Hasta que noviembre nos alcance

¿Spiderman, decís?

Capítulo dos:

Víctor.

Hoy toca visitar a Rita.

Agarro mi mochila, los puchos y la sube.

Veo la hora y salgo apurado, la abuela me va a putear.

Me fijo en Google Maps y veo que el colectivo va a tardar en llegar. Así que camino tranquilo hasta la parada.

En eso que estoy con el teléfono chequeando el horario del colectivo, noto a una flaca viniendo muy rápido en mi dirección.

No me dio tiempo a pensar. Literalmente.

Ella tampoco parecía verme.

Nos dimos cuenta tarde.

—Uh…

Demasiado tarde.

La chica chocó contra mí y, en el intento de no caerse, terminó agarrándose de mi brazo. Yo retrocedí un par de pasos y los dos celulares salieron disparados al piso.

—La puta madre —murmuró.

—¿Eso fue un saludo? —pregunté.

Levantó la mirada.

La flaca me estaba mirando con una cara entre molesta y apenada. No parecía muy relajada con la situación, así que decidí pincharla un poco.

—Fue un accidente —dijo.

—Ah, menos mal. Ya me estaba preocupando.

—¿Por qué?

—Porque si así saludás a la gente, no quiero saber cómo te despedís.

Me miró unos segundos.

—¿Siempre sos así?

—¿Así cómo?

—Molesto.

Solté una risa.

—Recién nos conocemos y ya me conocés bastante.

—No hace falta conocerte mucho.

—Bueno, eso dolió más que el choque.

La vi agacharse para agarrar uno de los celulares.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, creo.

Miré mi celular, que ahora tenía en su mano, y toqué la pantalla un par de veces. No prendió, pero roto no se veía.

Parecía estar bien.

—Parece que sobrevivió.

—Menos mal.

—Aunque yo no puedo decir lo mismo. Creo que me dislocaste el hombro.

—Dale, no seas ridículo.

Me agarré el hombro, exagerando el dolor.

—Y si no, siempre puedo decir que me atropelló una chica de Ramos Mejía.

—No seas exagerado.

—¿Ves? Ya estamos agarrando confianza.

Negó con la cabeza y me extendió uno de los celulares.

—Tomá.

Lo agarré sin mirarlo demasiado y lo guardé.

—Gracias.

Ella hizo lo mismo con el suyo.

—Bueno, me tengo que ir.

—¿Así nomás?

—Sí. Llego tarde.

—Entonces supongo que me voy antes de que me culpes por llegar tarde.

—No te estaba culpando.

—Todavía.

Me miró con una cara que decía bastante.

Me reí.

—Soy Víctor.

—¿Qué?

—Mi nombre. Si vas a atropellarme, mínimo tenés que saber cómo me llamo.

—Camila.

—Camila…

Repetí su nombre mientras intentaba acordármelo.

—Bueno, Cam, tratá de no atropellar a nadie más.

—No prometo nada.

Sonreí.

—Esa es la actitud actitud.

Se dio media vuelta y empezó a alejarse.

—¡Chau, Cam!

Levanté la mano para despedirme y seguí mi camino.

La verdad, ¡qué mina tan graciosa!

Fue divertido.

Tengo que pasar más seguido por esta calle.

Una vez en la parada, agarro mi celular para ver la hora.

Lo saco del bolsillo, miro la pantalla y frunzo el ceño.

Ese no era mi fondo.

Yo tenía a Spiderman.

Miro el teléfono otra vez.

Después recuerdo el choque.

—No…

Jajaja.

Tengo el teléfono de Camilita.

Dios, qué boludo.

Ya enfrente del hospital, saco un pucho y lo prendo.

Está mal, pero no tan mal. La abuela me lo pide, dice que, ya que no puede fumar, le reconforta mi olor a fumador, aunque también recomienda que lo deje. Es complicada la vieja.

Termino el pucho y entro.

—Hola, Juli, ¿cómo estás? —Julieta, una señora amable que es una de las recepcionistas del hospital.

—Ay, hola, chiquito, ¿venís a ver a Rita?

—Seh, ¿sabés cómo anda? A mí por SMS me cuenta poco —comenté, algo conflictuado.

—Y... Rita la pelea, ¿sabés? Para la edad que tiene, está dando todo. Igualmente, el cáncer es complicado. Lo está llevando bastante bien —me dice, tratando de reconfortarme un poco.

—Gracias, Juli. Sigue en la habitación 14, ¿no? —Y la veo asintiendo con la cabeza. Entonces me mando.

Ni bien entro a la habitación, observo cómo la abuela estaba mirando YouTube. Moderna la vieja.

—¿Qué mirás, abue?

—¡Ay, Víctor, me asustaste, pibe! ¡Hacé más ruido cuando entrés! ¡Tu abuela podría morir de un paro al corazón! —dice con todo el drama del mundo.

—Es lo que te falta, abuela, morir de un paro porque tu querido nieto viene a visitarte —y así me siento en una silla que está cerca de ella.

—Bueno, ¿y cómo seguís? —La vi dejar el celular al costado y seguimos conversando.

—Aburrida, querido. Acá, en esta televisión, me pasan cada pedorreada. Lo único lindo fue El Sultán, pero me pasan Elif ahora —dice, agarrándose la cabeza.

—¿La huérfana esa? ¿No hay más canales?

—No. Claudio me dice que se cambiaron de cable y que ahora está ese canal.

—Para mí que al enfermero le gusta ver Elif...

—Le voy a revolear mi dentadura si es así. Prefiero ver esas películas que ves vos, como ese que te gusta a vos, el de traje rojo y azul.

—¿Spiderman, decís?

—Sí, sí, ese debe ser.

Y así estuvimos hablando dos horas, hasta que, mientras la abuela se quejaba de la gelatina aguada que le dan de desayuno, intenté adivinar el patrón de Cam.

La abuela seguía hablando de Elif, mientras yo estaba muerto de cansancio. Andá a saber qué le pasó en la vida a Camila, para poner un patrón indescifrable.

Y una vez que terminé de intentar, noto que mi abuela ya no estaba hablando. La miro y nuestras miradas se cruzan.

—Supongo que por esa sonrisa tuya te estás hablando con una chica, ¿es tu novia?

—Ay, abuela, qué decís, por favor. Yo me guardo al matrimonio. Mujer pecaminosa.

—A tu abuelo, en nuestro matrimonio, le vi esa sonrisa unas cuantas veces y te digo que nunca me equivoqué, eh.

—No es una chica, es una contraseña.

—Oh, ¿así encaran ahora?, jaja.



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En el texto hay: humor, drama adolescente, novela juveni

Editado: 23.09.2026

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