El hombre frente a mi me mira horrorizado, su rostro se contorsiona en una expresión apesadumbrada y ¿culpable? Sus ojos oscuros y normalmente risueños me observan con miedo, abrumado y quizá también con un poco de culpa.
—Solo fue un rasguñito —aseguro—. Ni siquiera me duele.
Imita de una forma terrible mi tono y la burla con la que lo hace me da ganas de golpearlo.
—Se nota cuán desesperado estabas porque te contestara —gruño agobiada por su irritante tono.
Él enmudece, se limita a mirarme fijo y el fuego en sus ojos me provoca una extraña sensación hasta lo profundo de mis entrañas. Al observarlo con más atención noto como cierra uno de sus ojos en claro gesto de molestia.
—Te esta brincando el ojo —medio me burlo.
—Tu culpa —réplica con una seguridad y un temple que me hacen querer encogerme ante él.
—Pues míralo por el lado bueno. No todas tienen el talento de sacarte reacciones así de potentes.
—El chistecito es que me pares otra cosa no el corazón —dice con su vocecita enronquecida pero de todos modos intentando aligerar el ambiente entre los dos, para luego añadir—. Me preocupaste Sofía, no aparecias por ningún lado y tampoco contestabas.
—Pues de los primeros mensajes si vi las notificaciones pero no quise contestar —me sincero un poco—. Fui por comida y cuando regrese, me quedé a comer en la sala de juntas y justo me estaba entrando tu primer llamada cuando el maldito proyector se vino al suelo con todo y techo. Mi comida se echó a perder, un cable del proyector me pasó rozando y terminé con el brazo con una especie de quemadura por fricción. Sin mencionar lo que le pasó a mi teléfono.
Lo pongo en la mesa para que pueda ver la pantalla medio destrozada. Da un paso más cerca y ahí está de nuevo, ese ardor brillando en sus ojos y ese maldito temple que me saca de mis casillas todo el tiempo.
Toma el celular y lo enciende para darse cuenta que además de quebrada la pantalla también tiene la tinta corrida de una de las esquinas y la mancha no hace más que crecer. Lo hace lento pero lo más seguro es que de aquí a la noche ya esté inservible el aparato.
Para esto soy yo la que ahora está con los nervios de punta, no me vuelvo a poner cerca de los ventanales porque siempre están ahí los proyectores apuntando a la pared que les queda en frente. De hecho por eso ahora me senté cerca de la puerta y lejos de esa cosa cosa del demonio.
Me entra la manía de peinarme para que al menos mis cabellos estén en el orden que me gustaría tener mis terminaciones nerviosas.
— ¿Le cayó encima el techo? —Pone de vuelta el teléfono en la mesa.
—Supongo —me encojo de hombros al tiempo que suelto todo el aire contenido—. Lo encontré en el suelo, me di cuenta gracias a otra de tus quinimil llamadas.
—Siempre de exagerada —me reprende al mismo tiempo que desploma toda su existencia en una de las sillas a mi lado—. Solo fueron cuatro llamadas y unos quince mensajes, quizá más.
Ni siquiera me esfuerzo en contener la risa. Me reclino en la silla y de inmediato él extiende su brazo para acunarme en su regazo, abrazándome desde su asiento. La posición al principio no es del todo cómoda pero entre los dos manobriamos para que las sillas queden lo más juntas posible y me pueda recostar en su pecho—: ¿Solamente cuatro llamaditas y más de quince mensajes?
—Si, amor. Solamente —su pecho vibra con una risita.
Toma mi brazo izquierdo, ese en el que me ha rozado el jodido cable, y lo examina completo—: ¿Qué te parece si vamos a que te revisen eso?
—Me parece una mala idea.
—Sofía —dice serio pero en todos los casos en los que sucede lo llamo de igual forma por su nombre imitando su seriedad, solo oigo cómo suspira hondo llenando su sistema de esa paciencia que le falta, mientras que una pequeña risa se me escapa—. Podrán recetarte algo para que no duela...
—No me duele, solo me arde un poco.
Está a punto de rebatir pero en ese momento alguien toca a la puerta y de inmediato me separo de Roberto para poner de nuevo la silla en su sitio y asegurándome que mi cabello está en su lugar digo que pasen.
—Está perfecto, amor —dice él acariciándome la melena rubia desde la coronilla hasta las puntas.
"Gracias" susurro, al tiempo que le arrugo la nariz, como un viejito, en un gesto tierno. La risita boba que suelta es mi respuesta.
—Buenas tardes señorita Reyes y señor Hernandez.
— ¡Oh por Dios! —Julieta habla antes que nosotros logremos corresponder al saludo—. ¿Cariño, pero qué te ha pasado? —Cuestiona al tiempo que me toma el brazo con tanto cuidado como si este se le fuese a desintegrar en las manos si lo hace de otra forma.
—Un proyector tenía una mala instalación y ha ocurrido un pequeño incidente —tratando de minimizarlo como si no hubiese un hoyo en el techo lo suficientemente grande como para que quepa más que la cabeza de una persona.
— ¡Estás herida, mi niña!
—No se preocupe, de verdad.
—Debiste de habernos dicho, la reunión pudo esperar, necesitas reposar.
—Mi vida —la interrumpe Calvin—, con lo de la reunión...
—Cariño, por favor... —este hace amago de interrumpirla pero ella lo corta antes de que siquiera empiece—. Un poquito de empatía, mi amor.
—Si, mi vida.
Realmente dudo que Julieta sea consciente del poder que ejerce sobre su marido. Sin embargo, este le cede cuál gatito tierno derritiéndose con un par de mimos.
—Pero pasen, por favor. Tomen asiento —ambos se sientan uno al lado del otro justo enfrente de nosotros y soy capaz de ver como Calvin busca casi de forma inconsciente la mano de Julieta y esta ya está lista para acunar la mano de su marido entre las suyas en su regazo.
Una punzada de envidia me recorre entera al ver esa complicidad que solo consigue el amor durante los años.
—Con lo del tema de la portada —comienza Calvin y puedo sentir como Roberto se tensa a mi lado. Su postura cambia y se sienta más derecho de lo que estaba.