Capitulo 10
Caleb
La veo salir. Su espalda está recta, su paso es firme, pero el aire que deja tras de sí está cargado de una tensión que me hace querer desgarrar mi corbata de seda. Sofía me pone una mano en el brazo, retomando su monólogo sobre Praga, pero yo ya no estoy en la Toscana. Estoy aquí, en esta casa de cristal donde cada suspiro de Mila suena como un trueno.
—Bueno, basta de protocolos —la voz de Isaac corta la atmósfera como un hacha—. Caleb lleva dos meses comiendo pasta fina y hablando con marqueses. Es hora de que vuelva a ser un hombre. Caleb, vamos al pueblo. Los chicos están en el Red Lion y han preguntado por el nuevo "Señor Blackwood".
Sofía deja su copa sobre la mesa. El sonido del cristal contra la madera es un latigazo.
—Isaac, por favor —dice con esa suavidad autoritaria—. Acabamos de llegar. Caleb está cansado y mañana tenemos que empezar a organizar el traslado a Praga.
—Praga puede esperar seis horas, Sofía —insiste Isaac, mirándola fijamente—. Deberías venir tú también. Deberíamos pasar tiempo juntos antes de que se vayan.
Sofía arruga la nariz con un desprecio aristocrático que no se molesta en ocultar.
—Odio los bares, Isaac. Odio las fiestas del pueblo. Es vulgar y ruidoso. Me quedaré aquí ayudando a mamá con la lista de invitados para la despedida.
Miro a mi esposa. Veo el cálculo en sus ojos, la manipulación silenciosa que me dice que "un Blackwood no frecuenta tabernas". Pero necesito salir de esta jaula de seda. Necesito el ruido que ella odia porque es lo único que puede acallar el silencio de Mila.
—Entonces quédate, Sofía —digo, apartando su mano de mi brazo con una firmeza que la deja descolocada—. Iré con Isaac.
Ignoro su mirada de indignación herida. Me pongo en pie, ajustándome la chaqueta. Por un segundo, antes de salir, miro hacia la puerta por la que desapareció Mila. No sé si voy al pueblo para celebrar mi regreso o para huir de la verdad que me espera en el piso de arriba.
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Mila
El restaurante The Gilded Oak es el santuario de la hipocresía local. Todo aquí es terciopelo azul, luz de velas tenue y el sonido amortiguado de los cubiertos de plata contra la porcelana. Es el lugar donde las damas Blackwood vienen a ser vistas, a ser admiradas y a morir de aburrimiento.
Me aliso la seda rosa sobre los muslos. El tacto es frío, igual que yo.
—No voy a beber —me repito en un susurro, como un mantra—. No voy a beber. Soy una oveja regenerada. Soy una dama Blackwood.
Miro mi reflejo en el cristal de la ventana. Mis rizos cobre caen en una cascada ordenada sobre mis hombros; el maquillaje oculta las ojeras del abismo. Parezco una candidata perfecta para un matrimonio de conveniencia. Una mujer lista para ser vendida al mejor postor, alguien que pueda hacerme olvidar el nombre de Caleb Thorne a base de joyas y silencios. Necesito un marido. Necesito un escudo. Necesito que Caleb sea solo el hombre que se sienta a la mesa de mi hermana.
—Solo agua, por favor —le digo al camarero con una sonrisa que no llega a mis ojos.
Me siento sola, erguida, sintiendo que cada célula de mi cuerpo protesta. Las náuseas de la cena han remitido, dejándome solo un vacío extraño en el estómago, una pesadez que me recuerda que ver a Caleb ha sido como inyectarse veneno después de dos meses de desintoxicación.
Olvídalo, Mila. Él ya es de ella. Él ya es un Blackwood.
Estoy absorta en el movimiento de las burbujas en mi vaso de agua cuando una sombra se proyecta sobre mi mantel. No es el camarero. Es una presencia pesada, alguien que no pide permiso para invadir el espacio.
Un hombre se sienta frente a mí con una parsimonia insultante. Viste un traje oscuro, de un corte que no pertenece a este pueblo, y tiene unos ojos que parecen haber visto demasiados incendios.
—Señorita Blackwood —el hombre tiene una sonrisa blanca, demasiado perfecta, y un reloj de oro que brilla bajo la luz de las velas. Se ha sentado sin permiso, emanando un perfume caro que intenta ocultar una arrogancia barata—. He oído que finalmente ha regresado a la civilización. Me llamo Erik.
Lo miro, intentando forzar en mi mente la idea de que este podría ser el principio de mi salvación. Un hombre con apellido, con dinero, alguien que me saque de la mansión y me haga olvidar el color Hazel de otros ojos.
—Mucho gusto, Erik —respondo, bajando la vista hacia mi vaso de agua con una timidez fingida—. Sí, he decidido que ya es hora de sentar cabeza. Buscar... estabilidad.
—¿Estabilidad? —Erik suelta una risa corta, inclinándose hacia adelante. Su mirada baja por mi escote con una falta de respeto que me hace tensar los hombros—. Vamos, Mila. No hace falta que uses máscaras conmigo. Se ha corrido la voz por todo el condado de que usted es la Blackwood libertina. La que salta de acantilados y se pierde en las noches de Redford.
Siento que la sangre se me congela. El "plan de la oveja regenerada" empieza a agrietarse bajo sus palabras.
—Me gustaría saber —continúa él, bajando la voz y estirando la mano para rozar mis dedos sobre el mantel— si hoy es mi día de suerte. Me han dicho que usted es... experimental. Y yo estoy muy interesado en comprobar si esa seda rosa es tan fácil de quitar como dicen.
El asco sube por mi garganta, más rápido y violento que cualquier náusea anterior. No es Caleb quien me está insultando; es el mundo entero recordándome que, para ellos, solo soy el desecho de mi familia. La oveja negra que cualquiera puede intentar pastorear.
Miro el vaso de agua sobre la mesa. Miro a Erik.
—¿Sabe qué es lo que realmente dicen, Erik? —le pregunto con una calma letal.
—¿Qué? —pregunta él, relamiéndose los labios.
—Que no tengo paciencia para los idiotas.
Antes de que pueda reaccionar, agarro el vaso y le vacío el agua helada directamente en la cara. Erik suelta un grito ahogado, retrocediendo mientras el agua empapa su traje de diseñador. El restaurante se queda en un silencio sepulcral.