Infame

4.

CAPÍTULO 4

Sofía

La llegada a la mansión es un despliegue de poder. Los jardines de los Blackwood han sido transformados en un escenario de cristal y seda blanca. Mientras el Rolls-Royce se detiene frente a la escalinata principal, veo a los invitados —la crema y nata del condado— ponerse en pie.

Caleb baja del coche primero y me ofrece la mano. Su gesto es fluido, natural, el de un hombre nacido para este papel. Me ayuda a descender con una atención tan dedicada que escucho los susurros de las damas locales. "Qué caballero", dicen. "Míralo, es un Blackwood de pura cepa ahora".

—¿Preparada para el espectáculo, mi lady? —me susurra al oído. Su tono es suave, juguetón, dándome exactamente la dosis de afecto que mi ego requiere.

—Dales lo que vinieron a ver, Caleb —le respondo con una sonrisa perfecta.

Entramos al salón de baile para el brindis de honor. Mi padre se levanta en la mesa presidencial, levantando su copa de cristal tallado. El silencio que cae sobre la sala es absoluto; es el silencio que se le otorga a un rey.

—Brindemos —anuncia mi padre, con su voz resonando con orgullo— por la nueva era de nuestra familia. Por mi hija, Sofía, y por el hombre que ha demostrado que el honor y el apellido Blackwood valen más que cualquier herencia pasada. ¡Por el señor y la señora Blackwood!

—¡Por los Blackwood! —ruge el salón.

Miro a mi lado. Caleb alza su copa, sonriendo a mi padre con una lealtad que parece inquebrantable. Bebe el champán de un solo trago, un gesto que para los demás es de celebración, pero que yo noto un poco más apresurado de lo normal.

Busco a Mila con la mirada. Está sentada en la mesa de los testigos, junto a Isaac. Se ve fuera de lugar, como una flor marchita en un jarrón de porcelana. Isaac le está susurrando algo, probablemente regañándola por su postura, pero ella tiene los ojos clavados en su copa de cristal. No ha brindado. No ha aplaudido. Es una nota discordante en mi sinfonía, pero Caleb ni siquiera se ha molestado en buscarla con la vista. Está demasiado ocupado siendo el centro de mi mundo.

—Es hora del baile, Caleb —le digo, poniéndome en pie.

Él deja la copa vacía en la mesa y me ofrece el brazo. Nos dirigimos al centro de la pista bajo la luz de las arañas de cristal. La música empieza a sonar: un vals clásico, elegante, disciplinado.

Caleb me toma de la cintura y empezamos a girar. Es un bailarín excelente; guía con la fuerza justa, manteniéndome cerca pero respetando la distancia que dicta el protocolo. Me siento en las nubes. En este pueblo, donde cada apellido cuenta una historia de siglos, nosotros acabamos de escribir el capítulo más glorioso.

—Todo el mundo nos mira —murmuro contra su hombro.

—Que miren —responde él, mirándome a los ojos con una fijeza que me hace sentir que realmente me ha elegido—. No tienen nada mejor que hacer que admirar lo que nunca podrán tener.

La pieza termina y, según el protocolo, ahora el novio debe bailar con la dama de honor. El ambiente cambia. Es el momento en que la familia se une simbólicamente.

Veo a Mila levantarse. Camina hacia nosotros como si fuera al patíbulo. Caleb se separa de mí y, con una cortesía gélida, le ofrece la mano a mi hermana.

—Dama de honor —dice él, con una voz que no revela absolutamente nada.

Mila pone su mano en la suya y por un segundo, solo un segundo, el tiempo parece detenerse. Yo me retiro hacia el lado de Isaac, que me recibe con una sonrisa de alivio.

—Estás radiante, Sofía —me dice mi hermano—. Caleb se ha portado como un hombre increíble hoy. Ha madurado, finalmente.

—Lo ha hecho, Isaac —respondo, sin quitarle el ojo a la pareja en la pista—. Ha entendido que el orden es mucho más satisfactorio que el caos.

****

Mila

El rosa de mi vestido me quema la piel.

Estoy sentada a la derecha de Isaac en la mesa presidencial, rodeada de cubiertos de plata que brillan con una alegría ofensiva. El salón de la mansión está lleno de gente del pueblo que susurra sobre lo "afortunado" que es Caleb por haber entrado en nuestra familia. Yo solo puedo mirar el cristal de mi copa y preguntarme en qué momento el mundo se volvió tan silencioso y tan frío.

—Brindemos —la voz de mi padre truena, llenando cada rincón del salón— por la nueva era de nuestra familia. Por mi hija, Sofía, y por el hombre que ha demostrado que el honor y el apellido Blackwood valen más que cualquier herencia pasada. ¡Por el señor y la señora Blackwood!

El nombre me golpea como una bofetada física. Señor Blackwood.

Levanto la vista y veo a Caleb. Se ha tragado su apellido, su historia y su orgullo con la misma facilidad con la que se traga el champán. Sonríe a mi padre, asiente a los invitados y luego mira a Sofía como si ella fuera el sol y él un planeta agradecido de no morir congelado. Su actuación es tan perfecta que me da náuseas. ¿Dónde está el hombre que ayer vomitaba en una cuneta? ¿Dónde está el hombre que me miró con terror en el retrovisor?

Enterrado. Lo ha enterrado todo bajo el peso del apellido de mi hermana.

—Mila, brinda —me susurra Isaac al oído, dándome un codazo suave—. Mamá te está mirando.

Levanto la copa, pero no bebo. No puedo. Siento que si el alcohol toca mi lengua, voy a empezar a gritar y no voy a parar hasta que los cristales de las arañas estallen.

—Es hora del baile de honor —anuncia el maestro de ceremonias.

Observo a Sofía y a Caleb deslizarse hacia el centro de la pista. Ella brilla, envuelta en su encaje de miles de libras, moviéndose con la suficiencia de quien sabe que es la dueña del tablero. Él la guía con una elegancia mecánica. Se ven impecables. Se ven... correctos. Son la imagen que este pueblo pondrá en el periódico local para decir que los Blackwood siguen siendo los reyes de la colina.

—Te toca —dice Isaac, levantándose y ofreciéndome la mano para ayudarme a salir de la silla—. Recuerda, Mila: sonríe. Solo son diez minutos.




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