Capitulo 17
Mila
—¡Arriba esa Dama Rosa! ¡El servicio de habitaciones ha llegado!
La voz de Isaac estalla en la habitación como una granada. Caleb se aparta de un salto, con una agilidad violenta, golpeando la bandeja en el proceso. La taza de café se tambalea y vuelca, derramando el líquido hirviendo sobre la sábana y sobre la mano de Caleb.
—¡Maldita sea! —sisea él, apretando los dientes mientras se sacude el café caliente de la piel.
Isaac entra con una sonrisa radiante, sosteniendo otra bandeja cargada de huevos revueltos y zumo de naranja. Se detiene en seco al ver la escena: yo roja como un tomate y Caleb tratando de limpiar el desastre con una servilleta de hilo, con el rostro desencajado.
—Vaya —Isaac parpadea, mirando a Caleb—. No sabía que el abogado perfecto también servía desayunos a domicilio. Te me has adelantado, cuñado.
Caleb no lo mira. Se queda mirando la mancha oscura en la cama, su respiración aún es agitada, su cuerpo tenso como una cuerda de violín a punto de romperse. Se pasa una mano por el pelo, deshaciendo su peinado impecable, y suelta una risa seca, casi inaudible.
—Esto se siente como un maldito déjà vu —murmura él, más para sí mismo que para nosotros.
Yo me hundo un poco más en las almohadas y no puedo evitarlo. Una sonrisa pequeña, cargada de nostalgia y malicia, se dibuja en mis labios. Caleb levanta la vista y me mira. Sus ojos me dicen que él también está allí, en el arroyo, hace diez años, odiando a Isaac por haber interrumpido lo que el destino nos debe desde niños.
—Isaac siempre llega en el momento oportuno, ¿verdad, Caleb? —digo con un tono aterciopelado.
Isaac, ajeno a la electricidad estática que está a punto de incendiar las cortinas, deja su bandeja en la mesilla, mirando de reojo la mancha de café que Caleb intenta limpiar con una servilleta. Hay algo en la atmósfera, un rastro de electricidad estática que Isaac no termina de descifrar, pero que lo hace sonreír con esa ligereza suya.
—Siempre igual —dice Isaac, sacudiendo la cabeza mientras mira a Caleb—. Llegas primero, preparas el desayuno y entonces ella te elige como el favorito. Me llevas ganando en esto desde los diez años, Thorne.
—No es mi favorito —suelto de golpe, demasiado rápido, tratando de que mi voz no tiemble.
Isaac suelta una carcajada y camina hacia Caleb, pasándole el brazo por encima de los hombros con esa confianza de hermanos que siempre han tenido. Son el vivo retrato de la lealtad: el heredero Blackwood y su mejor amigo, el abogado que ahora es parte de la familia.
—No me mientas, Mila —insiste Isaac, apretando el hombro de Caleb y mirándome con un brillo de travesura en los ojos—. Vamos, confiésalo de una vez. Estamos aquí los tres, como antes de que todo se volviera tan... complicado. Elige. ¿A quién quieres más? ¿A tu hermano de sangre o al hombre que te salvó de morir por tus propias tostadas? Elige, Mila.
El silencio que sigue a su pregunta es ensordecedor.
Caleb se queda rígido bajo el brazo de Isaac. No se mueve, no respira. Sus ojos hazel se clavan en los míos, desafiantes, ardientes. Es una trampa. Si digo su nombre, el mundo se acaba. Si no lo digo, ambos sabremos que estoy mintiendo. La presión en mi pecho, la misma que me hizo colapsar en la cena, vuelve con fuerza.
Miro a Isaac, con su sonrisa limpia y su amor incondicional. Luego miro a Caleb, con sus nudillos heridos, su café derramado y ese deseo oscuro que nos está consumiendo vivos.
—A ti, hermano, obviamente —respondo, forzando una sonrisa ligera.
Isaac suelta un bufido de triunfo y le da una palmada en el pecho a Caleb.
—¿Lo ves, Caleb? La sangre tira más que el café negro. Has perdido.
Caleb baja la vista un segundo, pero antes de que Isaac se gire, él levanta los ojos hacia mí. No hay decepción en su mirada. Hay una inteligencia afilada y una sombra de burla. Sus labios se curvan apenas, un movimiento casi imperceptible que solo yo puedo ver.
Mentirosa.
No necesita decirlo en voz alta. Sus ojos lo gritan. Él sabe que la única razón por la que he elegido a Isaac es porque amarlo a él es una sentencia de muerte.
—Vete a lavar esa quemadura, Caleb —dice Isaac, empujándolo suavemente hacia la puerta—. Yo me encargo de que la Dama Rosa se coma mis huevos revueltos, que seguro que están mejores que tu pan quemado.
Caleb asiente, recuperando su máscara profesional, pero antes de salir se detiene en el umbral.
—Disfruta el desayuno, Mila —dice con una voz que parece terciopelo sobre lija—. Asegúrate de no... atragantarte con la verdad.
Sale de la habitación justo cuando Sofía aparece detrás de él. Yo me quedo mirando la bandeja de Isaac, sintiendo el latido en mi vientre y el sabor amargo de la mentira que acabo de soltar. Caleb tiene razón. El barro no se quita con agua, y mi amor por él no se quita con palabras. Es una maldita cárcel de la que no puedo escapar. Sonrío y me permito disfrutar de esto, porque se que está paz se irá cuando todos se enteren de que estoy embarazada y que no sé quién es el papá...
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Caleb
Salgo de la habitación de Mila con la piel de la mano ardiendo por el café y el alma ardiendo por algo mucho más oscuro. Apenas he cerrado la puerta cuando la sombra de Sofía se proyecta sobre la mía. Está ahí, de pie, con los brazos cruzados y esa expresión de fiscal que ha aprendido a perfeccionar en mis propios juicios.
—¿Dónde estuviste anoche, Caleb? —Su voz es un susurro gélido que detendría el corazón de cualquiera. De cualquiera que no fuera yo—. Tu lado de la cama está frío.
Paso por su lado sin detenerme, ignorando el dolor punzante de la quemadura.
—En el establo —respondo con una verdad a medias que me sabe a ceniza—. Estuve con los caballos. Nyx estaba inquieta.
—¿Y ahora eres el veterinario de la familia? —Sofía me sigue por el pasillo, sus tacones golpeando el suelo como una cuenta atrás—. ¿Y qué hacías ahí dentro con ella? ¿También estabas revisando si la "yegua" estaba inquieta?