Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 12

Isabella

El alivio financiero es una droga de efecto corto. En cuanto salí del banco, la euforia de haber enviado el dinero a casa se transformó en un cansancio plomizo. Sin embargo, no había tiempo para siestas. Regresé a la agencia. La "Caja de Pandora" de mis pendientes seguía abierta y, ahora que Thompson era un éxito, Victoria esperaba que replicara el milagro con los proyectos que Sara me había reclamado.

El resto de la tarde fue un desfile de correos y carpetas compartidas. Trabajé codo a codo con Lucy en una campaña para una línea de cosmética orgánica; ella era el polo opuesto a Juan: todo eran risas, colores pasteles y "vibras positivas". Incluso Marc intentó reclutarme para sus cielos infinitos de la aerolínea, lanzándome guiños desde su escritorio cada vez que pasaba. Me asignaron tres proyectos nuevos antes de las seis. El mensaje era claro: la recompensa por un buen trabajo es más trabajo.

Al salir, pasé por el supermercado. Por primera vez en semanas, no tuve que hacer cálculos mentales angustiantes frente a la estantería. Compré fruta fresca, un buen queso y, por un impulso casi rebelde, una botella de vino que no estaba en oferta. Al llegar a casa, el apartamento se sentía menos como una celda y más como un refugio. Cené mirando por la ventana, agradeciendo que el "reloj" de mis deudas por fin se hubiera detenido.

El jueves pasó en un suspiro de hojas de cálculo y reuniones de seguimiento. Juan y Elisa seguían encerrados en el estudio con Aura. Cada vez que pasaba por la puerta de cristal, evitaba mirar. Me convencí de que no era despecho, sino economía de energía.

Finalmente, llegó el viernes.

A las cinco de la tarde, mientras organizaba mi escritorio para el fin de semana, una sombra se proyectó sobre mi mesa. Levanté la vista esperando ver a Sara con algún reclamo de última hora, pero me encontré con la figura impecable de Juan. No llevaba su cámara, solo su abrigo negro en el brazo.

—Has estado evitando el estudio —dijo, sin preámbulos. No era una acusación, era una observación técnica—. Tu rendimiento en los borradores de Essenze fue alto, pero hoy tu lenguaje corporal indica saturación.

—Estoy cansada, Juan. Ha sido una semana larga —respondí, cerrando mi libreta.

—La fatiga degrada la creatividad. Necesitas un cambio de ambiente —hizo una pausa y miró su reloj, un modelo que no era Chronos, pero sí igual de exacto—. Vamos por un helado. Mi sistema necesita azúcar y el tuyo, aparentemente, aire.

Me quedé de piedra. ¿Juan invitándome a algo que no fuera una revisión de píxeles?

—¿Un helado? ¿Tú?

—Vamos Isabella, no es la primera vez. No lo analices tanto —dijo, ya dándose la vuelta—. He pedido un coche. Está abajo en dos minutos.

Bajamos en silencio. En la puerta de la agencia, un coche negro de aplicación nos esperaba. Juan no conducía; prefería que alguien más se encargara de la logística del tráfico mientras él intentaba mantener una conversación conmigo, sobre su trabajo de universidad; aquel que lo catapultó a trabajar en la agencia y proyectos individuales que le otorgaron el prestigio que ahora tenía para ser tan joven.

Nos sentamos en una pequeña heladería cerca del lago. Él pidió un helado de dulce de leche; yo elegí vainilla con avellanas, buscando el consuelo que solo el azúcar puede dar.

—Elisa dice que eres "demasiado emocional" para los proyectos de ingeniería —comentó él, observando cómo la gente caminaba por la acera—. Yo le dije que la emoción es lo que evitó que Thompson nos echara de la sala. La técnica es el cuerpo, Isabella, pero tu "emoción" es el sistema nervioso. No dejes que el ruido de los pasillos te haga dudar de eso.

Lo miré, sorprendida. Siempre era extraño recibir esas palabras de parte de Juan, como si quisiera darme un cumplido, pero a la vez hablara de algo sin importancia, como si fuera demasiado obvio para tener que estarlo diciendo. Por un momento, el ruido de la oficina, las facturas y la sombra de Elisa desaparecieron. Éramos solo dos personas compartiendo un frío dulce frente a la quietud del agua.

—Gracias por decir eso —susurré.

Él asintió, terminando su helado. De pronto, su teléfono vibró. Lo consultó y su expresión volvió a ser la de la pecera de cristal.

—Debo irme. He quedado con unos amigos en el centro —dijo, levantándose—. Te dejaré en la estación de camino.

El trayecto de regreso fue corto, así como el tiempo que habíamos pasado juntos. Juan me miró un segundo, pero no dijo nada más que un “gracias por acompañarme”, como si no hubiera sido yo la que debería estar agradecida porque me invitara a un cambio de ambiente que incluía un helado.

—Diviértete con tus amigos, Juan— fue lo último que pude decir. Él no sonrió, pero hubo un destello casi imperceptible de suavidad en sus ojos antes darse media vuelta y partir por donde habíamos llegado. Lo vi alejarse entre los edificios, sintiendo que, por primera vez, los subtítulos de nuestra extraña relación empezaban a tener sentido, aunque todavía no supiera en qué idioma estaban escritos. Esta vez, no parecía yo tener que elegir el mensaje que me estaba enviando.

Caminé hacia la estación con el sabor de la vainilla aún en los labios, preguntándome qué tipo de amigos tendría un hombre que solo creía en la luz y la sombra.




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