Isabella
Luego de la sesión de fotos, me fui a casa a dejar mis cosas, debía ponerme al día con las tareas del hogar, y luego si no estaba tan cansada pensaba en ir al cine sola.
Hacía poco tiempo que había abandonado el seno materno y aunque me costaba un poco organizarme en mi día a día y sentía profundo cariño y agradecimiento hacia mis padres, ciertamente la soledad que estaba experimentando en el sentido físico me estaba gustando y me estaba llevando a mi misma a descubrirme más allá de los límites de la cuna familiar. Vivía en una tranquila rutina de leer, ir al trabajo y volver a casa a ser la adulta independiente y responsable en la que me estaba convirtiendo finalmente.
Dejé mi bolso sobre la silla auxiliar que había en mi habitación y comencé a disponer mi libreta y mi libro de temporada sobre el escritorio, luego encendí el parlante y coloqué música para poder comenzar con los quehaceres.
Comencé disponiendo la ropa que debía lavar, y puse la lavadora a funcionar, me dispuse a limpiar los baños, recoger la tierra del piso, y desempolvar todas las superficies que había para cerrar poniendo a secar la ropa y calentar la comida que había dejado lista la noche anterior. Parecía un ritual del que, aunque cansada, salía con una emoción triunfante de saberme capaz de dirigir un hogar, aunque pequeño, aunque sólo mío y de cada uno de los personajes de mis libros. Había espacio para la imaginación, para el silencio, para la reflexión.
Tomé un baño rápido, me puse ropa cómoda y decidí ir al cine, a vivir desde las voces de otros, la imaginación de otros, y disfrutar de la fantasía que otorga este tipo de arte, sin embargo, de camino, volvió a mí un recuerdo: las últimas palabras que le dirigí a Juan ese día.
Caminaba por la acera, sorteando los charcos que la lluvia siempre deja como cicatrices en el asfalto. Las luces de los coches se estiraban ante mis ojos como pinceladas de una pintura impresionista, y fue ahí, entre el ruido del tráfico y el frío que empezaba a colarse por mi bufanda, cuando su voz regresó a mi mente.
"Piensas demasiado algo que es tan simple".
Sus palabras seguían ahí, incrustadas como un grano en una fotografía perfecta. Me detuve frente a la marquesina del cine, pero no veía los carteles. Veía a Juan. Veía la forma en que su cuerpo ocupaba el espacio sin pedir disculpas, y cómo su silencio me obligaba a gritar internamente para no sentirme invisible.
—Lo difícil es dejar que te ilumine —susurré para mí misma, repitiendo lo último que le había dicho, otra vez esas palabras.
Sentí una punzada de arrepentimiento, no por la frase, sino por la esperanza que había depositado en ella. ¿Realmente esperaba que un hombre como él, que se enorgullece de su "verdad" de hormigón, se dejara conmover por una línea poética? Mi ceguera era, de hecho, mi mayor talento y mi peor condena. Estaba enamorada de la posibilidad de que él fuera alguien que no era.
Entré a la sala. La oscuridad me recibió como un viejo amigo. Me hundí en la poltrona, con el olor a palomitas flotando en el aire, y me dejé llevar por la pantalla. Durante dos horas, fui otros personajes, viví otras tragedias y celebré victorias que no me pertenecían. Pero al salir, cuando el mundo real volvió a golpearme con su temperatura de diez grados, la realidad de la oficina me cayó encima.
El lunes era el día. La presentación.
Regresé a casa en un silencio absoluto, sin música, sin distracciones. Me senté frente a mi escritorio, abrí la libreta y releí el texto que le había leído a Juan.
Era bueno. Sabía que era bueno. Pero también sabía que Sara, mi jefe, querría algo que hablara de "ácido hialurónico" y "resultados en siete días". Cerré los ojos y apoyé la frente contra la madera fría del escritorio. En ese momento, en la soledad de mi nuevo hogar, me di cuenta de que no solo estaba defendiendo una campaña publicitaria. Estaba defendiendo mi derecho a no morir de realidad. Estaba defendiendo la dosis de fantasía que me mantenía en pie en el mundo laboral.
Si Juan tenía razón y la vida era solo lo que se ve —piel, poros, luz y sombra—, entonces yo estaba perdida. Pero si yo tenía razón, y el vacío era solo el lienzo para algo más profundo, entonces el lunes tendría que demostrarlo.
Me acosté, pero antes de dormir, el "proceso de postproducción" de mi mente hizo una última edición. Visualicé la toma 142 en la pantalla de la oficina. En mi fantasía, Victoria, la Directora, se quedaba sin aliento. En mi fantasía, Juan me miraba y, no solo me oía, sino que me escuchaba, me respetaría.
Me dormí con esa dosis de morfina figurativa recorriendo mis venas. La adulta independiente y responsable podía manejar la lavadora y los baños, pero la Isabella que escribía necesitaba que el mundo fuera, al menos por unas horas, tan hermoso como ella lo imaginaba, para no caer en el abismo de la depresión. ¿por qué?