Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 1

Isabella

En la oficina reinaba el silencio. Era la hora del almuerzo y todos preferían dar un paseo en el tiempo que les quedaba luego de comer, antes que volver a sentarse en una silla incómoda para mirar una pantalla que desgastaba cada día más la vista.

Sin embargo, yo, como de costumbre, me encontraba allí, pues más que algo molesto, me gustaba poder disfrutar de un momento para sumergirme en otro tipo de fantasía. Aunque claramente, hacía un par de minutos que había terminado mi sesión de lectura y me había quedado viendo al horizonte a través del ventanal del lugar donde trabajaba.

Era viernes en la tarde, y dentro de unas cuantas horas, no tendría que volver al modo fantasía laboral del que ciertamente ya estaba un poco hastiada.

—Isabella, deja de filosofar y mírame esto —dijo Sara, lanzando una carpeta sobre mi escritorio—. El cliente quiere "autenticidad", pero también quiere que la modelo parezca que no ha dormido menos de diez horas en su vida. Ya sabes, esa paradoja estética que tanto nos gusta.

Suspiré. Autenticidad prefabricada. Mi especialidad.

—Para esta campaña de L’Eternité no vamos a usar a los fotógrafos de siempre —continuó Sara, bajando la voz—. Contrataron a alguien externo. Un tal Juan. Dicen que es un genio de la luz, pero que tiene el carisma de un bloque de hielo.

—¿Genio de la luz? —repetí, y mi mente, fiel a su adicción, empezó a procesar el encuadre. "Seguro es un purista", "Un artista que desprecia lo comercial pero que necesita el cheque".

—Es... particular —Sara hizo una mueca—. Estuve en el set con él esta mañana. Saluda con seguridad, pero también con un deje de superioridad que, puede rayar en la arrogancia. La modelo estaba teniendo un ataque de histeria porque él no le decía ni una palabra de aliento, sino más bien, una crítica cruda a su trabajo.

Sentí ese primer chispazo de dopamina. Mi cerebro de editora empezó a redactar el subtítulo poético para ese comportamiento: él no es maleducado, es que está concentrado en la esencia de la imagen y seguramente es sumamente perfeccionista. Estaba empezando a vendarme los ojos incluso antes de conocerlo.

—Viene ahora a revisión de arte —añadió Sara—. Intenta que no se sienta en un interrogatorio, Isabella. Ya sabes que tú a veces... analizas demasiado.

—Yo no analizo, Sara. Solo busco la profundidad de campo —respondí con una sonrisa que sabía a filtro de Photoshop.

Entonces la puerta de cristal se abrió. No hubo música de fondo, ni un cambio en la iluminación, pero para mí, que ya estaba inyectándome mi dosis de fantasía, el aire pareció volverse más denso. Juan entró con una cámara colgada al hombro como si fuera un arma descargada. Me miró, o, mejor dicho, miró el espacio que yo ocupaba en la habitación, y en ese segundo supe dos cosas: que sus ojos eran de una nitidez aterradora y que, efectivamente, no tenía ninguna intención de escuchar nada de lo que yo tuviera que decir, a menos que demostrara estar a su altura intelectual y creativa.

—Juan, ella es Isabella, nuestra Asistente Creativa —presentó Sara.

Él asintió levemente. Un gesto mínimo. Un bit de información. Nada más.

—Hola —dije, extendiendo una mano que él apenas rozó—. He estado viendo tu portafolio. Tienes una forma muy interesante de captar el vacío — inmediatamente me di cuenta del error y corregí —. Digo, de captar imágenes que puedan decir algo.

Sabía que Sara luego me llamaría a su oficina para discutir el término “vacío”, porque para ella, lo que hacíamos no tenía nada de su significado y era básicamente una ofensa a su liderazgo como al trabajo colectivo y la misión y visión empresarial. Sin embargo, algo pareció cambiar en la expresión de Juan, ¿acaso era intriga lo que veía?

Juan no respondió. Se limitó a sacar una unidad de memoria y ponerla sobre la mesa. Su silencio no era un vacío que pedía ser llenado; era una pared de hormigón. Pero mi mente, mi incansable y ciega mente, ya estaba buscando las herramientas para empezar a picar en el muro y poder vencerlo antes de que quizá el derribara el mío, y por su cambio de expresión, parecía que había empezado con pie derecho.

Mientras tomaba la unidad de memoria, noté que él mantenía una posición relajada, confiada, como la de alguien que sabe perfectamente que no tiene que adular a nadie para que le digan que su trabajo es bueno, lo cual justificaba el porqué de su actitud ligeramente arrogante.

—El "vacío" es lo único honesto que queda en esta industria, Isabella —dijo finalmente. Su voz era grave, carente de inflexiones emocionales, como si estuviera leyendo las especificaciones técnicas de un lente—. No te disculpes por ver lo que los demás intentan tapar con maquillaje.

Sara arqueó una ceja, visiblemente incómoda por el giro que estaba tomando la conversación, pero yo sentí una descarga eléctrica. Mi mente, esa editora compulsiva, ya estaba rotulando la escena: Él no es arrogante, es un alma cruda que desprecia la hipocresía comercial. Somos dos náufragos en un mar de superficialidad, aunque estaba claro que yo vivía de fantasía literaria. Mi ceguera acababa de ganar una dioptría más.

—Bueno —intervino Sara, tratando de recuperar el control del "branding" emocional de la empresa—, lo que Juan quiere decir es que su estilo minimalista encaja con la "limpieza" que busca L’Eternité. Isabella, por favor, revisa los archivos en la pantalla grande. Queremos ver si la narrativa visual coincide con el concepto de "Eternidad Cotidiana" que escribiste la semana pasada.




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