Capitulo 6.
Caleb
Me despierto con el peso del brazo de Sofía sobre mi pecho. El silencio de la suite nupcial es opresivo, roto solo por el tictac rítmico de un reloj de pared que parece contar los segundos de mi nueva condena. Anoche cumplí con mi parte del contrato. Fui el marido atento, el amante que Sofía esperaba, el hombre que ella compró con un apellido y una firma.
Pero mientras la miraba dormir bajo la luz de la luna, solo podía pensar en la cara de Mila en la pista de baile. Incestuosa. La palabra seguía rebotando en mi cráneo como una bala perdida.
Bajamos a desayunar al salón privado del hotel. Sofía está radiante, impecable incluso en un salto de cama de seda. Yo, en cambio, siento que el café me quema el estómago.
—¿Lista para ir a casa a recoger nuestras cosas para la luna de miel? —le pregunto, tratando de que mi voz suene a la de un hombre ilusionado.
Sofía deja su taza con una elegancia que me pone nervioso. Me mira con una posesividad tranquila.
—Lista para la vida entera contigo, Caleb —responde ella.
El trayecto de regreso a la mansión Blackwood es un monólogo de Sofía sobre villas en la Toscana y viñedos en Francia. Yo solo asiento, con las manos apretadas al volante del Rolls-Royce. Pero al cruzar la verja de la propiedad, noto que algo no va bien.
No hay personal esperando para recibirnos. Las puertas principales están abiertas de par en par, y al entrar al gran salón, el aire está cargado de una electricidad violenta.
Oliver Blackwood, el hombre que siempre ha sido un hierro, está fuera de sí. Camina de un lado a otro, con la cara roja y los puños cerrados, enfrentándose a Beatrice. Oliver siempre ha tenido una debilidad inexplicable por Mila; es su favorita en esta casa de hielo, quizás porque es la única que aún tiene sangre caliente en las venas.
—¡Te dije que dejaras de presionarla, Beatrice! —brama Oliver. Es la primera vez que lo oigo gritar—. ¡Siempre es lo mismo contigo! ¡La asfixias hasta que no puede más!
—Esa niña es la ruina de esta casa porque tú se lo permites —responde Beatrice, sentada con una rigidez aristocrática, sosteniendo su copa de jerez—. Tu favoritismo la ha convertido en una salvaje, Oliver. Es una vergüenza para el apellido.
—¡Ya basta, por favor! —interviene Isaac, apoyado contra la chimenea, con la cabeza entre las manos—. Solo quiero que aparezca sana y salva.
Sofía se detiene en seco al ver el desorden.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta ella, con un tono de fastidio.
Isaac levanta la vista. Se ve destruido.
—Mila desapareció —dice con voz hueca—. No la encontramos desde anoche. No regresó después del banquete y su caballo, Nyx, ha vuelto solo a las caballerizas hace una hora.
Siento como si me hubieran golpeado con un mazo en el esternón. Mila. Sola. En la oscuridad. Después de lo que le dije al oído. Después de humillarla con mi nueva identidad.
—¿Por qué demonios no me llamaste? —le espeto a Isaac. Mi voz sale demasiado alta, cargada de un pánico que no debería sentir un cuñado recién casado.
Isaac me mira con una tristeza infinita.
—Era tu noche de bodas, viejo... —masulla él—. No iba a arruinarla por uno de sus berrinches. Pensamos que se habría quedado a dormir en casa de alguna amiga, pero nadie la ha visto.
Me quedo inmóvil. Sofía me pone una mano en el brazo, un gesto de consuelo que me quema como si fuera ácido.
—Caleb, tranquilo —me dice ella—. Sabes cómo es Mila. Solo quiere llamar la atención. No dejes que esto arruine nuestro viaje.
La miro y, por un segundo, el asco que siento es casi insoportable. Ella solo piensa en su luna de miel. Me suelto de su agarre con una brusquedad que la deja descolocada.
—¿Arruinar el viaje? —repito—. Tu hermana no aparece y su caballo ha vuelto vacío, Sofía.
No espero respuesta. Me doy la vuelta y salgo del salón hacia el vestíbulo. Ignoro los gritos de Sofía a mis espaldas y la mirada confundida de Isaac. Corro hacia las caballerizas, sintiendo el aire frío de la mañana golpearme los pulmones.
Sé exactamente a dónde iría Mila si quisiera desaparecer del mundo. Sé a dónde íbamos cuando éramos niños y el mundo aún no nos había obligado a odiarnos. Si el frío de la noche ha hecho lo que yo no me atreví a hacer... no me lo perdonaré jamás.
Monto al primer caballo que encuentro y salgo al galope hacia el Lago del Olvido. Mientras cabalgo, solo puedo pensar en sus últimas palabras. Incestuosa. Si le ha pasado algo, ese será mi último recuerdo de ella. Y yo habré sido quien la empujó al agua.
(...)
Llego al Lago del Olvido al galope, con el corazón martilleando contra mis costillas con tanta fuerza que me duele el pecho. El aire aquí es más frío, cargado de la humedad del agua estancada y de recuerdos que preferiría tener enterrados bajo un metro de tierra.
Me bajo del caballo antes de que se detenga por completo, tropezando con mis propias botas en el barro. Busco con la mirada, desesperado, esperando verla viva. Pero entonces, mis ojos se clavan en la orilla.
Allí, medio sumergido en el agua y el lodo, está el vestido rosa. La seda que ayer la asfixiaba parece ahora una piel muerta, abandonada con violencia, con la cremallera reventada.
—¡Mila! —grito, y mi voz se quiebra, perdiéndose en la inmensidad del lago.
No hay respuesta. El silencio es absoluto. El pánico, ese animal negro que he intentado domar toda mi vida, me muerde las entrañas. No lo pienso. No me quito la chaqueta del traje, ni las botas, ni el reloj que Sofía me regaló ayer. Me lanzo al agua con un rugido de terror puro, chapoteando con desesperación hacia el centro, convencido de que voy a encontrar su cuerpo hundiéndose en el frío abismo del lago.
Nado con una furia ciega, tragando agua helada, con los pulmones ardiendo.
—¡Mila, por favor! —balbuceo mientras emerjo, buscando su cabello cobre entre las ondas del agua.