Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 15

Isabella

Agosto en Zúrich se siente como una tregua. El aire caliente se queda atrapado entre los edificios de piedra y el río Limmat se llena de gente que intenta lavar el estrés de la semana en sus aguas frías. Habían pasado 4 días desde mi almuerzo con Juan y la propuesta de mi madre seguía en mi bandeja de entrada, sin responder, como una granada sin anular que claramente explotaría en cualquier momento, y yo no sabía realmente cómo marcar un límite sin que consideraran que yo era una mala hija que no pensaba en los sueños de unos padres que me habían dado todo. Es verdad que no me lo estaban exigiendo, no me estaban apuntando con una pistola, pero también es cierto que están obviando el panorama de que ya estoy más cerca de los treinta y quiero un poco de independencia, de saber quién soy yo y de lo que soy capaz, y era la razón por la que había buscado vivir sola y me sentía feliz.

—Si vuelves a mirar ese correo, voy a confiscar tu teléfono y lo voy a tirar al lago —sentenció Lucy, entrando en mi cubículo con un vestido amarillo que gritaba optimismo—. Es viernes, Isabella. El proyecto de los 100 años está en marcha gracias a ti, Thompson está feliz con Chronos y tú pareces un extra de una película de cine mudo. Nos vamos de fiesta.

—No tengo energía, Lucy. En serio.

—No te pregunté si tenías energía. Te estoy informando de la logística. Marc viene. No acepto un no por respuesta, si quieres invitar más gente adelante, entre más seamos, mejor.

Pensé en Sophie, era mi ancla de la universidad. Una francesa que trabajaba en una galería de arte y que tenía la capacidad de simplificar mis dramas con una sola frase cargada de sarcasmo europeo que me hacía reír hasta en los momentos más inoportunos y me ayudaba a dar un respiro al sin fin de preocupaciones que solía cargar por no querer decepcionar a mis padres como mi hermano lo había hecho. Aceptar fue más fácil que resistir.

A las once de la noche, el ambiente en Frieda’s Büxe era una masa palpitante de luces rojas y techno profundo. Me había puesto un vestido negro, corto, de seda, que tenía guardado para "ocasiones especiales" que nunca llegaban. Me sentía extraña: la piel blanca por falta de sol expuesta, el pelo suelto en ondas cuyo color degradaba de un castaño oscuro a puntas doradas, los ojos cafés demarcados por una línea y un refuerzo de color en las pestañas para que se notaran, así como en los labios para no parecer enferma. El aroma del gin-tonic se sentía reemplazando el olor a ozono del estudio.

—¡Por la libertad y por las campañas que no involucran cremas para las arrugas! —brindó Marc, elevando su vaso. Estaba eufórico, moviéndose al ritmo de la música con una soltura que me hizo envidiarlo.

Sophie se acercó a mi oído, gritando por encima del bajo. —Isa, te ves increíble, pero tienes una expresión de estar en un velorio. ¡Baila!

Lo intenté. Por media hora, logré que los pensamientos sobre préstamos bancarios y asuntos familiares se disolvieran. Pero la burbuja explotó cuando Lucy me dio un codazo y señaló hacia la entrada de la zona VIP.

—No puede ser —masculló Lucy—. El virus se está propagando.

Era Elisa. Se veía impecable, con un conjunto blanco que resaltaba entre la oscuridad del club y contrastaba con su cabello rojizo y ojos verdes. Iba colgada del brazo de un hombre alto, de hombros anchos y una sonrisa que parecía ensayada para un catálogo de relojes. Jacobo, según había escuchado que era el nombre de su pareja. Tenía ese aire de éxito financiero que hace que las personas como yo nos sintamos instantáneamente pequeñas.

—¡Chicos! Qué coincidencia encontrarlos por aquí —dijo Elisa al acercarse, su tono amistoso ocultando el aguijón de siempre—. Isabella, qué cambio. Casi no te reconozco sin tu traje gris de oficina. Jacobo, ella es la redactora estrella de la que te hablé, la que tiene ese "don" para el drama.

Jacobo me estrechó la mano. Su agarre fue firme, amable. —Un placer. Elisa dice que eres el alma sensible de la agencia.

—Soy la que escribe los textos, simplemente —respondí, intentando mantener la voz nivelada.

El grupo se fusionó por compromiso. Sophie y Elisa empezaron una guerra fría de miradas, mientras Marc hablaba con Jacobo sobre deportes, pues al parecer el hombre mantenía un gran interés en ello. Yo me quedé en la periferia, observando cómo Elisa dominaba el espacio y bailaba con una Lucy que no reconocí en cuanto se dio el dichoso encuentro, hasta que sentí un cambio en la estática del aire, los ojos de alguien, mirándome. Pero ¿quién?

A unos metros, en una mesa alta cerca de la barra, vi una cara familiar. Juan.

No estaba solo. Estaba rodeado de un grupo que rompía todos mis esquemas sobre él. Había dos hombres que parecían atletas de élite —probablemente sus compañeros de calistenia— y una mujer de cabello corto y oscuro que se reía con una mano apoyada en el hombro de Juan. Él no llevaba su abrigo negro; vestía una camiseta oscura ajustada que revelaba la musculatura real de sus brazos, esa que las barras del parque habían esculpido.

No estaba analizando píxeles. Estaba bebiendo una cerveza y, por primera vez, lo vi sonreír de verdad, una sonrisa que llegaba a sus ojos y que no tenía nada de técnica.

—Vaya, vaya —susurró Elisa, que se había percatado de mi distracción—. Parece que el iceberg tiene un club de fans. Jacobo, mira, ese es Juan, el fotógrafo del que te hablé.




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