Hasta cuando los subtítulos no funcionen

Capítulo 16

Isabella

El mundo se detuvo. La palabra "Madrid" quedó flotando en el aire, densa y fuera de lugar, como un error de impresión en un libro de lujo. El calor del cuerpo de Juan, que hace un segundo era mi único refugio, se evaporó, pero no porque él se alejara, sino porque el ambiente se volvió gélido. Sentí que la mano de Juan en mi cintura se tensaba, no de rechazo, sino de alerta.

—Vaya, Juan, parece que tu "redactora de frases letales" te tenía ocultos algunos capítulos —soltó Elisa con una sonrisa que no llegaba a sus ojos verdes, mientras se aferraba al brazo de Jacobo—. Isabella nos contaba que está entre firmar un préstamo de veinte años para quedarse aquí, como socia de sus padres... o huir a España a perseguir una maestría en Narrativas Visuales. Un dilema clásico: ¿familia o futuro?

El silencio que siguió fue asfixiante. Lucy, que siempre tenía una palabra de apoyo, bajó la mirada hacia su copa, evitando mis ojos; su silencio era un peso muerto que confirmaba que a ella de le habían escapado algunos detalles. Marc, por el contrario, frunció el ceño con una curiosidad genuina, casi infantil.

—¿Maestría en Madrid, Isa? —preguntó Marc, dando un paso al frente—. Pero si no habías dicho nada... ¿Cuándo te vas? ¿Es por eso que has evitado el trabajo conmigo?

—No, Marc, es solo que... —intenté responder, sintiendo que el nudo en mi garganta me impedía articular la complejidad de la soga que mis padres habían puesto en mi cuello.

—¡Ay, por favor! —intervino Elisa, agitando la mano como si espantara una mosca—. No tiene nada de malo hablar de ello. Estamos entre amigos, ¿no? Es una oportunidad maravillosa. Jacobo dice que invertir en estudios no es malo, aunque claro, un préstamo a veinte años aquí en Suiza también es una inversión... a su manera.

Jacobo asintió, un poco despistado, mirando a Elisa con una mezcla de adoración y confusión. —Claro, el ladrillo siempre es seguro, aunque veinte años es un compromiso serio para alguien tan joven —comentó él, sin notar el veneno que su prometida estaba destilando.

Sentí que la humillación me quemaba las mejillas. Quise explicarles que no era una elección fácil, que el "negocio" de mi hermano, la humedad de la casa de mis padres y su vejez estaban pesando más que mis ganas de estudiar en España. Quise contarles que mi "fantasía" se estaba muriendo bajo el peso de la realidad.

—Verán, lo que pasa es que mis padres... —empecé a decir, buscando las palabras para justificar mi posible sacrificio.

Pero no pude terminar. La mano de Juan, que seguía en mi cintura, se deslizó hacia mi brazo y me atrajo hacia él con una firmeza que me dejó sin aliento. Su máscara de cristal no se había roto; se había endurecido para convertirse en un escudo.

—No tienes que explicar nada, Isabella —dijo Juan. Su voz era baja, pero cortó la conversación como un rayo láser—. Las decisiones personales son eso, personales, y no deben comentarse a la ligera, menos aún en una discoteca, llena de gente que no parece tener prudencia y respeto por la vida ajena.

Juan miró a Elisa. No fue una mirada de enfado común; fue la mirada de un fotógrafo que ha detectado una mancha en el lente y decide que la sesión ha terminado. Él sabía exactamente lo que Elisa estaba haciendo: estaba marcando territorio, intentando exponerme como alguien inestable o a punto de marcharme para que Victoria perdiera la confianza en mí.

—Juan, solo estamos conversando... —intentó decir Elisa, manteniendo su fachada de inocencia.

—¿Sabes? Creo que estamos perdiendo el tiempo —la cortó Juan, ignorándola por completo. Se giró hacia sus amigos, Chiara y los demás, que observaban la escena—. Chicos, nosotros nos vamos. El ambiente se ha degradado demasiado rápido. Isabella tiene que revisar unos artes finales mañana temprano y yo tengo que preparar el equipo para una salida de campo al amanecer.

Era una mentira. Mañana era sábado. No había artes finales ni salida de campo programada, pero la forma en que lo dijo, con esa autoridad técnica, no dejó espacio para réplicas. Marc intentó decir algo más, pero Lucy le puso una mano en el brazo, finalmente entendiendo que el rescate estaba en curso.

—Vámonos, Isa —susurró Juan en mi oído. Su aliento rozó mi sien y, por un segundo, sentí que la presión en mi pecho disminuía.

Nos abrimos paso entre el grupo. Elisa se quedó allí, con la copa a medio levantar y una expresión de frustración que intentó enmascarar con una risita hacia Jacobo. Al salir del club, el aire frío de la noche de Zúrich me golpeó, pero esta vez no me sentí sola.

Caminamos hacia la esquina donde los taxis y los coches de aplicación se amontonaban. Juan no soltó mi brazo hasta que estuvimos lo suficientemente lejos del ruido.

—¿Por qué has hecho eso? —pregunté, con la voz temblorosa—. Podría haberles explicado...

—No —dijo él, deteniéndose y obligándome a mirarlo bajo la luz naranja de una farola—. No se le da munición al enemigo, Isabella. Elisa no quería saber de tu maestría por interés académico; quería ver cómo te desmoronabas bajo la presión de la inocencia de Marc y la mirada de los demás. En este negocio, si muestras la grieta, otros se encargan de ensancharla hasta que te rompes.

Me quedé mirándolo. Juan había leído la jugada de Elisa con una claridad que me asustaba. Él, que evitaba las emociones, había detectado la crueldad disfrazada de charla social.




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