CAPÍTULO 1: LA OVEJA DESCARRILADA
Isaac
Hay algo que nunca te dicen sobre los apellidos: pesan más que la piedra caliza. Puedes heredar tierras, mansiones y legados, pero en el proceso, el peso te va hundiendo las costillas hasta que respirar se convierte en un lujo.
Esta tarde, mi casa no es un hogar. Es un centinela de soberbia alzándose sobre las colinas de los Cotswolds. La niebla se arrastra por los jardines perfectamente podados, envolviendo la propiedad en un velo gris. Fuera hay paz. Dentro, el aire está saturado de lirios blancos y de una tensión que corta la piel.
Estoy apoyado en el marco de roble del gran salón, observando el despliegue de tradición británica que es mi familia.
—¡Sofía, por el amor de Dios, deja de moverte! —exclama mi madre.
Beatriz Blackwood es el hielo que nunca se derrite. Ni un cabello rubio platino fuera de su moño, ni un error en su vida estructurada. Mi hermana Sofía, subida a ese pedestal circular, es una visión de seda y tul que parece a punto de estallar.
—¡Es que estoy nerviosa, mamá! —se queja ella. Sus dedos tiemblan sobre el velo—. Y Mila sigue sin aparecer. Lo hace a propósito. ¡Siempre intenta robarme el momento con su rebeldía de niña malcriada!
Mila. Siempre es Mila. La grieta en nuestro muro de perfección.
Siento un alivio sordo cuando veo a Caleb Thorne cruzar la entrada principal. Es el refuerzo que necesito. Caleb no comparte nuestra sangre, pero ha crecido pegado a mí en internados y cacerías. Es el cuarto hermano. El único hombre en quien confío para entregarle la mano de Sofía.
Entra con esa seguridad arrogante, sus ojos grises barriendo el salón con una calma que siempre me ha resultado inquietante.
—¿Dónde está la novia más hermosa de Inglaterra? —pregunta su voz barítona.
—¡Noooo! ¡No entres! —chilla Sofía, cubriéndose la cara—. ¡Caleb, sal de aquí! ¡Es de mala suerte!
Suelto una carcajada seca. Me acerco a él, le rodeo los hombros con un brazo y lo empujo hacia la salida. Necesitamos aire. Necesitamos whisky.
—Dios, por qué tenían que ser hermanas mujeres —gruño mientras bajamos hacia el garaje. Mi todoterreno nos espera en la penumbra—. Tu futura mujer está perdiendo la cabeza, hermano. ¿Seguro que quieres esto? Aún puedes arrepentirte; el Range Rover tiene el tanque lleno.
Caleb me devuelve una sonrisa de lado. Una que no llega a borrar la tensión de su mandíbula.
—Es tu hermana, Isaac. Además, es preciosa. Digamos que me ha... hechizado.
—Te ha embrujado, que es distinto —sentencio mientras cargamos las cajas de malta en el maletero—. Es un ángel, pero a veces los ángeles son asfixiantes en este pueblo de mala muerte.
Caleb asiente, pero su mirada se desvía. No mira el coche, ni la casa. Mira hacia el sendero trasero, hacia el lugar donde la niebla es más espesa.
—¿Y la oveja descarrilada? —pregunta. Intenta que su tono sea casual. No lo es.
—En la fogata del puerto —le lanzo las llaves con un gesto de frustración—. Haciendo lo que mejor sabe hacer: dar dolores de cabeza. Mi madre está como loca porque no se midió el vestido. Mila siempre huye para recordarnos que ella no es una "dama".
—Es una pesadilla —dice Caleb. Aprieta las llaves en su mano hasta que los nudillos se le ponen blancos—. Siempre he dicho que habría que enviarla a un internado en Escocia y tirar la llave.
—Y yo —coincido—. Pero tengo que ir con papá al pueblo vecino por el banquete. Hazme un favor, hermano... ve al puerto. Trae a Mila de las orejas si es necesario. Mi madre no soportará que falte a la cena de ensayo.
Le pongo una mano en el hombro. Confío en él.
—Confío en ti para controlarla, Caleb. A ti es al único al que parece tenerle un poco de respeto, aunque sea por puro odio.
Lo veo arrancar el motor y alejarse hacia el puerto. No sé por qué, pero mientras veo las luces traseras de su coche perderse en la niebla, tengo la sensación de que estoy mandando a un soldado directamente a un campo de minas.
****************
Mila
Hay algo que nunca te dicen sobre el ruido: es la mejor forma de no escucharte a ti misma. Puedes estar bailando, gritando, incluso riendo sobre una mesa de madera… y por un segundo, crees que eres libre. Crees que el apellido no te pesa.
Pero en el puerto de los Cotswolds, la libertad dura lo que tarda en enfriarse una cerveza.
—¡Mila! ¡Bájate de ahí ahora mismo!
Esa voz. Caleb Thorne acaba de entrar en mi burbuja y la ha hecho estallar de un solo golpe. Me detengo en seco. El viento me azota el pelo y el olor a leña quemada me llena los pulmones, pero es su presencia lo que me asfixia. Lo miro desde arriba. Sus ojos están llenos de esa superioridad moral que me da náuseas. Se cree un caballero andante, el salvador de los Blackwood, pero yo sé la verdad: solo es un mueble más de la colección de mi madre. Un adorno caro.
Me quedo mirándolo un segundo de más. Caleb Thorne.
Es mi rival. Mi némesis. El único ser humano en este planeta capaz de hacerme perder la paciencia antes de que termine de pronunciar mi nombre. Es el mejor amigo de mi hermano, el hijo que mi madre siempre quiso tener y, sobre todo, el amor enfermizo de Sofía.
Sofía no ama a Caleb; está obsesionada con la idea de poseerlo.
Recuerdo nuestra adolescencia como una guerra de tres frentes. Cada vez que Caleb y yo nos enzarzábamos en una riña —ya fuera por un estúpido juego de puntería o por ver quién llegaba primero al lago—, Sofía aparecía como un fantasma de tul y seda para interrumpirnos. Se metía en medio de nuestras competencias, forzando una feminidad delicada que buscaba dejarme a mí como la "salvaje" y a ella como el premio que Caleb debía proteger.
Si Caleb me retaba a una carrera de caballos, Sofía fingía un desmayo o una torcedura de tobillo a mitad del camino para que él tuviera que frenar y atenderla. Si discutíamos en la biblioteca, ella entraba con galletas y esa sonrisa de mártir, recordándole a Caleb que "Mila siempre ha sido una niña difícil" mientras le acariciaba el brazo con una posesividad que me revolvía el estómago.