Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 3

Juan

Detesto el ruido. No el de las máquinas ni el del tráfico; detesto el ruido de las personas intentando llenar el vacío con palabras que no significan nada. Por eso me gusta el estudio. Aquí, el silencio se puede fabricar con paneles acústicos y la verdad se puede aislar con un esquema de luces bien ejecutado.

La sesión para L’Eternité había terminado. La modelo se había marchado, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y agotamiento. Sara también se había ido, lo cual era un alivio; su necesidad de "vender" me generaba una interferencia insoportable en los oídos. Solo quedábamos la Asistente Creativa y yo, frente al monitor de 27 pulgadas, revisando los archivos.

Isabella.

La observé de reojo mientras ella se concentraba en la pantalla. Es distinta al resto de la fauna de la agencia. No intenta impresionarme con jerga de marketing, pero percibo cómo su mente trabaja a una velocidad que roza la ansiedad. Ella no mira la imagen; la escanea buscando algo que no está ahí. Alguna metáfora, alguna profundidad que justifique su propia existencia. Es una ciega que cree que, si analiza lo suficiente las sombras, encontrará una luz que nadie más ha visto.

—Esa —dijo ella, señalando la toma 142.

Era la foto más cruda. La modelo tenía la barbilla ligeramente levantada, el cuello negro fundiéndose con el fondo y una mirada que no pedía permiso para ser observada.

—Tiene el ángulo exacto —continuó ella en un susurro, casi para sí misma—. Es una soledad que se siente como un privilegio.

Me mantuve en silencio. No porque no tuviera nada que decir, sino porque sus palabras eran una frecuencia que mi sistema operativo no lograba clasificar. "Soledad", "Privilegio". Conceptos abstractos. Yo solo veía un ISO 100 perfecto, un enfoque crítico en el iris izquierdo y una caída de sombra que respetaba la ley del cuadrado inverso.

—Es una buena composición —respondí con neutralidad—. El resto es literatura, Isabella.

Ella se giró hacia mí. Sus ojos tenían ese brillo de quien acaba de inyectarse una dosis de algo peligroso. Me pregunto qué versión de mí está editando en su cabeza en este momento. Seguramente no ve al hombre que simplemente quiere terminar el trabajo e irse a casa a leer en silencio; ve al "artista atormentado" que necesita ser descifrado.

—No es literatura, Juan. Es el texto que le da alma a tu técnica —replicó, y por primera vez, noté un deje de desafío en su voz. Me gustó. El desafío es una señal clara, no como la adulación, que es puro ruido de fondo.

Abrió su libreta. Esa libreta que parece un anexo de su propio cerebro. Empezó a escribir con una rapidez rítmica, como si estuviera revelando una fotografía con palabras. Yo me quedé ahí, de pie, sintiendo esa extraña incomodidad de tener a alguien tan cerca que intenta escuchar lo que yo mismo he decidido callar hace años.

—Escucha esto —dijo, y empezó a leer.

Su voz cambió. Perdió ese tono defensivo de oficina y se volvió algo más denso, más vibrante. Leyó despacio, como si cada palabra fuera una gota de revelador cayendo sobre el papel fotográfico en la oscuridad:

—L’Eternité: porque la verdadera hidratación no ocurre en la superficie de la piel, sino en la profundidad de un instante que se niega a marcharse. No es belleza lo que ves; es la memoria de tu propia luz, rescatada del olvido—

Hubo un silencio denso. El tipo de silencio que queda cuando has disparado y no sabes si has dado en el blanco. Ella levantó su mirada retándome a que dijera algo. Parecía una mujer que le gustaba vivir en constantes batallas y con demasiadas ilusiones, pero definitivamente había seleccionado mal a su rival y peor aún a su audiencia, porque para mí, aunque consideraba impresionante y admirable su escrito y me daba una idea de lo comprometida que era con su trabajo, también era cierto que no me podía preocupar menos lo que sea que escribiera o dijera en relación con las tomas. Yo conocía mi trabajo, y sabía que era excelente.

Sin embargo, podía ser educado y responder a la asistente. —Piensas demasiado algo que es tan simple.

Tal vez fue cruel, pero esa era mi perspectiva, y parecía que ella tenía la tendencia a imaginar escenarios que no existían, una tendencia a ignorar la realidad, y creía haber sido claro cuando dije que yo “veía la verdad”, y en esta ocasión, esa era la verdad. La imagen era cruda, pulcra claramente, pero cruda, y no tenía la necesidad de ser decorada con un mensaje poético y trascendente como el que estaba planteando. Si algo había aprendido en este mundo es que se necesitaba de algo corto y simple. Siempre simple.

Vi cómo sus hombros se tensaron. Mi comentario sobre la simplicidad no fue una crítica a su talento —porque, en el fondo de mi registro técnico, sabía que lo que había escrito era brillante—, sino una advertencia. Estaba intentando decirle que, en este mundo de luces artificiales, la poesía es un ruido que nadie tiene tiempo de procesar. Pero ella, en su ceguera persistente, solo escuchó un desprecio.

—La simplicidad es el último peldaño de la sofisticación, Juan —replicó ella, citando a alguien que seguramente había leído en uno de sus libros de tapa dura—. Pero la simpleza sin alma es solo... vacío. Y tú pareces estar muy cómodo habitando ese vacío.

Cerró su libreta con un golpe seco. El sonido resonó en las paredes del estudio como una bofetada.




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