Capitulo 13
Isaac POV
La mansión Vance es un monumento al exceso, pero el despacho principal es un santuario de orden clínico. No hay retratos familiares ni calidez. Solo mármol, tecnología y la mujer que nos recibe como si fuéramos una interrupción en un algoritmo perfecto.
Nora Vance.
Físicamente, es una escultura de hielo. Es de una palidez casi traslúcida, lo que hace que su melena negro azabache, cortada en un bob afiladísimo por encima de los hombros, parezca una mancha de tinta sobre nieve. Sus ojos son de un azul acero, tan claros que resultan inquietantes, y sus pómulos son tan altos y definidos que parecen capaces de cortar el aire. Viste un traje sastre de tres piezas en gris marengo, con una corbata de seda negra anudada con una precisión matemática. No hay ni una joya en ella, salvo un anillo de sello antiguo en su dedo meñique que utiliza para golpear rítmicamente la mesa.
—Mi padre no recibe visitas —dice Nora sin levantar la vista de su tableta. Su voz es un susurro gélido, perfectamente articulado—. Y yo no recibo Blackwoods a menos que sea para aceptar una rendición incondicional. Hablen rápido, mi paciencia tiene el mismo límite que mi tiempo: ninguno.
Mi padre, Oliver, carraspea, visiblemente intimidado por la quietud de la mujer.
—Hemos venido a tratar el asunto de Erik y mi hija, Mila —comienza mi padre—. Creemos que un compromiso es la solución más...
—¿"Solución"? —Nora levanta la vista. El sarcasmo en sus ojos es tan pesado que casi se puede tocar—. Llamar "solución" a vincular nuestra fortuna con una mujer que confunde la autodestrucción con la personalidad es, cuanto menos, una deficiencia cognitiva por su parte, señor Blackwood.
Se pone en pie. Es alta, con una delgadez fibrosa y elegante. Se apoya en la mesa con las puntas de los dedos, observándome como si yo fuera una ecuación mal resuelta.
—Mi hermano es un residuo biológico, eso es un hecho —continúa con una frialdad cortante—. Pero no voy a permitir que una oportunista Blackwood, cuyo único talento es generar titulares escandalosos, se acerque a mis activos. No somos un centro de rehabilitación para herederas rotas.
Siento que la sangre me hierve. Su arrogancia es una bofetada a mi apellido.
—Escucha, Nora —digo, dando un paso al frente—. Quiero hablar con un hombre. Alguien que entienda de alianzas y honor. Esto no es asunto de chicas, es un tema de familia y contratos que tú claramente...
Nora suelta una risa seca, una sola nota de desprecio absoluto que me deja mudo.
—¿"Asunto de chicas"? —Se rodea el escritorio con la gracia de un depredador. Su perfume huele a ozono y metal—. ¿En qué siglo se quedó detenido tu cerebro, Isaac? Mientras tú aprendías a elegir el color de tus caballos, yo estaba salvando este imperio de la incompetencia de los hombres de mi familia. Soy la responsable de cada centavo que los Vance poseen. Mi respuesta es NO. No quiero a esa chica quemando mi balance de situación.
—Tu hermano la deshonró... —intento decir, pero ella me corta con un gesto de desdén.
—Tu hermana se deshonra sola cada vez que respira, estaba deshonrada desde antes que Erik la mirara—espeta Nora, clavando su mirada de acero en la mía—. No voy a importar el caos de los Blackwood a mi casa. Vete a casa, Isaac. Juega con tus privilegios y deja que las mentes funcionales nos ocupemos de los negocios.
—¡Es la única forma de que ambos apellidos sobrevivan! —le grito, perdiendo los estribos ante su superioridad. Es un tipo de insolencia al que no estoy acostumbrado a enfrentar.
—Es una sentencia de muerte financiera —responde Nora, su voz bajando a un susurro letal—. Y yo no firmo nada que no dé beneficios.
Justo cuando el silencio sepulcral del despacho parece que va a asfixiarnos, un estruendo resuena en el pasillo. La puerta doble se abre de par en par y Erik entra casi saltando, blandiendo una espada de esgrima con una mano y una botella de cristal en la otra. Está sudado, sin camisa, con el pecho lleno de pequeñas cicatrices y una sonrisa que solo podría pertenecer a un niño travieso que acaba de prenderle fuego a algo.
—¡Touché, hermanita! —grita Erik, lanzando una estocada al aire y apuntando directamente a la punta de la nariz de Nora—. ¡Bu! No seas tan amargada, Eleonora. Sonríe un poco, que te van a salir arrugas y el botox está carísimo.
Nora ni siquiera parpadea cuando la punta de la espada se detiene a milímetros de su rostro. Con una calma exasperante, extiende dos dedos y aparta la hoja de acero hacia un lado con un gesto de profundo asco.
—Por favor, vístete. Pareces un salvaje —dice ella, volviendo a su tableta como si su hermano fuera una mosca molesta.
Erik suelta una carcajada sonora, casi maníaca, y se gira hacia nosotros. Mi padre y yo lo miramos como si fuera un demente escapado de un manicomio victoriano. Erik se detiene, clava la espada en la alfombra persa y, de repente, realiza una reverencia perfecta, digna de un baile en la corte, pero con una burla latente en cada músculo.
—Saludos —dice, recuperando la verticalidad—. Supongo que el motivo de esta visita es por los titulares de hoy. ¿Verdad que Mila y yo somos bastante fotogénicos? Salimos divinos entre tanta sangre y luces azules.
Nora exhala un suspiro cargado de siglos de fastidio. Yo la observo de reojo. Pese a que su primera impresión ha sido la de una mujer insoportable y cortante, de repente siento una punzada de empatía. Ella solo lo está cuidando, pienso. Este tío es un desastre absoluto, la versión masculina de Mila, pero sin el rastro de vulnerabilidad que ella tiene. Es un huracán que Nora intenta contener con hojas de cálculo.
—Mi hija es un tornado —interviene mi padre, Oliver, con la voz grave y cansada—, pero lo de ayer contigo escaló a un huracán de categoría 5. Por esa razón estamos aquí. El honor de los Blackwood no es un juego de niños, Erik.