Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 6

Juan

Ocho de la noche. El edificio de la agencia es un esqueleto de vidrio y metal que empieza a enfriarse. Me gusta esta hora porque el ruido de los teléfonos y las conversaciones banales de pasillo finalmente ha muerto. Solo queda el zumbido de los servidores y el pulso eléctrico de las estaciones de trabajo.

Estaba sentado frente al monitor principal del estudio, con la luz ambiental al mínimo para no contaminar la percepción del color. La toma 142 estaba abierta, diseccionada en capas, y mientras el resto del carrete esperaba a ser sometido a un ojo crítico para elegir dos tomas más. Estaba trabajando en las curvas de contraste de la 142 cuando escuché el sensor de la puerta.

No necesitaba mirar el visor para saber que era ella. Isabella siempre entra con una especie de vacilación rítmica, como si estuviera pidiendo permiso a la realidad para formar parte de ella. Traía dos cajas de pizza tamaño personal, dos botellas de refresco, y su bolso en el que suponía estaba la libreta que parecía una extensión de ella.

—Todavía no he retocado la piel —dije, adelantándome a su posible discurso—. Estoy ajustando las sombras del cuello. Si quieres "profundidad", necesito que el negro sea absoluto, no una mancha grisácea.

—Buenas noches para ti también, Juan —respondió ella, dejando la comida sobre la mesa de madera, a una distancia prudente de mis equipos.

Se acercó y se quedó de pie a mi espalda. Podía sentir su mirada fija en la pantalla, analizando cada píxel como si fuera una prueba de ADN. Su proximidad me generó una sensación extraña de calma, no era como si yo viviera en un estado de ansiedad perpetuo, o tan siquiera preocupado por las vicisitudes de la vida, era sencillamente una calma de quien permite al otro ser, de quien permite actuar, de quien tendrá probablemente un argumento sólido y en lugar de discusiones superficiales provocará un debate sólido.

—Es perfecta —susurró—. Incluso sin el texto, la imagen ya está gritando.

—Las imágenes no gritan, Isabella. Las imágenes muestran lo que hay. El ruido lo pones tú —repliqué, aunque por dentro, una parte de mi registro técnico admitía que era llamativa la idea de que una imagen “gritara” por si sola, no negando el hecho de que por lo menos en términos de trabajo, esta debería llevar consigo un texto, el de Isabella.

Hice un zoom al 200% sobre el ojo de la modelo. Ahí, en el reflejo de la córnea, se veía la silueta del difusor y, muy vagamente, mi propia sombra disparando.

—Mira esto —señalé con el cursor—. Ahí estoy yo. Un punto negro en medio de una luz fabricada. Eso es la fotografía: el arte de desaparecer para que otro sea eterno.

Isabella se inclinó un poco más. Pude oler su perfume, algo suave que contrastaba con el olor a ozono del estudio.

—No desapareces, Juan. Estás ahí, dirigiendo la mirada de quien observa. Tu silencio es lo que hace que la modelo se atreva a ser tan honesta. Si fueras uno de esos fotógrafos que no paran de hablar, ella habría sonreído y habríamos tenido otra foto de catálogo aburrida, porque sería la misma dinámica que manejan todos. ¿Es que acaso no lo ves?

Se sentó entonces en la silla que había junto a la mía y atrajo un poco la cena hacia sí—. Juan, entiendo que pienses que vivo prácticamente en un mundo alterno, o que busco subtítulos en todo lo que veo, que me describan la realidad que presencio. Sin embargo, tu mismo en este momento, has hecho algo parecido, ¿sabes? Tú mismo has dicho que la fotografía es el “arte de desaparecer para que otro sea eterno”, y te pregunto ¿te has escuchado?, has visto más allá, y no quiere decir que te inyectes fantasías. Cuando pones algo en palabras, puedes dar a otros un mensaje claro, no tienen que divagar sobre intenciones. Imagen y palabras en conjunto dar una verdad tangible siempre que sean coherentes entre sí, mientras que por separado sólo desatan un mundo de posibilidades.

Me detuve. Aparté la mano del ratón y me giré en la silla ergonómica para mirarla de frente. El brillo azul del monitor le daba a su rostro una palidez espectral, resaltando esa "venda" invisible que ella siempre lleva puesta.

—¿Por qué necesitas que todo sea un sacrificio o una virtud? —pregunté, con una curiosidad genuina que me sorprendió a mí mismo—. ¿Por qué no puedes aceptar que simplemente hice mi trabajo y tú escribiste un buen copy? ¿Por qué tiene que haber un "alma" en cada maldito proceso técnico?

Ella no retrocedió. Sostuvo mi mirada con una valentía que su fragilidad externa no sugería mientras me extendía un refresco y abría la primera caja de pizza.

—Porque si no hay alma, Juan, solo somos máquinas que consumen energía. Y yo me niego a ser solo una pieza de repuesto en esta oficina. ¿Y tú?

Se hizo un silencio largo. Un silencio que esta vez no pude controlar, que se sentía cómodo, reflexivo. Isabella no estaba buscando mi aprobación profesional; estaba cuestionando mi arquitectura de vida. Y lo peor era que, en la nitidez de ese estudio, sus palabras, cada una de las que había dicho y que yo comenzaba realmente a escuchar, empezaban a sonar como una verdad que yo no había incluido en mi presupuesto.

Aparté la mirada de la suya y me concentré en la pizza. El olor a queso y masa caliente se sentía fuera de lugar en este santuario de tecnología y minimalismo. Comí en silencio, procesando su pregunta. ¿Y tú?. La respuesta corta era que yo me sentía cómodo siendo una pieza de precisión en un mundo de engranajes defectuosos. Pero no lo dije. El silencio entre nosotros ya era lo suficientemente elocuente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.