Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 5

Isabella

La oficina los lunes por la mañana no tiene filtros. El aire acondicionado zumba con una eficiencia despiadada y el olor a café recién hecho intenta, sin éxito, ocultar el aroma a fotocopiadora y estrés acumulado. Entré a la sala de juntas con mi libreta apretada contra el pecho, como si fuera un escudo de madera frente a una unidad de artillería.

Juan ya estaba allí.

Estaba apoyado contra el ventanal, dándole la espalda a la mesa de cristal. Llevaba una camisa negra de cuello mao, impecable, y sostenía un vaso de papel con una indiferencia que me hizo sentir que mi llegada era, para él, un simple cambio en la presión atmosférica de la habitación. No me saludó. Ni siquiera se giró. Pero supe que me había sentido entrar porque dejó de tamborilear los dedos sobre el marco de la ventana.

—Buenos días —dije, dejando mi bolso en la silla de siempre. Mi voz sonó demasiado alta en ese silencio de tanatorio.

—Faltan tres minutos para que llegue Victoria —respondió él, consultando su reloj de cuerda con una precisión que me irritó—. Espero que tu idea haya pasado por un proceso de edición nocturno. No tenemos tiempo para adornos, Isabella.

Sentí el aguijonazo de nuevo. La ceguera emocional me susurró que él estaba nervioso, que su brusquedad era una forma de respeto hacia la importancia del momento. Pero la mujer que el fin de semana lavó su propia ropa y limpió sus propios baños sabía que eso era mentira: Juan simplemente no sabía, o no quería, modular su frecuencia para no herir a los demás.

—Mi texto está donde y como debe estar, Juan —repliqué, conectando mi portátil al proyector—. ¿Y tus fotos? ¿Siguen siendo tan "crudas" que necesitan un aviso de contenido sensible?

Él soltó esa risa seca que ya empezaba a conocer. Se acercó a la mesa y, por un segundo, nuestras manos estuvieron a centímetros de distancia mientras yo ajustaba el cable HDMI. Sentí calor y a la vez esa descarga, esa morfina que me hacía inventar una conexión, una película en mi cabeza en la que nuestra escasa interacción y la futura era un juego de retos para ver qué tan capaces éramos cada uno de superarnos a nosotros mismos.

—Mis fotos son la verdad, Isabella. Y la verdad siempre es sensible para los que viven de mentiras —sentenció, justo cuando la puerta se abrió de golpe.

¿Mentiras? ¿Me estaba intentando decir que yo vivía en una mentira? Intentar ver más allá del velo era para Juan vivir una mentira, pues me daba cuenta que él creía que yo vivía con una venda en los ojos, con una función en vivo en mi cabeza de todo lo que sucedía a mi alrededor.

Victoria entró como un huracán de seda y perfume francés. Sara venía detrás, con su tableta en la mano y esa expresión de "vamos a vender esto aunque nos cueste el alma" que tanto me agotaba.

—Directo al grano —dijo Victoria, sentándose en la cabecera—. El cliente de L’Eternité está impaciente. Quieren algo que rompa el mercado, no algo que se pierda en el feed de Instagram. Muéstrenme qué hicieron el sábado, espero que haya valido la pena ese tiempo extra.

Mis dedos temblaron al pulsar la barra espaciadora. La toma 142 apareció en la pantalla gigante.

El impacto fue inmediato. El silencio en la sala se volvió sólido, casi táctil. La imagen de Juan, despojada de todo artificio, con esa modelo que parecía observar el fin del mundo con una dignidad aterradora, llenó la habitación. Era hermosa, sí, pero era una belleza que dolía. Era la antítesis de lo que Sara solía aprobar.

—Dios mío —susurró Sara, rompiendo el hechizo—. Parece... real. Demasiado real. ¿Dónde está el brillo? ¿Dónde está la promesa de juventud eterna? Juan, esto parece una declaración de principios, no un anuncio de crema.

Miré a Juan. Él ni siquiera se inmutó. Seguía con los brazos cruzados, mirando su propia obra con la frialdad de un forense. Sabía que no iba a decir nada. Su mudez era su forma de decir: "Ahí está, tómenlo o déjenlo".

—Es arriesgado, no está mal —dijo Victoria, entornando los ojos—. Pero le falta el puente. La imagen es un precipicio, necesito algo que me diga por qué debo saltar. Isabella, ¿qué tienes para esto?

Era mi momento. El momento de demostrar que mi ceguera podía ver más allá de la superficie. Aclaré mi voz, sentí el peso del libro de Fontcuberta en mi bolso y leí el párrafo que había pulido en la soledad de mi apartamento:

—L’Eternité: porque la verdadera hidratación no ocurre en la superficie de la piel, sino en la profundidad de un instante que se niega a marcharse. No es belleza lo que ves; es la memoria de tu propia luz, rescatada del olvido.

Cuando terminé, Victoria se quedó mirando la pantalla. Sara abrió la boca para protestar, pero la directora levantó una mano, pidiendo silencio. Por un segundo, miré a Juan de reojo. Él tenía la vista clavada en el cursor que parpadeaba sobre su foto. No se movía. No respiraba, mis palabras, aquellas que oía por segunda vez, parecían querer penetrar el muro de sus pensamientos.

Estábamos ahí: el sordo que no quería escuchar razones y la ciega que se inventaba mundos. Y por primera vez, el mundo real parecía estar a punto de elegir nuestra mezclada locura.

Victoria se levantó de la silla. Caminó hacia la pantalla gigante, tapando por un momento la mirada de la modelo con su propia silueta. El silencio en la sala de juntas era tan denso que podía oír el leve zumbido del proyector enfriándose.




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