Capitulo 12
Caleb
—Está borracha, Caleb. Deja de dramatizar —la voz de Sofía llega desde la puerta. Está apoyada en el marco, con los brazos cruzados y una expresión de aburrimiento que no logra ocultar la rigidez de sus hombros—. Se ha revolcado en un bar con un Vance y ahora está pagando el precio. No es la primera vez, ni será la última.
Miro a mi esposa. Su elegancia me parece de repente algo artificial, una armadura de hielo.
—Tiene fiebre, Sofía.
—Tiene una resaca de campeonato —corrige ella, entrando en la habitación y mirando a Mila como si fuera un mueble estropeado—. Isaac, encárgate tú. Caleb y yo tenemos que bajar. Mi padre quiere discutir los detalles del vuelo a Praga.
Isaac, que está sentado al borde de la cama cambiando el paño húmedo de la frente de Mila, levanta la vista. Sus ojos están llenos de una tristeza pesada.
—Vayan ustedes —dice Isaac con voz apagada—. Yo me quedo. Al menos hasta que deje de temblar.
Salgo de la habitación seguido por Sofía. Caminamos por el pasillo en silencio, pero puedo sentir su mirada clavada en mi nuca. Cuando llegamos al rellano de la escalera, ella me agarra del brazo, obligándome a girar.
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Sofía
Caleb me mira, pero sus ojos siguen en esa habitación. Siguen en ella. Siento una punzada de algo que no es solo rabia; es una envidia ácida que me quema el pecho. He pasado toda mi vida siendo la hija que no da problemas, la que se casa bien, la que mantiene el apellido en lo más alto. Y, sin embargo, es a ella a quien él mira con ese pánico en los ojos. Es a ella a quien él carga en brazos como si fuera un tesoro roto.
—¿Tendré que ser así para que me mires también tú? —suelto de repente. Mi voz suena extraña, más aguda, despojada de su barniz aristocrático.
Caleb frunce el ceño, confundido.
—¿De qué estás hablando, Sofía?
—¿Tendré que emborracharme, romperle la nariz aun demente en un pub y acostarme con el primer animal que pase para que me prestes un gramo de la atención que le das a ella? —Doy un paso hacia él, invadiendo su espacio—. Anoche me diste la espalda en la cama, Caleb. Pero ella entra por esa puerta destruida y de repente vuelves a estar vivo.
Caleb aprieta la mandíbula. Veo cómo sus dedos se cierran en puños a los costados.
—Mila es inestable, Sofía. Tú eres...
—¿Yo soy qué? ¿Perfecta? ¿Previsible? ¿Un contrato firmado que ya no te interesa leer? —Me río, una risa amarga que resuena en el pasillo vacío—. Qué irónico. He hecho todo bien para tenerte, y resulta que lo único que necesitabas era que fuera un desastre.
—Basta —dice él, y su voz es un muro de piedra—. Bajemos. Tu padre nos espera.
Caleb empieza a bajar las escaleras sin mirar atrás. Me quedo sola en el pasillo, mirando la puerta cerrada de la habitación de Mila. El odio que siento por mi hermana ya no es por sus escándalos; es porque ella tiene la libertad de caerse, mientras que yo estoy condenada a mantenerme en pie, viendo cómo el hombre que amo espera ansioso a que ella vuelva a tropezar.
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Mila
El silencio de la habitación me pesa en los párpados. Abro los ojos lentamente, sintiendo el eco de un martilleo rítmico tras mis sienes y la garganta seca, como si hubiera tragado arena. La luz que entra por las cortinas es demasiado brillante, demasiado real para el estado de mi mente.
Trato de moverme, pero algo me detiene. Miro hacia el costado de la cama y el corazón se me encoge.
Isaac está ahí. Su cabeza descansa pesadamente sobre el borde del colchón, mientras su cuerpo está sentado de cualquier forma en el suelo, con la espalda apoyada en la madera. Sigue con la ropa de anoche, arrugada y con el rastro del cansancio marcado en sus hombros caídos. Ha estado ahí toda la noche. Mi hermano mayor, mi guardián silencioso desde el día en que nací, durmiendo en el suelo para asegurarse de que yo seguía respirando.
Me invade una oleada de vergüenza tan profunda que me quema más que el alcohol. Me siento pequeña, sucia y egoísta. He arrastrado a la única persona que me ama de verdad al fondo de mi propio abismo.
Con dedos temblorosos, le acaricio el cabello oscuro, ese gesto que tantas veces hizo él conmigo cuando era niña y tenía pesadillas.
—No mereces esto... —murmuro en un suspiro quebrado—. No mereces a una hermana como yo.
Las lágrimas empiezan a desbordarse, calientes y silenciosas. Me muerdo el labio para no sollozar, pero el dolor en mi pecho es una bestia que ya no puedo domar.
—Tengo que parar... —susurro para la habitación vacía, para los fantasmas de mis antepasados que me miran desde las sombras—. Solo que no sé cómo vivir sin él. Dios, no sé cómo hacerlo.
Me hundo en la almohada, llorando de verdad, con ese llanto sordo que sale cuando sabes que estás rota en mil pedazos y que no hay pegamento en el mundo que pueda unir tu alma otra vez.
Isaac se agita. Se levanta de un salto, desorientado, con los ojos inyectados en sangre y el pánico pintado en el rostro en cuanto escucha mi respiración entrecortada.
—¿Mila? —Se inclina sobre mí, tomándome la cara con sus manos grandes y cálidas—. ¿Mila, te sientes mal? ¿Qué te duele? ¿Quieres que llame al médico? ¿A Caleb?
Al escuchar ese nombre, me contengo. Trago saliva, ahogando el sollozo en mi garganta. No puedo seguir haciéndole esto a Isaac. No puedo dejar que me vea morir por un hombre que está desayunando tranquilamente con su esposa en la planta de abajo.
Me incorporo con esfuerzo y me lanzo a sus brazos, rodeando su cuello y escondiendo mi cara en su hombro. Isaac me rodea con una fuerza protectora, como si quisiera protegerme del mundo entero, incluso de mí misma.
—Perdón... —le digo, apretándolo con fuerza—. Perdón por todo, Isaac. Por anoche, por el acantilado, por hacerte dormir en el suelo.
—Shhh, está bien, enana. Estoy aquí —susurra él, besando mi coronilla.