CAPÍTULO 9: LA JAULA DE SEDA
Caleb
El sol de la Toscana se filtra a través de los olivos, bañando la terraza de la villa en un tono dorado que parece sacado de una pintura renacentista. Dejo el periódico sobre la mesa de hierro forjado y tomo un sorbo de un café que cuesta más de lo que mi padre ganaba en un mes.
He aprendido a amar este silencio. He aprendido que la seguridad tiene un sabor dulce y que la paz se puede comprar si la firma es la adecuada.
Siento unas manos suaves sobre mis hombros. Sofía se inclina, dejando que su aroma a jazmín me envuelva. Lleva un vestido de lino blanco que resalta su piel perfectamente bronceada. Ya no hay rastro de la mujer tensa de la noche de bodas; aquí, lejos de la sombra de Mila, Sofía es una reina y yo soy su consorte de oro.
—Estás pensativo, Sr. Blackwood —me susurra, besando el lóbulo de mi oreja—. ¿Extrañas el caos de casa?
—Ni un poco —respondo, y me sorprende darme cuenta de que es verdad. O al menos, es la verdad que me obligo a creer cada mañana.
Sofía se sienta en mi regazo, rodeando mi cuello con una confianza que solo da la propiedad absoluta. Durante estos meses, ella ha sido implacable. Me ha enseñado a moverme en las altas esferas, a negociar con hombres que antes ni me habrían mirado a los ojos, y por la noche... por la noche se ha encargado de que no tenga energía para pensar en nada más que en ella.
Ella sabe usar su cuerpo. No es el deseo salvaje y destructivo que sentía en el lago; es algo sofisticado, técnico, un placer tan perfecto que me hace olvidar quién era yo antes de ponerle este anillo en el dedo. Ayer, en nuestra cama con sábanas de hilo egipcio, Sofía me hizo sentir que el mundo entero estaba a mis pies, que yo era el hombre más poderoso del continente simplemente por estar con ella. Y el sexo... el sexo con ella es una coreografía de lujo y control que me ha vuelto adicto a la estabilidad que me ofrece.
—Papá ha llamado —dice ella, recorriendo con un dedo la línea de mi mandíbula—. Dice que la oficina de Praga ya está lista. El traslado es definitivo, Caleb. Nos vamos la semana que viene.
Praga. Una ciudad nueva. Un comienzo lejos del lago, lejos de los recuerdos, lejos de los ojos verdes que solían perseguirme en mis pesadillas.
—Es una oportunidad increíble —digo, pasando mi mano por su cintura, disfrutando de la sensación de posesión—. Seré el director legal. Un Blackwood con todas las letras.
—Exacto —ella sonríe, y hay un brillo de triunfo en sus ojos—. Has aprendido rápido, mi amor. Mira lo bien que te sienta la seguridad. Mira lo bien que te sienta ser mío.
Me besa con una intensidad que me corta el aliento, un beso que sabe a victoria y a futuro. Por un momento, me permito creer que Mila solo fue un error de juventud, una fiebre que el sol de Italia ha logrado curar. Me dejo llevar por el lujo de su piel y la promesa de una vida donde no hay barro, ni vestidos rosas, ni secretos.
Soy un Blackwood. Tengo una esposa perfecta, un trabajo prestigioso y una vida que cualquier hombre mataría por tener. He dejado de ser el chico que saltaba muros para convertirme en el hombre que los construye.
—Prepara las maletas, Sofía —le digo, sintiéndome finalmente en control—. Praga nos espera. Y esta vez, nada va a arruinarlo.
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Mila
Sesenta días pofesando el arte de morir en silencio
Ocho semanas. Dos meses exactos desde que el Rolls-Royce negro se llevó a Caleb Thorne y a mi hermana hacia la Toscana. Con ellos se fue el ruido; conmigo se quedó un silencio mineral y el sabor metálico de la bilis. Todos en esta casa creen que he madurado. Ven mis manos quietas sobre mi regazo y piensan: «Por fin, la oveja negra ha encontrado el redil».
No saben que no he madurado. Solo se me olvidó cómo respirar sin que el aire me rasgara los pulmones. El desamor no es una herida que sangra; es un parásito que te vacía por dentro. Caleb se llevó mi corazón en su maleta de cuero italiano, y lo que quedó aquí fue un motor averiado que solo funciona por inercia.
Al principio, intenté quemar el dolor para no sentir el frío.
Semanas 1 y 2: El Incendio
El Rolls-Royce se llevó el oxígeno de esta casa y me dejó un aire viciado que me quema los pulmones. Al principio, pensé que si bebía lo suficiente, el fuego del whisky neutralizaría el frío que Caleb dejó en mis venas.
Me convertí en un animal nocturno. Me bebí hasta el último rastro de whisky de la bodega de mi padre y, cuando el alcohol de la casa ya no lograba anestesiarme, bajé al pueblo. Busqué los lugares más sucios, la música más alta, esa que hace vibrar las costillas hasta que el pensamiento se detiene. Me dejé besar por desconocidos cuyos nombres olvidé antes de que el sudor se secara, buscando desesperadamente el tacto de Caleb en manos que me daban asco. El sexo era solo ruido, una forma de ensordecer el grito de ¿Por qué a ella? Que llevaba clavado en la garganta.
Semana 3: La Adrenalina
El alcohol ya no me duerme; ahora solo me pone alerta. Necesito que el cuerpo me duela para que el alma descanse.
Son las tres de la mañana en el Peñasco del Cuervo, un acantilado olvidado en los Cotswolds. El viento me golpea con fuerza, arrancándome lágrimas y arrastrando mis gritos hacia el valle. Debajo, el río serpentea entre las piedras, oscuro y helado, como si me llamara. Aquí no soy la sombra de Sofía. Aquí soy solo gravedad y miedo.
Me acerco al borde. Mis pies descalzos buscan apoyo sobre la roca húmeda. El precipicio parece mirarme, tentándome a ceder. Siento un vértigo que me corta la respiración, un miedo que me estremece desde los huesos hasta el alma.
Salto.
El aire me quita la voz y me arranca el poco control que me queda. Los segundos parecen eternos, y en cada instante siento que estoy dejando atrás no solo mi cuerpo, sino la parte de mí que aún quiere sobrevivir. El río me recibe con un abrazo gélido que quema. Salgo a la superficie temblando, los oídos zumbando, la mente vacía.
Esa misma noche, en un estudio de mala muerte, dejo que la aguja me desgarre la muñeca. La pequeña daga roja aparece en mi piel. Es mi recordatorio: puedo cortarme mucho más profundo de lo que él jamás se atrevió. Puedo romperme y seguir respirando, aunque cada respiro sea dolor puro.