Valeria Lovelace
El reloj digital sobre el tablero del autobús parpadeó antes de cambiar con un chasquido.
03:15 AM.
En esta ciudad, la madrugada no era un espacio de descanso, sino una grieta.
La lluvia caía en hilos gruesos y constantes, golpeando el parabrisas, convirtiendo los letreros de neón de la avenida en manchas rojas y azules que se disolvían en el asfalto húmedo.
Bajé en la esquina de la calle Olmos, sosteniendo la capucha de mi sudadera sobre la cabeza, cuidando que la bolsa de cuero donde guardaba la videocámara y las cintas VHS no se mojara.
A las tres de la mañana, la mayoría de la gente dormía, pero aquellos que no podíamos darnos el lujo de cerrar los ojos sabíamos que la noche tenía su propio pulso: un zumbido eléctrico que erizaba los vellos del cuello.
Me detuve frente a un edificio con la fachada desgastada en comparación a la de sus vecinos, el letrero de la entrada parpadeaba con un ligero zumbido intermitente: Turno Nocturno, Investigaciones Paranormales.
Subí los escalones de piedra empapados, al llegar a la puerta de cristal, apoyé la mano sobre el marco de madera antes de girar el picaporte.
Gran error.
Un latigazo helado me recorrió la palma, subiendo directo hasta el codo.
No fue dolor… fue un eco.
Una presión sofocante en el pecho, una punzada de prisa contenida y, debajo de todo eso, la huella vibrante de una risa repentina; alguien había cruzado esa puerta presa del pánico horas atrás, pero otra persona había estado riéndose justo en ese mismo lugar unos momentos después.
Apreté los dientes antes de retirar la mano de golpe, metiendo los dedos en el bolsillo de mi sudadera mientras inhalaba hondo. El cosquilleo en la piel tardó unos segundos en desaparecer, dejando tras de sí un sabor metálico en la parte posterior de mi lengua.
Tragué saliva y empujé la puerta.
El calor del interior me golpeó, impregnado de una mezcla de café cargado, polvo, humedad y el olor dulce de gallenas con canela.
–¡Llegas cuatro minutos tarde!– anunció una voz alegre antes de que pudiera quitarme la sudadera.
Una chica pelirroja y con chaqueta de mezclilla llena de parches de colores emergió de detrás de una pila de carpetas, llevaba una dona a medio comer en la mano y una carpeta arrugada en la otra.
Llegó conmigo a la velocidad de un huracán, tomándome del antebrazo con una inquietante familiaridad.
–Soy Camila y, tu debes ser Valeria, la nueva recepcionista que va a salvarnos de morir entre el papeleo y las llamadas de gente que confunde a su gato con un poltergeist– asiente– Toma– acerca una pequeña caja a mis manos– La mitad es de mora, la otra es de canela y si eres alérgica al glúten, lo siento mucho pero a las tres de la mañana la logística es una sugerencia.
–Hola, yo…– alejé la caja y en un parpadeo Camila ya me estaba arrastrando hacia el centro de la recepción.
–No te preocupes por el contrato, Tomás dijo que lo firmaras cuando la impresora deje de escupir tinta negra, es decir, nunca– ladeo el rostro con diversión– Por cierto ¿De que signo eres? Necesito saber si tu energía va a chocar con la del microondas, porque ya se quemó dos veces esta semana, tengo la teoría de que hay una entidad atrapada en la función de descongelar.
A pesar del caos, el lugar se sentía extrañamente… acogedor.
Entre el desorden de escritorios, los cables cruzados en el suelo y las notas adhesivas pegadas por todas las paredes, había un calor verdadero, una especie de refugio improvisado contra la tormenta del exterior.
–Déjala respirar, Sinclair. Harás que renuncie antes de que descubra que el sueldo no alcanza ni para pagar la renta de un armario.
La voz provenía de un rincón poco iluminado.
Un chico alto, de cabello oscuro desordenado y ojeras marcadas, estaba inclinado sobre una mesa de trabajo llena de destornilladores, cables de cobre y partes desarmadas de lo que parecía ser una vieja radio de auto.
Llevaba las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y una pequeña mancha de grasa en la mejilla izquierda.
Me miró de arriba abajo con una ceja levantada, había algo filoso en su postura, como si estuviera midiendo la distancia exacta entre él y cualquier otra persona en la habitación.
–Valeria, ¿verdad?– preguntó, cruzándose de brazos sin soltar las pinzas que tenía en la mano– Nadie acepta un trabajo de recepcionista a las tres de la mañana en una agencia al borde de la quiebra a menos que esté desesperada, loca, o huyendo de algo. ¿En cuál de las tres categorías entras?
–En la categoría de la gente que necesita pagar sus cuentas– respondí firmemente, sosteniendo su mirada sin pestañear– ¿Y tú? ¿En cuál entras?
Una leve sonrisa, casi imperceptible, cruzó sus labios antes de que volviera a centrar su atención en el circuito que estaba soldando.
–En la de los idiotas que construyen trampas que casi nunca funcionan, si escuchas que algo chisporrotea cerca de tu escritorio, apártate. No me hago responsable por las cejas quemadas.