Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 2

Isabella

El estudio a las siete de la mañana es un lienzo en blanco que huele a ozono y a café amargo.

Llegué antes que nadie. Me gustaba ver cómo la luz natural de la ciudad —esa luz grisácea, persistente y melancólica— intentaba colarse por los ventanales altos antes de ser aniquilada por los focos de tungsteno. Saqué mi libreta y, antes de que el caos comenzara, anoté una frase de las que habitan mi mural mental:

"El amor es ciego y la indiferencia es sorda; lo nuestro es la obra maestra de lo invisible: yo te veo donde no estás, y tú me callas sin decir una sola palabra".

Cerré la libreta de golpe cuando escuché el eco de unos zapatos caros contra el concreto. No necesité girarme. El aire cambió de densidad. Era esa sensación de cuando una tormenta está cerca pero todavía no ha caído la primera gota.

—La luz de hoy es un asco —fue su saludo.

Juan dejó su equipo en el suelo con una brusquedad que me hizo apretar los dientes. No me miró, pero me dio el tiempo suficiente para analizarlo: chaqueta negra de cuero, camiseta polo blanca, pantalón de dril gris, y zapatos blancos de marca. Todo él emanaba seguridad, estilo y lujo. Fue directo a uno de los paneles LED y empezó a golpearlo suavemente, como si estuviera auscultando a un paciente que no tiene salvación.

—Buenos días para ti también, Juan —dije, tratando de mantener mi tono profesional, ese que Sara cree que tengo bajo control.

Él se detuvo. Giró la cabeza lentamente, y por un segundo, su mirada se clavó en mi bolso, donde sobresalía una esquina de La cámara de Pandora.

—¿Sigues leyendo eso? —preguntó. No era una pregunta de cortesía. Era un desafío—. Fontcuberta dice que la fotografía es un invento de lo que queremos que sea. Pero la mayoría de la gente lo usa para inventar vidas mediocres. Espero que tus textos para L’Eternité no busquen decorar la basura que vamos a disparar hoy.

Sentí el aguijonazo. Juan no era sordo a mis ideas; era sordo a la necesidad de suavizarlas. Su sordera era un filtro que eliminaba cualquier rastro de amabilidad innecesaria. Y mi ceguera, siempre fiel, inmediatamente editó el momento: Él no me está insultando, está exigiendo que mi talento esté a la altura del suyo.

—Mis textos no decoran, Juan. Mis textos revelan lo que tú dejas en la sombra —respondí, dándome la vuelta para revisar el vestuario de la modelo.

Él soltó una risa seca, casi inaudible. Un bit de sonido que mi mente transformó en una sinfonía de interés.

—Ya veremos, Asistente Creativa. Ya veremos si eres capaz de sostenerle la mirada a lo que vamos a crear cuando la luz se ponga cruda.

Comenzamos la sesión fotográfica para L’Eternité, y estar ahí me permitía tener inspiración para escribir lo que la misma imagen no podía transmitir, aunque bien dicen que a buen entendedor pocas palabras, también es cierto que, en la publicidad, el arte no es concebido únicamente por aquellos que lo aprecian sino por quienes logran entender que puede ser igualmente un negocio, una tendencia, un servicio o bien que se puede adquirir.

Un flash por aquí, una instrucción por allá. La modelo era claramente una profesional que poseía una belleza clásica y serena, de expresión tranquila, segura y un poco distante, como quien tiene una sonrisa llena de dignidad y gracia duradera y es plenamente consciente de ello. Era la personificación de lo que L’Eternité estaba buscando para su nueva crema hidratante.

De hecho, no parecía tener maquillaje, su piel era tersa, impecable, estética, la clase de piel que toda persona mundana sueña y que cree que cualquier producto que prometiera tal luminosidad y belleza haría magia por si mismo. Lo que no sabían, era que detrás de ello, había otros hábitos, un poco más simples de lo que la publicidad y el mercado querían mostrar.

Mientras la modelo posaba con su top de cuello alto negro y pantalones anchos, simulando la sencillez y sofisticación que hay en los colores básicos y el contraste con la pulcra piel, Juan se veía concentrado en mantener aún más la simpleza y pulcritud de la imagen. El enfoque de color recaía únicamente en el empaque del producto que se buscaba vender.

Verlo trabajar me hacía pensar en nuestro primer encuentro, y comprender que ciertamente él “veía la verdad”, estas imágenes que él estaba creando mostraban la superficialidad del mundo de la belleza, una imagen plana y sofisticada que prometía que la frialdad era un lujo y lo básico y simple un modo de vida. ¿Acaso sería esto un reflejo de él mismo?




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