CAPÍTULO 3: EL PECADO DEL MUERTO
Caleb
Me miro al espejo y me repito la misma mentira hasta que empieza a sonar a verdad: Sofía es lo que quiero. Sofía es el orden, es el apellido, es la mujer que no me hace perder la cabeza. Lo de anoche... lo de anoche fue solo un error de cálculo. Un reto de Mila que se me fue de las manos porque sigo siendo tan competitivo como cuando teníamos doce años.
No recuerdo bien cómo terminamos en ese estado. Hay flashes: música alta, el sabor del whisky barato y la cara de Mila distorsionada por las luces del pub. Nada más. El vacío en mi memoria es una bendición que no pienso cuestionar.
Salgo al pasillo de la planta alta, ajustándome los gemelos de plata. Me siento como un soldado preparándose para su última batalla, pero con mejor ropa.
Entonces la veo.
Mila está saliendo de su habitación, peleándose con la cremallera del vestido rosa pastel que Sofía eligió para ella. El color es espantoso, un rosa chicle que insulta su cabello cobre y su piel pálida. Se ve ridícula, apretada en esa seda que odia, y verla así me da la munición que necesito para enterrar la tensión que siento en el pecho.
Me detengo, me cruzo de brazos y dejo que una sonrisa ladeada, la de siempre, la que usa para ocultar el hambre, aparezca en mi cara.
—Vaya, vaya —suelto, recorriéndola con una mirada de fingido asco—. Mírate. Si te pones un poco de barro en el hocico, juraría que eres la ganadora de la feria agrícola de este año.
Mila se tensa y se gira hacia mí. Sus ojos están rojos, pero la chispa de odio está intacta.
—Cállate, Thorne. No estoy de humor para tus estupideces.
—¿Qué pasa? —la provoco, dando un paso más—. ¿Te aprieta el vestido? Oing, oing, cerdita. Ten cuidado al caminar, no vayas a volcar el pastel de bodas.
Mila se queda helada un segundo, roja de furia. Sin pensarlo, se agacha, se arranca uno de los tacones de aguja color rosa y me lo lanza con una puntería letal a la cabeza. Me agacho justo a tiempo y el zapato golpea con un estruendo seco la puerta de madera tallada detrás de mí.
—¡Te odio! ¡Ojalá te quedes mudo en el altar, asquerosito! —me grita, buscando el otro zapato para rematarme.
—¡Basta ya! —el grito de Isaac resuena en el pasillo.
Aparece entre los dos, vestido con su chaqué de padrino, frotándose las sienes como si le fuera a estallar la cabeza. Nos mira a ambos con una mezcla de cansancio infinito y pura incredulidad.
****
Isaac
Me quedo mirando el zapato rosa tirado en el suelo y luego a los dos adultos que tengo enfrente. Es agotador. Siento que mi vida se resume en ser el muro de contención entre una bomba de relojería y un detonador con trenzas cobrizas.
—¡Basta ya! —mi voz rebota en las paredes del pasillo, logrando que por fin se detengan.
Mila está sofocada, con el pecho subiendo y bajando bajo esa seda rosa que, admitámoslo, es un insulto a su dignidad. Y Caleb... Caleb tiene esa chispa de malicia en los ojos que solo le sale cuando está con ella. Es una dinámica que conozco de memoria: ella provoca, él muerde; él insulta, ella ataca. Juegos de hermanos menores. Juegos que hoy, precisamente hoy, no tienen cabida.
Me pongo en medio de los dos, físicamente, separando sus campos de gravedad.
—¿Es en serio? —los miro alternativamente—. Mila, recógelo. Ahora.
Ella gruñe algo entre dientes, pero se agacha a por el tacón. Aprovecho para agarrar a Caleb por el hombro y girarlo hacia mí, obligándolo a mirarme. Mi mejor amigo, el hombre que mañana será mi hermano legal, parece un extraño con esa sonrisa burlona y el aliento a resaca.
—Caleb, mírame —le digo con voz baja y firme—. Por favor, vuelve a ser tú. El hombre civilizado e increíble que todos conocemos. El hombre que Sofía eligió. No dejes que Mila y sus juegos infantiles te arrastren al caos. Ella vive en el caos, le encanta, pero tú no puedes permitírtelo. No hoy.
Caleb parpadea, y por un segundo, esa máscara de "niño malo" se agrieta. Me mira como si estuviera despertando de un sueño pesado.
—Tienes razón —masulla, ajustándose la chaqueta del chaqué—. Es el cansancio. La falta de sueño.
Me froto las sienes. El aire de la mañana debería ser refrescante, pero en este pasillo se siente como plomo. Observo a Caleb y a Mila y, por un momento, me olvido de que hoy es el día de la boda. Para mí, son solo los dos niños de siempre, los rivales eternos que nunca aprendieron a ignorarse. Se ven como hermanos que se odian, y esa es la única versión de la realidad que mi mente se permite aceptar.
Caleb tiene la corbata de seda desatada, colgando de su cuello con un descuido que me pone nervioso. Mila, con un brillo de malicia pura en los ojos verdes, aprovecha un descuido suyo y, con un movimiento rápido, se la arranca.
—¡Mila! —ruge Caleb, intentando atraparla—. Ya basta, devuélvemela. No tengo tiempo para tus estupideces.
—¿La quieres, asquerosito? —Mila retrocede, agitando la seda en el aire como si fuera un trofeo—. ¡Pues ven a por ella!
Mila echa a correr por el pasillo, sus tacones rosas resonando contra el mármol, y Caleb, olvidando por completo sus modales y su resaca, sale disparado tras ella. Se persiguen rodeando una estatua de mármol del siglo XVIII como si estuvieran en el patio del colegio.
—Dios, me duele la cabeza —murmuro, apoyándome en la pared. ¿Es que nunca se cansan? ¿Es que la madurez es un concepto que no aplica a estos dos?
La persecución termina de golpe cuando una figura emerge de la biblioteca.
Beatriz Blackwood. Mi madre.
Se queda inmóvil, convertida en una columna de hielo y reproche. Su sola presencia hace que la temperatura del pasillo baje diez grados. Mila se detiene en seco, jadeando, y Caleb frena justo a tiempo para no chocar contra ella.
Sin decir una palabra, mi madre camina hacia Mila. Con un gesto rápido y seco, le arranca la corbata de las manos. Sus ojos recorren a mi hermana con un asco que me revuelve el estómago.