Juan
La sala VIP de la agencia en Zúrich tiene esa iluminación calculada para que todo parezca más caro de lo que es. El sol de la mañana golpeaba los picos de los Alpes a lo lejos, filtrándose por los ventanales con una frialdad que combinaba perfectamente con el traje gris marengo del CEO de L’Eternité.
—Empecemos —dijo Victoria. Su voz era el único instrumento afinado en una habitación llena de tensión.
Isabella estaba a mi lado, intentaba tocar mi mano, aquella cerca de su pierna. Por el rabillo del ojo, noté que apretaba su libreta contra el muslo. Hoy se había superado, no lo digo porque se vistiera mal, de hecho, lo hacía bien, pero hoy destacaba más: llevaba un abrigo negro de corte impecable, largo y pesado, que ocultaba las capas inferiores, pero dejaba asomar el cuello blanco de una camisa, dándole un aire de autoridad académica y pulcritud casi clínica. La boina negra, colocada con una precisión que no admitía accidentes, coronaba una melena oscura que se degradaba en finas líneas doradas cayendo en ondas sobre sus hombros dándole un aire de vulnerabilidad profesional que, extrañamente, me distrajo un segundo del conector HDMI. Estaba impecable, cada detalle en ella gritaba metodología y propósito. No era solo una cuestión de moda; era una armadura de sofisticación. Las medias de lunares rompían la severidad del negro con una sutileza juguetona, conectando el abrigo con unos mocasines de charol que brillaban bajo la luz del sitio, reflejando una personalidad que valora tanto la funcionalidad como la estética como la esencia, pero sus dedos temblaban.
"Céntrate, Juan", me ordené.
Apagué las luces desde el mando central. La oscuridad reclamó la sala y la Toma 142 inundó la pantalla.
—Esto no es un anuncio de cosméticos —solté, rompiendo el silencio antes de que el cliente pudiera quejarse de la falta de retoque—. Es un diagnóstico. La Toma 142 no vende una promesa de juventud; vende la dignidad de la piel que ha sobrevivido al tiempo gracias a un buen cuidado.
Escuché a la mujer de la mirada gélida —la Directora de Marketing— tomar aire para interrumpir, pero Isabella se adelantó. Su voz, que en el estudio era un susurro dubitativo, salió con una claridad que cortó el aire.
—«Porque la verdadera hidratación no ocurre en la superficie...» —comenzó ella.
Mientras ella recitaba, yo observaba las caras de los clientes. El CEO dejó de juguetear con su bolígrafo de plata. La mujer gélida entornó los ojos, no con desprecio, sino con esa clase de atención que solo prestas cuando alguien te está diciendo una verdad que te incomoda. Pasamos a la Toma 084 y luego a la 210.
El silencio que siguió a la última diapositiva fue eterno. Podía oír el pulso de mi propio reloj de cuerda.
—Es... perturbadoramente honesto —dijo finalmente el CEO—. En treinta años, nadie me había sugerido que las arrugas de mis clientas fueran "memoria de luz".
—La honestidad es el lujo más caro del mercado actual, señor —añadió Victoria, cerrando el trato con la maestría de un depredador—. Y estos dos jóvenes acaban de encontrar la forma de embotellarla.
Cuando las luces se encendieron, el contrato estaba implícitamente firmado. Hubo apretones de manos firmes y tarjetas de visita intercambiadas. Victoria se acercó a nosotros mientras los clientes salían escoltados por una Sara que intentaba, desesperadamente, recuperar su sonrisa comercial.
—Buen trabajo —nos dijo Victoria, mirándonos por encima de sus gafas de lectura—. Juan, esa iluminación es lo mejor que has hecho este año. Isabella, has logrado que incluso yo quiera comprarme esa crema. Tómense el resto de la tarde si quieren, pero mañana los quiero aquí para el plan de medios.
Sara pasó por nuestro lado, lanzándonos una mirada que era puro hielo derretido. El éxito nos pertenecía, y ella lo sabía. Había que reconocer que la mujer, aunque intensa, era justa en partes iguales.
Volvimos al estudio para recoger nuestras cosas. La jornada laboral aún no terminaba técnicamente, hasta ahora era medio día, pero la adrenalina estaba bajando, dejando una sensación de vacío productivo. Isabella empezó a guardar sus bolígrafos en el bolso, moviéndose con esa paz de quien acaba de soltar una carga pesada.
—Lo logramos —susurró ella, mirándome con esos ojos cafés estéticamente enormes que siempre parecen estar viendo un final feliz, y expresando algo.
—Logramos que no nos despidieran, que es distinto —respondí, aunque mi tono ya no tenía la punta de acero de la mañana.
La observé un momento. Parecía agotada, pero radiante. Algo en mí me decía que debía darme la vuelta y seguir editando el próximo proyecto, pero algo en el sistema falló. Recordé su comentario sobre la pizza, sobre cómo olvidaba comer, y pensé que, aunque no fuera nutritivo, podría gustarle la idea de ir por un helado.
—Isabella —la llamé mientras me ponía la chaqueta
Ella se detuvo y me miró, curiosa.
—Cerca de la Paradeplatz hay una heladería de yogurt que solo abre en primavera. Hacen uno de pistacho que no tiene sentido técnico, es pura anarquía de sabor —hice una pausa, sintiendo que mis pies se despegaban peligrosamente de la tierra—. ¿Quieres ir por un helado?
Ella parpadeó, sorprendida. Su cerebro debió entrar en cortocircuito.