Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 10

Isabella

El estado de serenidad me duró exactamente hasta que puse la llave en la cerradura de mi apartamento. Al entrar, el silencio que tanto había buscado por la mañana se sintió pesado, como si las paredes estuvieran esperando que yo trajera las respuestas que aún no tenía.

Dejé el bolso en el sofá y vi la luz parpadeante del teléfono fijo que apenas usaba. Un mensaje de voz. Mi madre.

Isa, cariño, llámame en cuanto puedas. Tu hermano tuvo un problema con el coche de tu padre y... bueno, ya sabes cómo se pone él con los gastos inesperados. Necesitamos organizar lo del depósito del próximo mes para tu abuela y estamos un poco cortos. Avísame si pudiste cobrar lo de la bonificación que mencionaste.

Sentí un frío que no tenía nada que ver con el clima de Zúrich. La "adulta independiente" que almorzaba risotto en el muelle se desmoronó un poco. La realidad no era nítida; era una red de facturas, responsabilidades familiares y esa culpa constante de estar lejos mientras los problemas seguían ocurriendo en casa. Revisé mi cuenta bancaria. La bonificación de L'Eternité no entraría hasta el viernes.

Casi no dormí. Pasé la noche editando mentalmente mi presupuesto, sintiéndome pequeña, muy lejos de la mujer segura que Juan ayudó a bajar del bus.

A la mañana siguiente, llegué a la agencia con ojeras que ni el mejor corrector podía ocultar. El búnker de cristal me pareció más frío que de costumbre. Sara pasó por mi lado con una carpeta, deteniéndose solo para lanzarme una mirada de escrutinio.

—Victoria te espera en el estudio. Y café, Isabella, necesitas mucho café. Estás... desprolija —soltó con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Entré al estudio. Juan ya estaba allí. Llevaba un jersey de cuello alto negro que lo hacía ver aún más como una figura recortada sobre un fondo blanco. Estaba limpiando un lente de 50mm con una parsimonia que me puso de los nervios.

—Tres minutos tarde —dijo, sin levantar la vista—. Tenía entendido que Isabella Seymour no llegaba nunca tarde, pero ya van dos veces. ¿Qué pasa?

—Isabella Seymour tiene facturas que pagar, Juan —respondí, dejando mi bolso con demasiada fuerza sobre la mesa—. No todos vivimos en un mundo donde el único problema es si el blanco está quemado o no.

Él se detuvo. Dejó el lente sobre la gamuza y me miró. Sus ojos, siempre tan despejados, parecieron notar la "mancha borrosa" en la que me había convertido durante la noche.

—Los problemas financieros son variables externas, Isabella. Se solucionan con números, no con drama —dijo, recuperando su tono de sordo emocional—. Pero guarda eso para después, si quieres desahogarte, puedes contarme luego. Victoria acaba de entrar.

Victoria entró con una energía volcánica. Detrás de ella, un hombre de unos cincuenta años, con un traje que costaba más que mi alquiler anual, nos miraba con impaciencia.

—Equipo, les presento a Nikolas Thompson, de Chronos Swiss. El éxito de ayer llegó a sus oídos. Quieren una campaña para su nuevo reloj de edición limitada. Pero hay un problema —Victoria hizo una pausa dramática—. Quieren el concepto para mañana. Y Nikolas no cree en "palabras dulces", quiere precisión.

—Exacto —dijo Thompson, con una voz que sonaba a metal chocando—. El tiempo no siente, el tiempo no se arrepiente. El tiempo es exacto. Quiero que la campaña refleje eso. Si fallan en el concepto, la cuenta se va a la competencia.

Victoria nos miró con una mezcla de orgullo y presión. —Juan, Isabella... demuestren que su "locura mezclada" puede ser tan exacta como un reloj de pulsera. Tienen veinticuatro horas para traer una propuesta,

Se marcharon, dejándonos en un silencio sepulcral. Yo sentía el peso de la llamada de mi madre, la falta de sueño y la presión de Thompson como una losa. Miré a Juan. Él no parecía inmutarse. Al contrario, ya estaba ajustando la iluminación del panel.

—Es el cliente perfecto para mí —comentó Juan, casi para sí mismo—. Sin emociones, solo directo al grano.

—Para ti es fácil —estallé, sintiendo que la calma se me escapaba—. ¡Tú no tienes a nadie pidiéndote dinero desde el otro lado del mundo! Tú no tienes que preocuparte por si llegas a fin de mes mientras intentas ser "creativa". ¡Para ti todo es una maldita ecuación!

Juan dejó lo que estaba haciendo. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal con esa elegancia juvenil que siempre me desarmaba. Por un segundo, pensé que iba a decir algo reconfortante, algo "humano".

—Isabella —dijo, y su voz era más baja de lo habitual—.Thompson tiene razón en algo: el tiempo no se detiene a esperar que tú resuelvas tu vida personal. Si dejas que el ruido de tu casa ensucie el trabajo de Chronos, vas a perder una oportunidad que te puede ayudar financieramente. Eso es lógica pura.

Me quedé helada. Era la cosa más fría y, al mismo tiempo, más pragmática que alguien me había dicho nunca. Él no me ofreció un hombro para llorar; me ofreció un motivo para no hundirme.

—Ahora —continuó, dándome mi libreta que estaba sobre la mesa—, escribe algo que sea tan afilado como el cristal de un zafiro, asistente creativa, tienes talento, más que cualquiera de los que están aquí, se nota a kilómetros y lo atestiguo desde mi experiencia trabajando con otros. Yo me encargo de que la luz no deje espacio a las sombras. —hizo una ligera pausa y terminó diciendo—. O te enfocas, o te rompes. Tú eliges.




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