Infame

5.

Capitulo 5:

Isaac

Me pongo en pie y el ligero tintineo de mi cuchara contra el cristal corta el murmullo del salón. Siento el peso de las miradas, pero no me importa. Hoy no soy el heredero de los Blackwood; hoy soy simplemente un hombre que ve cómo las dos personas que más quiere en el mundo se aseguran un futuro de paz.

Miro a Caleb y luego a Sofía. Mi sonrisa es amplia, honesta. Realmente creo en lo que voy a decir.

—Señoras y señores —comienzo, y mi voz proyecta esa calidez que mi padre dice que es mi mejor arma—. Se supone que un padrino debe contar historias vergonzosas del novio, pero con Caleb... bueno, con Caleb siempre ha sido diferente.

Escucho unas risas leves. Caleb me mira, y por un momento, veo en sus ojos ese brillo del niño que solía seguirme a todas partes.

—Caleb ha sido mi sombra desde que teníamos cinco años. El hermano que el destino olvidó darme por sangre, pero que la vida me entregó por elección. Siempre fuiste increíble, Caleb. Audaz, leal y, sobre todo, civilizado a pesar de mis mejores intentos por arrastrarte a mis travesuras. Verte hoy adoptar nuestro apellido no es un trámite legal para mí; es la confirmación de lo que siempre fuiste: un Blackwood de corazón.

Hago una pausa y me giro hacia mis hermanas. Sofía me mira radiante, pero mis ojos se detienen un segundo más en Mila. Ella está rígida, con la mirada clavada en la mesa. Siento una punzada de ternura por ella. Pobre Mila. Siempre tan difícil, siempre tan fuera de lugar.

—Como hermano mayor, mi tarea siempre ha sido cuidar de ellas —continúo, y mi voz se vuelve más suave, más íntima—. Y Dios sabe que ha sido una tarea difícil. Especialmente con la segunda.

Algunos invitados ríen, conociendo la reputación rebelde de Mila. Yo le lanzo una mirada cargada de afecto fraternal, totalmente ajeno a la tormenta que ella oculta.

—Mila siempre ha sido nuestro pequeño torbellino. Ha puesto a prueba mi paciencia y la de Caleb más veces de las que puedo contar. Pero Caleb... tú siempre estuviste ahí para ayudarme a lidiar con ella. Siempre la cuidaste a tu manera, aguantando sus desplantes y sus rabietas de niña pequeña con una paciencia que yo, a veces, no tenía. Por eso me voy a dormir tranquilo esta noche. Porque sé que Sofía tiene al hombre más increíble a su lado, y porque sé que Mila... —hago un gesto hacia ella— seguirá teniendo a su "hermano mayor" cerca para seguir guiándola por el buen camino, ahora que Caleb es oficialmente parte de nosotros.

Veo a Caleb cerrar los ojos un segundo y apretar la copa. "Está emocionado", pienso con orgullo. "Le ha llegado al alma".

—Brindo por la perfección que hoy hemos sellado. Por que el caos de la infancia se quede atrás y solo quede este orden maravilloso que habéis construido. Sofía, Caleb... gracias por hacerme el hombre más orgulloso de este pueblo hoy.

Levanto mi copa, sintiendo una oleada de felicidad pura. Realmente creo que he hecho un buen trabajo. He unido a mi mejor amigo con mi hermana mayor y he mantenido a mi hermana pequeña bajo el ala protectora de ambos. ¿Qué podría salir mal?

—¡Por el señor y la señora Blackwood! —exclamo.

—¡Por los Blackwood! —ruge el salón.

Me siento y le pongo una mano en el hombro a Mila, apretándole con cariño.

—¿Ves, pequeña? —le susurro al oído, sin notar que ella está temblando—. Todo ha salido bien. Caleb ya no se irá nunca. Somos una familia de verdad ahora.

Mila no responde. Solo asiente con la cabeza baja, mientras Caleb, al otro lado de la mesa, bebe su champán como si fuera el único aire que le queda en los pulmones. No entiendo por qué están tan tensos; supongo que la perfección cansa a cualquiera. Pero yo, Isaac, nunca me he sentido tan aliviado. Por fin, todos están a salvo.

******

Mila

El sonido de los cuchillos chocando contra el cristal y los vítores de "¡Que vivan los novios!" me taladran los oídos. Es el momento del pastel. Una torre blanca, perfecta y pretenciosa, tan falsa como todo lo que nos rodea.

Veo a Sofía ponerse en pie, guiando la mano de Caleb hacia el cuchillo de plata. Se mueven como uno solo. Él la envuelve con su cuerpo, y cuando el primer trozo se desprende, ella se gira y lo besa. Es un beso de victoria. Un beso que sella mi condena. Caleb la sostiene de la nuca con una delicadeza que me desgarra las entrañas, y por un segundo, cierra los ojos como si realmente estuviera disfrutando de la paz que ella le ofrece.

No puedo más. El aire se me termina. El rosa de la seda me está asfixiando, apretándome los pulmones hasta que siento que voy a desmayarme.

Me levanto sin mirar a Isaac, ignorando su mano que intenta retenerme. Cruzo el salón como una exhalación, una mancha rosa que nadie se atreve a detener. Salgo a la noche inglesa, al aire gélido que huele a tierra húmeda y a libertad. No voy a las cocheras. Voy a las caballerizas.

Ensillo a Nyx con manos temblorosas. No necesito silla, solo el contacto del animal y la velocidad. Salgo al galope, dejando atrás las luces de la mansión, los brindis de Isaac y la risa perfecta de mi hermana. El viento me azota la cara, arrancándome las horquillas del pelo, deshaciendo el peinado de "niña buena" que me impusieron.

Cabalgo hasta el Lago del Olvido.

Al llegar, el agua está tan quieta que parece un espejo de obsidiana bajo la luna. Me bajo del caballo jadeando y, por un momento, la realidad se dobla.

Veo los destellos de un sol de agosto de hace cinco años. El agua no está negra, es azul brillante. Isaac está sentado en la orilla, leyendo un libro de leyes y gritándonos que dejemos de salpicarlo. Sofía está bajo la sombrilla, con un vestido blanco impecable, mirando a Caleb con esa fijeza depredadora, controlando cada uno de sus movimientos, recordándole que él es el proyecto que ella va a terminar.

Y luego estamos nosotros. Caleb y yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.