Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 9

Isabella

El sol de mediodía en Zúrich tenía esa claridad alpina que hacía que todo pareciera recién lavado. Salir de la agencia después del éxito con L’Eternité era como emerger de una cámara de descompresión. Caminaba al lado de Juan, intentando que mis pasos no delataran la euforia que me burbujeaba en el pecho.

Él avanzaba con las manos en los bolsillos de su abrigo, con la vista al frente, como si estuviera siguiendo una línea invisible trazada en el pavimento. Su porte, incluso en el descanso, era impecable.

—Si no comemos algo ahora, mi sistema va a empezar a consumir mis propias ideas por falta de glucosa —dije, tratando de sonar casual, sabiendo que mi organismo no toleraba bien el dulce antes del almuerzo—. Victoria nos dio la tarde, pero mi estómago no recibió el memorándum.

Juan se detuvo un segundo y consultó su reloj. El gesto fue tan "él" que casi me hace sonreír.

—Son las doce y cuarto. Podríamos ir a un lugar cerca del muelle. Tienen un risotto que respeta los tiempos de cocción, nada de esa pasta precocida que sirven en el centro.

—¿Risotto? Suena a una decisión técnica muy acertada —bromeé.

—Es una decisión logística, Isabella. Está de camino a la heladería que te mencioné. Si almorzamos bien, el helado de pistacho será el cierre perfecto para el balance calórico del día.

Caminamos hacia el restaurante. El aire olía a agua dulce y a la primavera que empezaba a despertar en los jardines. Durante el almuerzo, la conversación fluyó de forma extrañamente fácil. Juan no hablaba mucho, más bien se limitaba a preguntarme por mi experiencia en el trabajo, al grado en que no sé en qué punto terminé hablándole un poco de mi rutina como nuevo adulto independiente.

Él parecía captar las ideas esenciales, no era grosero, no era que no se interesara en lo que tenía por decir, era más bien que tenía la costumbre de filtrar los mensajes según sus intereses. El resto de capas, bien podía llevárselas el viento.

Al terminar, con el sabor de la limonada aún presente, caminamos hacia la heladería en Paradeplatz. Ya con los barquillos en la mano, nos sentamos en un banco frente al lago. Los cisnes se deslizaban por el agua con una elegancia gélida. He de admitir que su insistencia en pagar el almuerzo y el helado, me sorprendió e incomodó en partes iguales, ya que no estaba acostumbrada a que alguien más fuera de mi familia me hiciera una invitación paga, era un lindo gesto, pero sentía la responsabilidad de ser capaz de cubrir mis propios gastos y no ser una carga para nadie, también sentía la culpa de quien se cree en deuda con el otro por tan “simple” gesto, debía mostrar mi gratitud de alguna forma, y si no podía ser realizando un gasto también, entonces al menos que fuera dando lo mejor de mí para que tuviera una tarde agradable.

—Es extraño verte así, fuera del búnker —le dije, observando cómo el viento le despeinaba un poco ese cabello castaño con visos dorados—. Sin pantallas de por medio, parece que la realidad te afecta más.

Él miró el horizonte, donde las montañas se fundían con el cielo, noté que mi comentario le hizo un poco de gracia porque las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba.

—La realidad no me afecta, Isabella. Solo la observo con distintos lentes.

—¿Y nunca te dan ganas de quitarte el lente? —pregunté, bajando la voz—. No sé... ¿nunca te detienes a pensar en lo que dejas atrás? ¿Te arrepientes de algo, Juan?

Fue una pregunta que nació de mi propia necesidad de encontrar una grieta en su armadura. Esperaba una duda, un suspiro, tal vez el nombre de alguien que ya no estaba. Pero Juan se terminó su helado con una calma exasperante y me miró fijamente. Sus ojos, detrás de los lentes, estaban completamente despejados.

—No me arrepiento de nada, Isabella —dijo, y su voz sonó tan sólida como el granito de las montañas—. Verás, el arrepentimiento es como intentar conducir un coche mirando fijamente por el retrovisor. Tarde o temprano, te vas a estrellar contra lo que tienes delante porque no estás atendiendo a la carretera.

—Imagina que la vida es una construcción de piedra. Cada error que cometí, cada persona que dejé atrás y cada silencio que guardé, no son grietas en el muro; son los cimientos. Si quito una sola de esas piedras, por muy pesada o tosca que fuera, toda la estructura de quien soy hoy se vendría abajo. Y a mí me gusta este edificio, Isabella. Me gusta la vista desde aquí.

—Arrepentirse es una forma de decir que no aceptas el material con el que estás hecha. Yo acepto cada gramo de mi historia. El dolor, cuando ocurrió, fue simplemente la fragua que templó el acero. Una vez que el metal es duro, no te arrepientes del fuego que lo quemó; le agradeces que ahora sea capaz de cortar.

Me quedé muda. No había rastro de nostalgia en él, ni esa melancolía que yo siempre intentaba encontrarle. Su "sordera" emocional no era un vacío, era una fortaleza. Él no escuchaba los lamentos del pasado porque estaba demasiado ocupado asegurándose de que su presente tuviera la estructura correcta.

—¿Ni siquiera de las cosas que se quedaron a medias? —insistí, buscando un matiz humano.

—Lo que se quedó a medias es porque no tenía la fuerza suficiente para completarse, Isabella. Y forzar las cosas es el primer paso para romperlas. No me arrepiento de haber dejado que lo que no funcionaba, simplemente se detuviera.




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