En la vida adulta, aprendes rápido que la verdad es un estorbo para una buena campaña, para un buen trabajo, un buen salario. En publicidad, eso sencillamente es una sobredosis de cotidianidad. Trabajamos vendiendo deseos, retocando ojeras con Photoshop y encontrando el ángulo exacto donde una silla incómoda parece el refugio más acogedor y adecuado del mundo.
El asunto era que fuera de mi realidad, también buscaba en sumergirme en la lectura, un mundo donde, igualmente había deseos vendidos, y sabía que eran sólo fantasía para acompañar las vidas solitarias de las personas, un lugar donde venderles una realidad que sencillamente no existía. Creía fielmente en una frase que me había marcado de joven “hay que inyectarse un poco de fantasía, para no morir de realidad”, y en ese orden de ideas, yo me encontraba leyendo esa tarde de viernes La cámara de Pandora. Había una frase que se me quedó grabada como un negativo mal revelado, porque sentí una conexión profunda del libro con mi realidad:
“La fotografía ya no es un testimonio de lo que fue, sino un invento de lo que queremos que sea”
Cerré el libro y me puse a reflexionar. Siempre veíamos las fotos como el recuerdo de una experiencia, de una emoción contenida en un momento del espacio-tiempo, pero ¿y si esa imagen era también el invento indirecto de nuestra mente para decir que queremos que la vida sea así como allí en esa imagen se plasma? ¿un vislumbro de esperanza en dosis de morfina figurativa?
Luego pensé en mi trabajo, no porque estuviera buscando ideas de cómo resolver los asuntos que tenía pendientes en la oficina, sino porque, era consciente de que mi vida se había convertido en eso: en una postproducción constante. Mi mente era una editora incansable, una experta en sobre pensar cada encuadre de mi realidad para que no doliera. Yo era la ciega que se revolvía la cabeza antes de ver la cruda realidad. Me inventaba subtítulos poéticos para los silencios de los demás porque la verdad – la falta de interés, la distancia, el vacío, la ausencia de profundidad- no encajaba en mi narrativa profesional e indirectamente, en la personal tampoco. Sencillamente no podía vender sino podía generar en otros un incremento de dopamina de cual me declaraba adicta.
Pero, así como existimos ciegos, también están los sordos, que por voluntad propia no escuchan lo que los demás tienen para decir puesto que les supone involucrarse, quizás preocuparse y claramente salirse de su mundo y zona de confort. Luego están los mudos, que en cualquier caso puede compartir rasgos con sordos y ciegos, pero que además la ausencia de palabra, hacía que hubiera más malos entendidos de lo que normalmente podría haber en la dinámica social.
Y finalmente, podía decir que todos compartían una sola cosa: la falta de empatía por sí mismos o hacia otros.