Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 7

Isabella

Llegué a mi apartamento con las mejillas encendidas, y no era solo por el frío de la noche de la ciudad. El eco de la voz de Juan, más suave de lo habitual, seguía rebotando en las paredes de mi cabeza. “La pizza de pepperoni es mi favorita”. Una confesión tan mundana, tan desprovista de su habitual armadura técnica, que me hacía sentir que había logrado hackear, aunque fuera por un segundo, su sistema operativo.

Dejé las llaves en la mesa de la entrada y no encendí la música. El silencio de mi nuevo hogar, que antes me parecía un triunfo de independencia, ahora se sentía como una hoja en blanco que esperaba ser llenada. Me senté en el sofá, aún con el abrigo puesto, y abrí mi libreta.

Releí los textos para la Toma 084 y la 210. Eran buenos, sí. Pero al mirar el vacío entre las líneas, me di cuenta de que estaba escribiendo sobre Juan tanto como sobre la crema hidratante. “El centro de tu propia quietud”. “Iluminar quién eres”. Estaba intentando ponerle palabras a un hombre que se comunicaba de formas aparentemente más sencillas.

Me pregunté qué estaría haciendo él en ese momento. ¿Estaría revisando los archivos una última vez con su precisión de cirujano? ¿O estaría mirando esa calle vacía por la que me vio desaparecer? He de admitir que me dolió un poco el hecho de que no se ofreciera a acompañarme a casa, pero también es cierto que no había tal confianza o importancia del uno por el otro para que eso sucediera, especialmente en este mundo moderno donde muchas mujeres claman igualdad, fortaleza e independencia. No estoy en contra de ello, sin embargo, considero que es un lindo gesto que me habría gustado, el hecho de que alguien más aparte de mi familia, se preocupara por mí, y me seguridad. Básicamente se siente bien que alguien te cuide, aunque sea un poco, y creo firmemente que eso no tiene nada que ver, con la igualdad de género.

Me costó conciliar el sueño. En mi "función en vivo" mental, las imágenes de la campaña se mezclaban con el brillo azul del monitor reflejado en sus ojos detrás de sus lentes. Me quedé dormida con una certeza inquietante: mañana, cuando entregáramos el arte final, la campaña de L’Eternité nacería para el mundo, pero algo entre Juan y yo también estaba mutando aparentemente a pasos agigantados. Y lo que más me asustaba no era que él tuviera razón sobre la crudeza de la realidad, sino que yo tuviera razón sobre la profundidad del alma. Porque si hay alma, hay dolor. Y si hay luz, hay sombras que no se pueden editar, era la forma en la que la vida mantenía en todo su principio de dualidad.

A las siete de la mañana, el despertador sonó con una crueldad metálica. Fui al baño a tomar una ducha, me vestí con un cuidado casi ritual. No era un día cualquiera. Era el día en que nuestra "locura mezclada" se enfrentaría al juicio final de la agencia, y tanto mi apariencia como mi actitud, debían reflejar la seguridad de quien se sabe ganador desde un principio.

Al llegar a la oficina, el ambiente era distinto. El zumbido del aire acondicionado parecía más agudo. Sara corría de un lado a otro con el teléfono pegado a la oreja, y Victoria ya estaba en su despacho, una silueta elegante tras el cristal esmerilado.

Caminé hacia el estudio. La puerta estaba entreabierta. Me detuve un segundo, antes de entrar, ajustando mi atuendo. Pero cuando entré, Juan no estaba frente al monitor. Estaba de pie frente a un gran panel de corcho que rara vez usábamos, mirando tres impresiones en gran formato que no estaban ayer.

Eran las tres tomas. La 142, la 084 y la 210. Físicas. Reales. Tangibles.

—Llegas dos minutos tarde, Asistente Creativa —dijo sin girarse. Pero esta vez, no había irritación en su voz. Había algo parecido a la expectación.

Entré, me acerqué a las impresiones, tratando de ignorar el latido errático de mi corazón. Juan seguía de espaldas, pero su presencia llenaba el estudio de una forma que nunca antes había notado con tanta nitidez.

Incluso en la informalidad del trabajo creativo, él poseía un porte natural que lo distinguía del resto. Llevaba unos pantalones de sastre de corte moderno en gris grafito y una camisa de lino azul marino ligeramente remangada, que dejaba a la vista su reloj y parte de un tatuaje. Tenía esa elegancia juvenil y fresca de quien no se esfuerza por destacar, pero lo hace por el simple hecho de existir en el espacio correcto. Su cabello castaño con visos dorados, peinado con un desorden estudiado, y la línea impecable de su mandíbula le daban un aire de seguridad que rozaba la arrogancia, pero que en él se sentía simplemente como... coherencia.

Era, en todo el sentido de la palabra, el reflejo de su propio trabajo: nítido, estilizado y desesperadamente real.

—Se ven... imponentes —dije finalmente, rompiendo el silencio.

Él se giró entonces, ajustándose los lentes con un gesto lento. Sus ojos, ahora libres del filtro azul del monitor, me estudiaron antes de volver a las imágenes.

—El papel no miente, Isabella —respondió, y por primera vez sentí que no intentaba levantar un muro, sino compartir una observación—. Aquí es donde se nota si el concepto tiene peso o si solo fue una alucinación nocturna.

Me acerqué un paso más, quedando a su lado. La diferencia de altura me obligaba a inclinar ligeramente la cabeza para verlo. Podía oler de nuevo ese aroma a limpio y una colonia varonil y cara que parecía ser su firma personal.




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