Infame

11

Capitulo 11.

Caleb

Me quedo de pie frente a ella, ignorando el dolor del hielo quemándome la palma de la mano. La quiero sacar de aquí. Quiero arrancarle ese vestido rosa manchado de sangre y esconderla donde nadie más pueda ver lo rota que está.

—De pie —le ordeno, y mi voz suena con la autoridad de quien nunca ha sido cuestionado—. Nos vamos. Ahora.

Mila no se mueve. Se queda sentada en el taburete, balanceando la bota con una parsimonia que me saca de quicio. Me mira de abajo hacia arriba, con una sonrisa que es puro desafío.

—No vine con ustedes, Caleb —dice, arrastrando las palabras con una calma gélida—. Así que no me voy con ustedes.

Isaac da un paso al frente, rompiendo el duelo de miradas entre nosotros. Su cara es un poema de confusión y alarma. Mira a Erik Vance como si fuera una granada a punto de estallar.

—Mila, ¿qué estás haciendo exactamente con Erik Vance? —pregunta Isaac, ignorando el tono posesivo que yo acabo de usar. Para él, es normal que yo quiera mandarla a casa; es lo que siempre he hecho.

—¿Bebiéndonos unas cervezas? —responde ella, señalando las jarras con la mano sana.

—No estabas en plan de desintoxicación, Mila? —insiste Isaac, cruzándose de brazos—. Mamá dijo que estabas intentando ser... diferente.

—Una cerveza no es intoxicación, Isaac. No exageres.

Isaac señala a Erik, que sigue limpiándose la sangre de la nariz con una servilleta, observándonos como si estuviéramos en una obra de teatro.

—¡Pero él es sinónimo de intoxicación! —exclama Isaac—. Es Vance, Mila. ¿Tienes idea de en qué líos se mete este tipo?

—Sé quién es Erik Vance —responde ella, girándose hacia Erik y dedicándole una mirada que me quema las entrañas—. Todos lo conocemos. Es un Vance. Yo soy una Blackwood. ¿No crees que hacemos una pareja encantadora, Isaac?

Siento un estallido de furia en la boca del estómago. Mila sabe perfectamente lo que está haciendo. Está usando al único hombre en el condado con una reputación tan negra como la suya para crear un escudo entre nosotros.

—Mila, esto no es un juego —intervengo, dando un paso más hacia ella—. Vámonos a la mansión.

—No soy una de tus nuevas empresas, Caleb —me suelta, y por un segundo, la máscara de "hermana pequeña" desaparece por completo—. No puedes comprar mi obediencia con un apellido. No puedes comprarme con nada. Me quedo con Erik.

Me giro hacia Isaac, esperando que él también pierda los estribos, pero mi amigo solo suspira, frotándose el puente de la nariz.

—Caleb tiene razón en algo, Mila —dice Isaac, aunque su tono es de cansancio, no de sospecha—. Si te quedas con él, mañana toda la prensa local tendrá una foto de la "Dama Rosa" y el "Conde del Caos" ensangrentados en un pub. Sofía te va a matar.

—Sofía ya me mató hace mucho tiempo —murmura ella, tan bajo que solo yo puedo oírlo.

Mila se levanta, pero no para venir conmigo. Se apoya en el hombro de Erik Vance, quien, a pesar de tener la nariz rota, le ofrece el brazo con una caballerosidad desquiciada.

—Nos vemos en el desayuno, hermanos —dice ella, enfatizando la última palabra mientras me clava los ojos verdes.

Veo cómo se alejan hacia el fondo del bar. Veo la mano de Erik rozando la cintura de Mila para guiarla entre la multitud.

—Déjala, Caleb —dice Isaac, poniéndome una mano en el hombro—. Sabes cómo es. Cuanto más la presionas, más fuerte se agarra al desastre. Siempre has sido demasiado duro con ella cuando intenta escapar. Vamos a bebernos esa pinta y a rezar para que no queme el pueblo antes del amanecer.

Asiento mecánicamente, pero mis dedos siguen cerrados en un puño. Isaac cree que mi rabia es protección fraternal. No tiene idea de que lo que realmente quiero es quemar el pueblo yo mismo, y llevarla de vuelta a casa...

---

Mila

Me apoyo contra la carrocería del Range Rover, respirando el aire gélido de la madrugada mientras el sabor amargo de la bilis desaparece de mi boca. Erik está ahí, con su nariz rota y su camisa de mil libras arruinada, mirándome como si fuera una aparición.

—¿Quieres que te lleve a tu casa, Blackwood? —pregunta él, y por primera vez, no hay rastro de esa arrogancia barata.

Al escuchar la palabra "casa", un sollozo se me escapa de la garganta. No es un llanto delicado; es un desgarro. Me cubro la cara con las manos sucias de sangre y barro, sintiendo el peso de la mansión, de Sofía, y de la mirada hazel de Caleb aplastándome los pulmones.

—No quiero... —susurro entre espasmos—. No quiero volver. No puedo volver ahí, Erik. No esta noche.

Erik suelta un suspiro largo y se pasa la mano por el pelo, soltando una risa corta y asombrada.

—Joder, Pelirroja Atómica... —me dice, usando el apodo con una mezcla de respeto y locura—. Estás mucho más mal de la cabeza que yo. Y mira que yo tengo un certificado médico que dice que soy un caso perdido.

Se acerca, me toma de los hombros y me obliga a subir de nuevo al coche.

—Si no quieres volver a tu jaula de cristal, no volverás. Hay una fiesta en la antigua cantera. Nada de velas, nada de cubiertos de plata. Solo ruido.

La fiesta es un borrón de luces estroboscópicas, música que hace vibrar los dientes y cuerpos sudorosos. Es el lugar perfecto para desaparecer. Bebo lo que Erik me pone en la mano, bailo hasta que mis pies dejan de doler y, finalmente, cuando la desesperación por olvidar a Caleb se vuelve insoportable, arrastro a Erik hacia la parte trasera de su coche.

No hay amor. No hay ternura. Hay una urgencia violenta, un choque de dos personas que están tratando de huir de sus propios apellidos. En la oscuridad del Range Rover, con el olor a cuero y sudor, Erik me posee con una crudeza que me permite, por unos minutos, dejar de ser la "hermana de" o la "esposa de nadie".

(...)

Me despierto cuando la primera luz gris del alba se cuela por los cristales empañados del coche. Me duele todo el cuerpo. El vestido rosa es ahora un guiñapo arrugado y manchado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.