CAPÍTULO 2: LA ROSA DE CRISTAL
Sofía
El mundo es un caos que solo yo sé ordenar.
La gente cree que ser una Blackwood es un regalo, pero es un oficio de tiempo completo. Estoy de pie sobre el pedestal de madera en el salón principal, rodeada de metros de seda salvaje y encaje de Chantilly. El aire huele a lirios del valle —mi flor, la que elegí porque es tan elegante como venenosa— y a laca para el cabello.
—Un milímetro a la izquierda, Gertrude —le digo a la costurera sin mirarla. Mi voz es un hilo de seda, pero ella se estremece—. El dobladillo está un milímetro más alto en el lado izquierdo. No voy a caminar hacia el altar pareciendo una gitana.
—Lo siento, señorita Sofía... es que la luz de la tarde...
—La luz no es una excusa para la mediocridad —la corto.
Me miro en el espejo de cuerpo entero. Mi rostro es una máscara de porcelana que no admite grietas. Ojos azules, piel de alabastro, el cabello rubio recogido en un moño que parece una escultura. Soy la "Rosa de Inglaterra", el orgullo de mi padre y el triunfo de mi madre. Mi cabello es oro puro: liso, disciplinado, perfecto.
A diferencia del de Mila.
Solo pensar en ella me produce una punzada en las sienes. El cabello de mi hermana es una masa de rizos color cobre, indomable y vulgar, un recordatorio constante de que algo salió mal en la genética de los Blackwood. El cobre es un metal barato que se oxida; el oro es eterno. Pero ella insiste en brillar con esa luz estridente que me da náuseas. Desde que nació, ha sido un ruido en mi silencio. Sus llantos eran más fuertes, sus gritos más agudos. Es imperfecta, está llena de grietas, es impulsiva... y aun así, todos cometen el error de mirarla.
Papá la mira con una frustración que a veces parece curiosidad. Isaac la mira como si fuera algo frágil que debe proteger. Y Caleb... Caleb la mira porque ella es un incendio y él no puede evitar querer ver cómo se quema. Pero él es mío.
A mi derecha, mamá revisa la lista de invitados con una pluma de oro. No sonríe. Los Blackwood no sonreímos por alegría; sonreímos por protocolo.
—Los condes de Wessex han confirmado —dice ella, su voz es un carámbano—. Pero el servicio dice que Mila no ha bajado a probarse el vestido. Otra vez.
—Mila es una mancha, mamá. Siempre lo ha sido —respondo, apretando los puños sobre la seda—. Pero mañana, cuando las cámaras estén en la puerta, ella estará en su sitio. O la haré enterrar en el jardín bajo las hortensias.
En ese momento, la puerta doble se abre. Espero ver la figura imponente de Caleb. Mi Caleb. El hombre que he moldeado durante diez años para que encaje perfectamente en el marco de mi vida. Recuerdo perfectamente cuando tenía catorce años y él quince; ella solo era una niña de doce con las rodillas raspadas, pero ya intentaba llamar su atención trepando árboles como un animal. Aquel verano decidí que él sería mi mayor trofeo. Lo reclamé antes de que él supiera que tenía otra opción, alejándolo de la suciedad de Mila y envolviéndolo en mi mundo de orden.
Pero quien entra no es Caleb. Es Isaac.
Mi hermano mayor camina con esa pesadez de quien lleva el mundo en los hombros. Está solo.
—¿Dónde está? —pregunto inmediatamente. Mi pulso se acelera, una vibración neurótica bajo mi piel—. Isaac, ¿dónde está Caleb? Debería estar aquí para la cata del vino reserva.
Isaac suspira y se sirve un whisky del decantador de cristal. El sonido del hielo me pone los nervios de punta.
—Se fue, Sofía. Le pedí un favor. Lo envié a por Mila. Estaba en el puerto, bebiendo con los pescadores. Caleb es el único que puede lidiar con ella sin terminar a golpes.
El silencio que sigue es absoluto. Siento una ola de frío gélido recorrerme la columna. Rabia. Una rabia blanca y puritana que me quema las entrañas.
Mila. Siempre es Mila robándome el aire, robándome la atención, y ahora... robándome el tiempo de mi prometido en mi propia cena de ensayo. Sé que ella lo hace a propósito. Mila siempre intenta robarme los juguetes; lo hizo con mis muñecas, lo hizo con papá, y ahora intenta ensuciar mi boda con su presencia infame.
—¿Has enviado a mi futuro marido a un nido de ratas a buscar a esa salvaje? —Mi voz ya no es de seda. Es acero—. Ella solo busca ser el centro del caos, Isaac. Y tú le has dado exactamente lo que quería: a Caleb a solas en la oscuridad.
—Sofía, no es para tanto...
—¡Es para tanto! —grito, y la costurera se queda inmóvil en el suelo—. Mañana es mi día. Mi momento de perfección. No quiero que pase ni un segundo más respirando el mismo aire que ella.
Me bajo del pedestal, ignorando los alfileres que se clavan en mi piel. Camino hacia Isaac. Mi rostro es una máscara de absoluta frialdad.
—Llámalo —le ordeno. Mi madre levanta la vista, aprobando mi autoridad—. Ahora mismo. Dile que vuelva. Dile que no me importa si tiene que dejar a Mila en mitad de la carretera para que regrese caminando. Dile que venga ya.
Isaac saca el móvil, resignado.
—Dile que su futura esposa lo está esperando —añado, volviendo al pedestal para recuperar mi postura de estatua—. Y que el tiempo de Mila se ha terminado. Para siempre.
Miro de nuevo el espejo. El encaje de mi vestido es tan fino que parece una telaraña. Una red en la que Caleb Thorne entró voluntariamente hace años y de la que no voy a dejarlo salir, por mucho que el brillo de un cabello color cobre intente distraerlo en la oscuridad de la noche.
**********
Isaac
El teléfono vibró en mi bolsillo con una insistencia que me hizo saltar. Me alejé de Sofía, que seguía midiendo la distancia entre los centros de mesa con una regla, y me refugié en la penumbra del pasillo de los retratos.
—¿Caleb? —contesté, tratando de que mi voz no delatara el agotamiento.
—Isaac. Ven a Redford —la voz de Caleb sonó plana, peligrosa—. Estamos en The Iron Boar. No puedo conducir. Estoy muy borracho.