Infame

7.

Capitulo 7:

Caleb

Me quedo junto a la chimenea, con los nudillos blancos de tanto apretar el vaso de cristal. Siento que el lodo del lago todavía me pesa en los hombros, o quizás es el peso de la mirada de Isaac. Me estudia con una intensidad que me revuelve el estómago. Él me conoce; sabe leer mis silencios mejor que nadie, y ahora mismo mi silencio está gritando el nombre de su hermana.

—He hablado con mi padre —dice Isaac, rompiendo el aire espeso del despacho—. Voy a suspender mi viaje a Londres. Me quedaré aquí un par de semanas, hasta que las aguas se calmen un poco.

Levanto la vista, con el corazón dándome un vuelco. ¿Se queda? ¿Sospecha algo? ¿Vio cómo la miraba en el muelle?

—¿Londres puede esperar? —pregunto, y mi voz suena extraña, como si no me perteneciera.

—Mila no puede —responde él, sirviéndose un trago con una calma exasperante—. Sé por qué está así, Caleb. Sé que todo este espectáculo del lago no es más que su forma de procesar la boda.

Me tenso tanto que el cristal del vaso cruje. Dejo el whisky sobre la mesa con un golpe seco, temiendo que, si sigo sosteniéndolo, terminaré rompiéndolo. Él lo sabe, pienso con pánico. Sabe que Mila y yo somos un incendio esperando una chispa.

—¿La boda? —logro articular.

—Claro. Siente que ha perdido a su cómplice de travesuras —Isaac se acerca y me pone una mano en el hombro. Su toque, cargado de afecto y lealtad, me quema como un hierro candente—. Tienes que entender su luto, viejo.

¿Luto? La palabra me golpea. Isaac sigue hablando, construyendo una versión de la realidad que me permite respirar, pero que me condena al mismo tiempo.

—Durante años, ustedes dos fueron un frente unido contra las reglas de mi madre. Tú eras el único que le seguía el ritmo, el único que la retaba y la entendía. Ahora que te has casado con Sofía, ella siente que te has pasado al bando de los adultos, al bando de los "perfectos".

Suelto un aire que no sabía que estaba reteniendo. Isaac no sospecha de mi deseo; sospecha de mi nostalgia. Cree que lo que hay entre Mila y yo es una amistad de infancia rota por un contrato matrimonial. Es tan ciego como todos los Blackwood, benditamente ciego.

—Ella ya no es una niña, Isaac —le digo, intentando marcar una distancia que no existe en mi cabeza.

—Lo sé. Pero para ella, tú eras su constante. Debes entender que para Mila, hoy no solo ha ganado un cuñado; ha perdido a su mejor amigo.

Isaac me da un apretón firme en el hombro, creyendo que sus palabras me dan consuelo. No sabe que son puñales. No sabe que cada vez que me llama "mejor amigo" de Mila, está ignorando al hombre que quería arrancarle el vestido rosa en ese muelle.

—Ya no eres el Caleb Thorne que la retaba a saltar muros —continúa—. Eres un Blackwood que tiene la obligación de cuidarla. Vete tranquilo a Italia con Sofía mañana. Yo me encargaré de que no vuelva a cometer ninguna locura. Necesita tiempo para aceptar que ahora eres parte de la estructura que ella tanto odia. Ve y disfruta de tu esposa. Te lo has ganado.

Asiento mecánicamente. Siento la boca seca, amarga.

—Sí —respondo, y mi voz suena a cristal roto contra el suelo—. El luto. Tienes razón, Isaac. Todo ha cambiado.

Salgo del despacho con el pulso errático. Isaac cree que me ha quitado un peso de encima, pero lo que ha hecho es validar mi vínculo con ella. Me ha dicho que es "mi favorita", que soy su "constante".

Subo las escaleras hacia la suite donde me espera Sofía, pero mis pies se detienen un segundo frente a la habitación de Mila. Isaac quiere que entienda su luto, pero lo que no entiende es que yo también estoy de luto. Estoy enterrando al hombre que solía ser, mientras el fantasma de Mila sigue arañando la puerta de mi conciencia.

He pasado de ser el chico que la retaba a ser el hombre que tiene que vigilarla. Y no sé qué papel es más peligroso para los dos.

**********************

Mila

El agua de la bañera está demasiado caliente, casi hirviendo, pero no me atrevo a quejarme. Sofía me ha llevado hasta aquí como si fuera una muñeca de trapo, y ahora se mueve por el cuarto de baño con una eficiencia silenciosa que me pone los pelos de punta.

Fuera, en el dormitorio, escucho el eco de los pasos de mi madre. Beatrice camina de un lado a otro, su presencia es una sombra que se filtra por debajo de la puerta. Ella no entra. Ella no toca el barro. Ella solo espera que el "problema" se limpie para poder seguir ignorándolo.

Sofía se arrodilla junto a la bañera de mármol. Se ha recogido las mangas de su impecable blusa beige y ha empezado a frotar mi espalda con una esponja. Sus movimientos son lentos, metódicos, casi cariñosos si no fuera por la presión excesiva que ejerce.

—Mírate, Mila —susurra Sofía, y su voz rebota en los azulejos con una dulzura venenosa—. Estás hecha un desastre. Siempre obligándonos a recoger tus pedazos. Siempre forzándonos a mirar hacia donde tú quieres.

No respondo. Me limito a mirar el agua, que empieza a teñirse de un marrón turbio por el lodo del lago.

—¿Sabes qué es lo que más me duele? —continúa ella, sumergiendo la esponja de nuevo y presionándola contra mi nuca con fuerza—. Que no te basta con tener a papá comiendo de tu mano. No te basta con ser su debilidad, con haberle robado el afecto que me correspondía a mí por ser la primogénita. Ahora también quieres a Caleb.

Me quedo helada. El vapor del baño parece volverse sólido en mis pulmones.

—Sé que quieres quitármelo, Mila —sisea ella cerca de mi oído, y su aliento es frío a pesar del vapor—. Lo intentas con Caleb igual que lo hiciste con papá. Como si el mundo fuera un buffet y tú pudieras servirte lo que es mío solo porque eres "especial". Porque eres la pequeña y sensible Mila.

—No quiero quitarte nada, Sofía —logro decir, aunque mi voz tiembla.

—Mientes —dice ella con una calma aterradora—. Lo deseas porque es el único hombre que ha sabido decirte que no. O al menos eso crees tú. Pero mírame bien, hermanita. Caleb no es papá. Él no siente lástima por tus berrinches. Él siente asco.




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