Isabella
El despertador sonó con la insistencia de un martillo hidráulico. Me levanté antes de que el cerebro pudiera recordarme que solo me quedaban doce francos en la cuenta y que mi desayuno consistiría en un café aguado y la mitad del yogur que no me atreví a terminar anoche. Me puse el traje gris más estructurado que tenía; necesitaba que la ropa hiciera el trabajo de sostenerme, ya que mi ánimo no iba a colaborar.
Al llegar a la agencia, el ambiente no era el de un éxito rotundo, sino el de una fábrica bajo asedio. Antes de que pudiera colgar mi abrigo, mi bandeja de entrada ya estaba colapsada. No eran solo correos de Chronos; eran actualizaciones de los proyectos de cosmética que había dejado a medias antes de que Victoria me "secuestrara" para trabajar con Juan.
—Isabella, qué bueno que llegas —la voz de Sara me interceptó antes de llegar a mi escritorio. Tenía esa sonrisa tensa de quien ha recibido un regaño y busca a quién traspasárselo—. Victoria me estuvo preguntando por los avances de la campaña de Essenze. Me dijo que tú tenías los textos finales de las etiquetas.
—Los tengo casi listos, Sara, pero Victoria me pidió prioridad absoluta con Thompson —respondí, intentando no sonar a la defensiva.
—Ya, bueno, Victoria le pidió a mí los avances esta mañana. Me buscó específicamente porque, al parecer, tú estás "demasiado ocupada" con Juan —Sara enfatizó el nombre de Juan con un veneno sutil—. Así que, por favor, envíame lo que tengas. No quiero que mi gestión se vea afectada porque tu cronograma está... desordenado.
Apreté los dientes. Era el juego clásico de Sara: quedar como la salvadora ante la directora mientras me recordaba que yo era la pieza que estaba fallando en el engranaje común de su equipo.
Caminé hacia el estudio, pero al entrar, el aire se sintió distinto. No estaba ese silencio cómplice de las sombras y el acero. Había una chica nueva, Elisa, una de las fotógrafas de producto senior, inclinada sobre la mesa de luz junto a Juan. Estaban revisando unas maquetas de envases de perfume, algo totalmente ajeno a nuestro reloj.
—La refracción no miente, Elisa —decía Juan con su tono monocorde—. Si usas ese esquema de iluminación, el cristal parecerá plástico. Necesitas un ángulo de incidencia de treinta grados.
—Lo sé, Juan, pero el cliente quiere que se vea "amigable" —respondió Elisa con una risa ligera, tocándole el brazo para señalar un punto en el monitor. Juan no se apartó, simplemente siguió analizando el píxel—. No todos buscamos esa frialdad de laboratorio forense que tanto te gusta.
Me quedé en la puerta un segundo más de lo necesario. Ver a Juan asignado a otro proyecto riendo con otra persona, una que parecía segura de sí misma sin necesidad de sobre pensar cada palabra, me produjo una punzada de algo que no quise llamar celos, sino... inestabilidad. Él era mi ancla de acero, y verlo compartiendo sus tecnicismos con Elisa me hizo sentir que mi lugar en ese estudio era tan efímero como un reflejo.
Juan levantó la vista y me vio, aún con la sonrisa en la cara pues al parecer le divertía la facilidad con la que Elisa intentaba trabajar. No hubo un "buenos días", ni una pregunta sobre cómo estaba.
—Llegas por fin para la revisión de los artes finales, Isabella —dijo, volviendo su atención a Elisa—. Elisa se encargará de la campaña de Aura conmigo mientras tú terminas de cerrar lo de Thompson con Victoria. Necesito los textos finales en el servidor en diez minutos., por favor.
—Hola, Isabella —dijo Elisa con una simpatía que me resultó agotadora—. He oído que hiciste maravillas con los conceptos de ayer. Victoria está eufórica.
—Gracias, Elisa —respondí con una voz que apenas reconocí.
Me senté en mi rincón, sintiéndome como una intrusa en mi propio espacio de trabajo. Mi teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de texto de mi hermano: "Mamá dice que no te olvides de lo del viernes. El mecánico no entrega el coche sin el pago total".
Cerré los ojos un instante. El peso de la familia en mis hombros, la presión de Sara respirándome en la nuca por proyectos viejos, y la indiferencia de Juan trabajando con otra persona crearon una tormenta perfecta bajo mi traje gris.
Abrí el archivo de Chronos. Las imágenes de Juan seguían ahí, perfectas, imperturbables. Miré su espalda mientras discutía con Elisa sobre la transparencia de un frasco de perfume y comprendí que para él, yo solo había sido una variable que funcionó en un momento dado, porque así fue destinado.
Me enfoqué en la pantalla. Mis dedos empezaron a teclear con una furia silenciosa. Si el mundo fuera de mi caja de pandora era un caos de facturas y envidias, al menos dentro de este documento yo seguía teniendo el control.
"La exactitud no admite réplica", escribí de nuevo en el encabezado. Era lo único que me quedaba: ser tan exacta que nadie, ni Sara, ni Thompson, ni siquiera la ceguera emocional de mi propia familia, pudiera cuestionar mi existencia. Aunque por dentro, el cristal de zafiro empezara a mostrar las primeras grietas.
Me llevó exactamente sesenta minutos. Fue una hora de trance absoluto donde el ruido de la conversación entre Juan y Elisa se convirtió en una estática blanca al fondo de mi mente. No solo terminé los textos de Essenze; redacté las propuestas para las otras dos campañas de cosmética que Sara ni siquiera me había pedido formalmente. Eran borradores que tenía guardados, ideas que esperaban su momento y que ahora solté como quien lanza lastre de un barco a punto de hundirse.