PRÓLOGO: EL LINDAJE DE LOS COTSWOLDS
Mila
Dicen que el dinero no puede comprar la felicidad, pero en los Cotswolds, el dinero compra algo mucho más valioso: la apariencia de santidad. Nuestra mansión no es solo una casa; es una fortaleza de piedra caliza que se alza sobre las colinas verdes de Inglaterra, diseñada para que nadie vea las grietas que intentamos ocultar tras las cortinas de terciopelo.
Si me preguntas quiénes somos, te diría que somos una postal británica perfecta a la que alguien le ha prendido fuego por las esquinas.
En la cima está Oliver, mi padre. El patriarca. Un hombre que huele a tabaco caro y a decisiones implacables. Para él, los Blackwood no somos una familia, somos una marca. Él no te da un abrazo; te da una palmadita en el hombro que se siente como un contrato de exclusividad.
Luego está Beatrice, mi madre. La reina de hielo del condado. Ella me enseñó que una lágrima es una mancha en el linaje y que el protocolo es más importante que el pulso. No tiene sangre; tiene champán helado corriendo por sus venas.
Y luego están los "hijos que no fallan".
Isaac, mi hermano mayor. El futuro Lord de esta miseria. Es el único que sabe cómo mirarme sin que parezca que está viendo un error de fábrica. Isaac es el pegamento de esta casa, aunque a veces me pregunto cuánto más podrá aguantar antes de quebrarse él también.
Sofía. Mi hermana. La "Rosa de Inglaterra". Sofía ha convertido la fragilidad en un arte. Pasó toda su vida moldeándose para ser la esposa perfecta, robando cada pizca de luz de este pueblo hasta dejarme a mí en una sombra perpetua. Sofía no ama a Caleb; ama el prestigio de tener al hombre que todas las demás codician.
Y finalmente estoy yo. Mila. Solo Mila. Un nombre demasiado corto para una casa con techos tan altos. Soy la grieta en el mármol, la que siente demasiado fuerte en un lugar donde sentir está prohibido.
Y luego... está él. Caleb Thorne.
Caleb no es un Blackwood, pero es el dueño de cada secreto de esta propiedad. Es el mejor amigo de mi hermano y, a partir de hoy, el esposo de mi hermana. Nuestra guerra no empezó con palabras elegantes. Empezó con barro, con un reto y con una risa que todavía me escuece en el pecho. Teníamos doce años.
La lluvia caía con esa insistencia gris típica de Inglaterra. Yo estaba escondida en las caballerizas, hecha un ovillo en el suelo, llorando porque mi madre me había abofeteado frente al servicio por no saber sentarme derecha. Estaba sucia, rota y hundida. Entonces, la puerta de madera crujió.
Caleb estaba allí. Era un niño de ojos hazel demasiado intensos para su edad. Se quedó parado en la entrada, observándome con una frialdad que me irritó. No se acercó a consolarme. No me dio un pañuelo.
—Vaya —soltó, apoyándose en el marco—. Escuché relinchar y pensé que era un caballo herido. Veo que solo eres tú, lloriqueando como siempre.
Lo ignoré, ocultando mi cara entre las rodillas. Entonces, sentí el impacto frío y húmedo. Caleb había pateado un montón de lodo acumulado en su bota directamente hacia mi vestido blanco de encaje. Me quedé helada. El lodo me salpicó la mejilla.
—¿Qué haces, animal? —le grité, poniéndome de pie de un salto.
—Darte una razón para que te muevas —replicó él con una sonrisa desafiante—. El lodo se quita, Mila. Pero esa cara de víctima se te va a quedar grabada si no haces algo.
La rabia me quemó la garganta, sustituyendo el dolor de la bofetada. Agarré un puñado de barro del suelo y se lo estampé en medio de su camisa blanca impecable. Él se tensó, sorprendido, pero luego sus ojos brillaron. Recogió otra bola de lodo y me la lanzó con precisión al hombro.
—¡Eso es lo mejor que tienes, Blackwood! —se burló.
Durante los siguientes diez minutos, las caballerizas se convirtieron en un campo de batalla. Corríamos entre los boxes, lanzándonos lodo, ensuciando las paredes y nuestras ropas caras. Estábamos empapados, marrones de pies a cabeza, jadeando por el esfuerzo. Y entonces, sucedió.
Me resbalé y caí de espaldas sobre la paja húmeda. Caleb se detuvo sobre mí, con la cara manchada de barro y el pelo pegado a la frente. Me miró y, por primera vez, soltó una carcajada limpia, profunda. Yo empecé a reír también, una risa histérica que soltaba toda la presión de mi pecho.
Él me tendió la mano para levantarme. Sus dedos estaban sucios, pero su agarre era firme.
—Ves —susurró, mientras ambos intentábamos recuperar el aliento entre risas—. Es mejor luchar que llorar. Recuérdalo, Mila.
Desde aquel día, nuestra relación ha sido eso: una guerra para ver quién aguanta más el impacto. Un baile de odio y una tensión que se puede cortar con un cuchillo. Nos hemos dicho cosas imperdonables, pero en el fondo, él sigue siendo el único que sabe que bajo mis vestidos caros, sigo siendo la niña que prefiere el lodo a la seda.
Hoy, Caleb se casa con Sofía. Hoy, él jura fidelidad a la perfección de los Blackwood mientras yo me hundo en la infamia. Pero Caleb tiene un problema: cree que un anillo de oro puede enterrar lo que somos.
Lo que no sabe es que el lodo de aquella tarde nunca se secó. Solo se quedó esperando a que uno de los dos cometiera el error de volver a ensuciarse.