás, cuando el fenómeno de Volt Edge ya era imparable y su primera gira por Norteamérica ya había quedado atrás. En ese entonces yo solo era un espectador tardío; alguien que llegó cuando las luces ya se habían apagado, maldiciéndome en silencio por no haberlos descubierto antes, por haberme perdido la oportunidad de formar parte de la marea de gente que llenó sus conciertos en la ciudad. Pero ahora el destino les daba la vuelta a las cosas. Regresaban a Seattle, estarían a un par de kilómetros de distancia y mi mente simplemente se negaba a procesar la escala de la realidad.
Cuando Faye me alcanzó en el pasillo de la facultad y me plantó el teléfono en la cara con la noticia que ya incendiaba internet, sentí un vacío horrible en las rodillas. Si no me sostuve de los casilleros, fue por puro milagro. Ella era la única persona en el mundo que custodiaba mi secreto: sabía lo mucho que la voz de Suren significaba para mí y que, en mis momentos más oscuros, sus canciones habían sido el único salvavidas flotando en mitad de la tormenta. Tenía la certeza absoluta de que Faye jamás traicionaría la confianza que le había entregado en la intimidad de nuestra amistad.
—Entonces… ¿estás emocionado o en estado de shock? —preguntó Faye, rompiendo el silencio.
Estábamos sentados en una de las mesas de la cafetería universitaria, aprovechando la hora del almuerzo y el bloque libre que nos quedaba antes de encerrarnos en la siguiente clase.
—No lo sé —admití, echando una mirada paranoica a nuestro alrededor, como si el resto de los estudiantes estuviera prestando la menor atención a nuestra esquina abandonada—. Todavía no puedo procesarlo.
Faye sonrió, y el gesto iluminó sus mejillas salpicadas de pecas.
—Pero vamos a ir, ¿verdad? Quiero decir… —Dejó caer el tenedor, abandonando el plato para inclinarse hacia mí—. Amas a esa banda, eres prácticamente el fan número uno en este maldito estado. No hay forma de que te pierdas este concierto. Además —añadió, arqueando las cejas pelirrojas con una picardía evidente—, tienes línea directa con el mismísimo Suren. Estoy segura de que si le pides un par de pases VIP, no se lo va a pensar dos veces.
La sorpresa me obligó a abrir la boca, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. La miré con una mezcla de indignación y reproche.
—Vaya, y yo que pensaba que nuestra amistad era desinteresada.
Faye soltó una carcajada limpia que atrajo un par de miradas ajenas.
—¡No seas dramático! Sabes perfectamente a lo que me refiero —Exhaló un suspiro largo, apoyando el mentón en las palmas de sus manos—. Es solo que… sigo sin creer que te mandes mensajes con Suren Vale. Es irreal.
No la culpaba. Ni yo mismo era capaz de digerirlo.
A veces volvía a esa noche, al impulso estúpido y lleno de curiosidad que me llevó a presionar el botón de enviar en su bandeja de entrada, convencido de que mi mensaje se perdería entre millones de notificaciones. Pero él respondió. Suren Vale se había tomado el tiempo de escribirle a Emrys Cade: un chico ordinario, un estudiante universitario que gastaba sus horas libres intentando plasmar historias en un papel.
Desde esa primera noche, el hilo que nos unía no se había cortado. Se convirtió en una rutina silenciosa de mensajes diarios, notas de voz que se extendían por minutos y llamadas a mitad de la noche cuando la ansiedad o el cansancio de sus giras le impedían teclear. Su nombre se había vuelto una constante; una luz que encendía la pantalla de mi celular a cualquier hora del día.
—¿Tú crees que yo me lo creo? —Le di un trago largo a mi té frío, intentando disolver el nudo tenso que se me había instalado en el estómago. La comida seguía intacta en la bandeja; el apetito se me había evaporado por completo.
Aproveché el movimiento para revisar la pantalla de reojo. Nada. Ninguna notificación nueva. Faye captó el movimiento de mis ojos de inmediato y su expresión se suavizó con una pizca de ternura.
—Debe de estar en pleno vuelo, Rys. Por eso no ha respondido.
Guardé el teléfono en el bolsillo del pantalón con demasiada prisa, maldiciéndome internamente por dejarme en evidencia de una forma tan obvia. Sabía que tenía razón, pero la falta de sus mensajes dejaba un eco extraño en el pecho.
Tratando de calmar los nervios, me obligué a pensar en frío. Si decidía acobardarme y no poner un pie en ese concierto, no pasaría nada. Ellos solo estarían de paso, cumplirían con su agenda de estadios y prensa, y luego se marcharían. Suren regresaría a Londres, a su vida de platino, y yo me quedaría aquí, viendo cómo su enorme y lejano mundo se desvanecía en el horizonte.
El trayecto de regreso a casa siempre me servía para ordenar la mente, pero ese día el volante entre mis manos se sentía ajeno y las calles de Seattle pasaban ante mis ojos como un borrón borroso de lluvia y luces de freno. Mi cabeza seguía atrapada en la cafetería de la universidad, en las palabras de Faye y en el silencio de mi teléfono.
Aparqué el auto frente a la casa y apenas apagué el motor, el peso del día pareció asentarse en mis hombros. Respiré hondo antes de salir al aire fresco de la tarde. Al cruzar el umbral de la puerta, la quietud que tanto buscaba se desvaneció en un segundo, sustituida por el caos cálido y ruidoso de mi familia.
Nico fue el primero en romper la línea de defensa. El enorme perro apareció derrapando por el pasillo de la entrada, moviendo la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se sacudía, soltando un ladrido ronco de bienvenida. Me agaché a medias para recibir sus lametones en el rostro, riendo por lo bajo mientras le rascaba detrás de las orejas.
—¡Rys llegó! —el grito de Isla resonó desde la planta alta antes de que sus pisadas apresuradas bajaran las escaleras de dos en dos.