—No te voy a contratar, Sofía —le aseguro en tono serio, no obstante me es imposible disimular la diversión que tiñe mi voz.
— ¿Por qué no, Roberto? —Imita mi seriedad—. Tu secretaria te mando a la mierda por idiota, la empresa en la que yo trabajaba quebro. Así que tu necesitas secretaria y yo un puto trabajo.
Tantas malas palabras solo indican que la bestia entaconada de uno setenta sentada frente a mi escritorio, está furiosa—: Estas sobrecalificada para ser una secretaria, además ya tengo un contador y aunque no lo tuviera no podría pagarte.
—A veces es como si al culo tuyo le dijera las cosas.
—Amor, yo no tengo culo.
—Por eso no me escuchas.
—Tú tienes suficiente para los dos —aseguro ahogándome de la risa contenida.
—Ves, por eso necesitas tener mi culo cerca —medio ríe pero no deja de darle vueltas a su anillo de casada—. Roberto, no quiero estar desempleada.
—Casi fuiste internada por agotamiento. Sofí, podrías tomarte como unas pequeñas vacaciones.
—Es que tú no entiendes —se levanta de su asiento y va directo a los ventanales. Se ve preciosa en su vestido rosa entallado a su curvilínea figura y esos tacones tan altos a juego. Su cabello rubio cae perfectamente estilizado en su espalda, sujeto por una media cola y decorado con una maldita chonga rosa tan grande como su cabeza.
— ¿Cómo mantienes el equilibrio? —Me salto el comentario de la chonga que a mi parecer se ve como de regalo.
—Costumbre —afirma sin volver a verme, concentrada en la vista privilegiada que el sexto piso del edificio de oficinas, le ofrece. Se tiene una vista de la ciudad, enormes edificios reflejando el sol de la mañana se alzan tan altos como imponentes. Más abajo se notan los autos como pequeños animalitos en movimiento, muchos establecimientos y casas al fondo salpican la vista de vida y movimiento.
—Con tu curriculum —Comienzo intentando apelar a su cordura—, tus conocimientos y experiencia, muchas empresas estarían dispuestas a contratarte...
—Entre las putas entrevistas y los jodidos periodos de contratación estaría poco más de una semana desempleada.
Nos quedamos en silencio por un momento, ella con la cabeza alzada para ver el cielo en lugar de la ciudad y yo concentrado en las cajas repletas de todas sus cosas que antes tenía en su oficina y que ahora ha apiñado en una esquina de la mía.
Acaba de ser despedida y lo primero que hace es venir a mi oficina, en lugar de ir a buscar a su marido. Mi ego se infla y me siento la persona más importante en el jodido planeta.
—Interés dime cuánto vales —ladea su cabeza ante mí refrán dejándome ver una pequeña sonrisa.
—Dame qué hacer al menos en los días que no consigo trabajo —la oigo decir, pero ni siquiera me vuelve a ver cuando me lo pide.
Nos quedamos en silencio otro par de segundos más de los necesarios. Hasta que por el rabillo del ojo noto a alguien acercándose a través de las paredes de cristal.
—Adelante —digo en voz alta a Felix, quien ha tocado la puerta.
—Hola, solo necesito saber ¿cuántos días quieres el anuncio de empleo en el periódico?
—No Felix, ya no será necesario, gracias por ayudarme con eso pero aquí la señorita Sofía se ofreció para el puesto —se me escapa un largo suspiro que suena más cansado de lo que pretendo.
— ¿Pero que tú no eres auditora contable? —La cuestiona, a mi se me escapa una risilla lo que me hace acreedor de una mirada aburridisima de su parte.
—Pues ahora va a ser asistente ejecutiva —le pregunta a ella pero le respondo yo, para que no tenga que dar las razones a alguien más que ya le pediré yo a solas.
—Ok —se retira medio riendo—. Luego me das la demás información para ponerla en la nómina —medio alcanzo a oir que dice antes que cierre la puerta de cristal tras de sí.
Para cuando la vuelvo a ver tiene una sonrisa que está por partirle el rostro en dos. Sus ojitos oscuros brillan con la malicia de una niña que se ha salido con la suya, lo que me desarma completamente.
—No me manipules con esa carita, mejor pon ese lindo culo que tienes en la silla y dime por qué carajos no quieres descansar un poco. Hasta hace poco la fatiga te estaba matando.
Ella no se sienta de inmediato. Si no que vuelve de espaldas, mirando la ciudad. Decido no presionarla y darle su espacio pese a que cada fibra de mi ser necesita saberlo.
—Porque no quiero volver a casa a las nueve de la mañana —dice por fin, sin mirarme a los ojos pero encaminandose de regreso a la silla.
Asiento en respuesta plenamente consciente que eso no es todo pero de todos modos estoy dispuesto a no ahuyentarla ahora que está dispuesta a hablar de verdad. De todos modos no sé muy bien qué podría decirle ni tampoco me queda claro si decirle algo va ayudar en absoluto, así que me quedo aquí en la silla al otro lado del escritorio de donde se encuentra ella, sólo mirándola fijo.
—Tampoco quiero decirle a Alejandro: Hola —hace su voz una octava más aguda de lo normal—, sabes que la propuesta de negocios que hice, por la que tú y yo nos peleamos y por la que me desvele más una semana se la pasaron por el forro y hoy nos despidieron a todos.
— ¿Cuál es la novedad en que se peleen?
—Ninguna —responde encogiéndose de hombros—. Él quería que lo acompañara a una cena con sus compañeros pero yo necesitaba terminar el informe —me observa por primera vez—. No quiero que mi marido tenga poder económico sobre mí... Otra vez —esa amargura en su tono me hace un hueco en el pecho, mi corazón se olvida de cómo latir y siento la presión en mi cabeza aumentar cuando la rabia me embarga.
Hace unos cuantos años atrás, Sofía se quedó desempleada y Alejandro le propuso que se quedara en el hogar, como ama de casa; al estar recién casados y recién desempleada ella decidió aceptar hasta que la situación se volvió insostenible. Le controlaba hasta el último centavo, todas las decisiones sin importar si eran económicas o no las tomaba él, poco o nada valía la opinión de Sofía.