Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 13

Juan

El viernes terminó con un exceso de glucosa y un déficit de silencio. Me gusta el helado de dulce de leche porque tiene una densidad que el sorbete no ofrece; es una estructura sólida, predecible. Isabella, en cambio, eligió vainilla. Es un sabor base, neutral, como si tuviera miedo de ocupar demasiado espacio incluso en su propia elección.

La dejé en la estación y vi cómo su figura se perdía entre la multitud. Tenía los hombros tensos. Isabella no camina, se transporta como si llevara el peso de una viga de acero invisible sobre la espalda. Me pregunto si se da cuenta de que su mayor distractor no es la oficina, sino lo que sea que espera por ella fuera de esas puertas de cristal.

Llegué al centro diez minutos tarde. En el club de ajedrez, la puntualidad es una cortesía, pero el retraso es una debilidad.

—Llegas tarde, Juan. ¿Demasiada luz en el estudio o poca en el cerebro? —Markus me recibió sin levantar la vista del tablero. Es un arquitecto jubilado que ve la vida como una sucesión de ángulos rectos.

—Variables externas —respondí, sentándome frente a él—. Blancas.

El ajedrez es el único lugar donde el caos está prohibido. Cada movimiento tiene una consecuencia lógica; no hay espacio para interpretaciones o "subtítulos". Jugamos tres partidas. Gané dos. La tercera la perdí porque, por un instante, recordé la forma en que Isabella me miró cuando le dije que su emoción era el sistema nervioso de la campaña. Fue una distracción de apenas un milisegundo, pero en el ajedrez, un milisegundo es una eternidad.

Al salir del club, caminé hacia el parque. La noche en Zúrich tiene una temperatura perfecta para la calistenia. Me colgué de la barra de dominadas. Uno. Dos. Diez. Siento cómo los músculos de la espalda se tensan y se relajan. El control sobre el propio cuerpo es la forma más pura de orden. No hay Photoshop para la gravedad. Aquí, si no tienes la fuerza suficiente, te caes. Es honesto.

El sábado fue el turno de la familia. Mi tía Elena organiza estos almuerzos donde el ruido es el plato principal. Mis primos pequeños, Leo y Teo, me interceptaron en cuanto crucé el umbral.

—¡Juan! ¿Vamos a las barras? —gritó Leo, el de siete años, intentando imitar mi postura.

—Primero la técnica, luego la fuerza —les dije, levantando a Teo en vilo.

Pasamos la tarde en el jardín. Los puse a hacer flexiones básicas, corrigiendo el ángulo de sus codos. El deporte no es solo salud; es disciplina. Si aprenden a controlar sus movimientos ahora, el mundo no los moverá a ellos después. Mi familia me ve como alguien distante, el "fotógrafo exitoso" que habla poco, pero me aceptan porque saben que mi silencio no es desprecio, sino observación.

Mientras cenábamos, mi tía mencionó que me veía "más integrado" al equipo de la agencia.

—He visto la valla de Chronos en el centro, Juan. Es imponente. Tan... tú —dijo, sirviéndome más ensalada.

—Es el resultado de una buena colaboración —respondí escuetamente.

Pensé en Isabella. No mencioné su nombre. Ella es una variable curiosa. Elisa, que ahora está conmigo en el proyecto Aura, es eficiente. Entiende de fotografía, no toca mi brazo innecesariamente y no se desmorona por una llamada telefónica. Es el estándar profesional. Pero falta algo. Con Isabella, el trabajo tiene una tensión eléctrica, algo que hay por descubrir, siempre tiene algo que decir de tan absorta que está en sus pensamientos y en querer darle sentido a todo, una esencia que Elisa no logra replicar. Isabella es desordenada en su mente, es emocional y a veces parece que se va a romper frente a mis ojos, pero tiene una capacidad de ver lo que el lente ignora.

Me quedé mirando el jardín en sombras. El lunes volveríamos al trabajo. Sabía que ella vendría con el "ruido" de su fin de semana pegado a la piel. Me pregunté cuánto tiempo más podría mantener su estructura antes de que la realidad la matara, como ella suele decir.

No es mi trabajo salvarla. Mi trabajo es la luz. Pero a veces, para que la luz sea perfecta, necesitas que la sombra sea profunda. Y la sombra de Isabella es la más interesante que he encontrado en mucho tiempo.




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