Juan
Es lunes por la mañana. La empresa huele como siempre: a café y ansiedad. Han terminado de colocar las vallas de Chronos, o eso creo porque he visto tres de camino al trabajo, y en cada una encontré una armonía perfecta entre la imagen y el texto.
Isabella tenía razón, al decir que las palabras son importantes, porque además de la imagen, te pueden transmitir algo, algo que incluso puede llegar hasta lo más profundo de ti porque te aclaran el mensaje.
—He ajustado los niveles de saturación para el proyecto Aura, Juan —dijo Elisa en cuanto entré a la oficina, sacándome de mis pensamientos. Ya estaba allí, sentada en la silla que Isabella solía ocupar—. Creo que el concepto de "amabilidad" que quiere el cliente se logra mejor si viramos los blancos hacia un tono más cálido, casi crema. Menos estilo laboratorio, más hogar.
Al parecer aquí las personas tienen un conflicto con mantener las cosas simples, y Elisa, definitivamente no es Isabella. Elisa no puede argumentar con sentido de humanidad y a la vez objetividad como lo hace la asistente creativa. Elisa es alguien que va directo al grano, sin complicaciones, como una bala que va directo sin mirar a quién o a qué alcanza, porque su único objetivo es impactar con algo, lo supe por como escuché que abordaba a Isabella, era alguien con quien podías reírte, sí, pero también alguien a quien no debías exponerte.
—El cristal no es cálido, Elisa —respondí, dejando mi equipo sobre la mesa—. El cristal es neutro. Si falseas la temperatura, pierdes la honestidad del material.
—La honestidad no siempre vende perfumes, querido —replicó ella con una sonrisa perfecta, esa que nunca muestra los dientes—. A veces la gente solo quiere que le mientan un poco para sentirse mejor.
No discutí, Elisa haría los ajustes estuviera o no de acuerdo y finalmente había que admitir que en cuestión de trabajo, por lo menos muchos de sus archivos están nombrados correctamente, no olvida las copias de seguridad y su flujo de trabajo es constante, no tendría que hacer horas extras para llegar a un resultado, sin embargo, era consciente de que el objetivo de esta campaña era completamente diferente, porque no debíamos colocarlo en una sola página de revista, ni en un post de Instagram o una valla publicitaria. En esta ocasión, sólo debíamos generar las fotos, y los de redacción se encargarían de contar toda una historia; pues a parte de vender el perfume, se debía conmemorar los 100 años de la compañía para la cual era todo este trabajo. Por otro lado, con Isabella, el proceso es una curva, un zigzag de dudas y hallazgos, porque el trabajo en sí mismo era diferente, ella era la redactora, con ella debíamos vender sin necesidad de contar en 3 páginas toda una historia. Con ella el trabajo parecía ser ineficiente, sí, pero el resultado final suele tener una capa de profundidad que Elisa no alcanza a ver porque está demasiado ocupada queriendo destacar por efectividad.
A media mañana, vi a Isabella pasar por el pasillo. Llevaba una carpeta de Lucy y caminaba con la mirada fija en el suelo. Se detuvo un segundo frente al cristal del estudio. Nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos estaban apagados, como una fotografía subexpuesta que ha perdido el detalle en las sombras. No me saludó. Solo siguió de largo, arrastrando los pies con una pesadez que no era física.
—Pobre Isabella —soltó Elisa, sin apartar la vista del monitor—. Me enteré de que tiene problemas serios en casa. Parece que sus padres quieren que regrese para ayudarlos con una deuda enorme. Es una lástima, tiene talento, pero supongo que hay personas que nacen para ser el pilar de otros.
Detuve lo que estaba haciendo. No sabía nunca cómo era que Elisa se enteraba de las cosas, pero su tono de condescendencia era molesto, y no me hacía ninguna gracia que lo hubiera mencionado como intentando destacar que tiene una red de contactos sólida.
—¿Te lo ha dicho ella? —pregunté, sólo por disimular mi molestia.
—No hace falta que me lo diga, Juan. Se le nota en la ropa, en las ojeras... y bueno, una sabe escuchar en los lugares adecuados —replicó Elisa en tono inocente queriendo aparentar que sabe leer a la gente, cuando ni ella se lo cree. Entonces se giró hacia mí, apoyando la barbilla en su mano—. Deberías ser amable con ella hoy. Quizás sea de sus últimos lunes aquí sin ataduras si decide pedir ese préstamo. Un crédito a veinte años es una forma muy efectiva de enterrar una carrera en Zúrich, ¿no crees?
—No lo sé — dije mostrando desinterés para no alargar más la conversación sobre la vida de alguien a quien se le notaba que estaba teniendo dificultades, y por quien ciertamente yo no tenía responsabilidad alguna de resolver sus asuntos. Volví a la pantalla y Elisa no dijo nada más.
Dos horas más tarde, salí de la oficina, con la excusa de almorzar. Ya habíamos terminado el trabajo y tampoco requeríamos más fotos del frasco de perfume. Entonces me encontré con Isabella cuando iba bajando las escaleras para salir a almorzar.
No me dirigió ninguna palabra y yo tampoco lo hice, sin embargo, aminoró un poco el paso para permitir que yo la acompañara. Supongo que era su forma de demostrar que no quería ser grosera, sólo estaba en su mundo, y personalmente si me quería hablar o no, me tenía sin cuidado, pues no sentía querer saber más tampoco.
Caminamos en un silencio que se extendió por dos manzanas. El aire de Zúrich estaba empezando a enfriarse, anunciando un cambio de estación que a nadie parecía importarle. Isabella llevaba los brazos cruzados, protegiendo su bolso contra el cuerpo como si contuviera algo frágil, o quizás, simplemente para evitar que el viento le recordara lo expuesta que estaba.