CAPÍTULO 14: EL PRECIO DEL OLVIDO
Mila POV
Lo veo y la rabia me sube como fuego por la garganta.
Camino directo hacia él.
—Eres un egoísta de mierda.
Mi mano impacta contra su pecho. No es fuerte, pero es suficiente. Suficiente para que sepa que estoy furiosa. Suficiente para que sepa que me duele.
Caleb ni siquiera retrocede. Solo arquea una ceja, esa maldita expresión suya que siempre parece saber más que yo.
—Ajá —dice, con la voz baja, raspando—. Di que no lo querías.
La risa se me escapa. Exasperada. Dolida. Casi histérica.
—Claro que lo quería.
Lo miro a los ojos cuando lo digo. Sin mentir. Sin máscaras. Diez años queriéndolo. Diez años conteniéndome. Diez años fingiendo que no me partía en dos cada vez que lo veía con Sofía.
Doy un paso al frente.
Y lo beso.
Pero esta vez no es un arrebato. No es posesión. No es celos.
Es una despedida.
Lo beso porque lo quise. Lo beso porque todavía lo quiero. Lo beso porque necesito recordar exactamente cómo se siente… para poder soltarlo.
Cuando me separo, apoyo mi frente contra la suya un segundo. Respiro.
—No volverá a pasar —susurro.
Él se tensa.
—¿Por qué?
Lo miro. Y ahí está. El hombre que eligió el apellido. El contrato. La estabilidad. Mi hermana.
—Porque tú elegiste dejarme —digo con calma mortal—. Y yo elijo seguir sin ti.
Retrocedo.
Esta vez, cuando me doy la vuelta, no me detiene.
Camino hacia el segundo piso.
Cierro la puerta de mi habitación y el mundo exterior se apaga, pero el incendio interno solo crece. Me dejo caer contra la madera, sintiendo cada astilla, cada imperfección de la puerta golpeando mi espalda mientras me deslizo hasta el suelo. Mis pulmones arden. El encuentro con Caleb en el rosal ha dejado un rastro de ceniza en mi garganta.
—Pensé que podría superarlo —susurro, apretando las manos contra mis sienes—. Pero es que cada vez que lo veo... cada maldita célula de mi cuerpo quiere reclamarlo.
Cierro los ojos y, de repente, la oscuridad de mi mente se ilumina con un flash violento. No es un sueño. Es un fragmento de realidad que mi cerebro ha intentado enterrar bajo capas de ginebra y trauma.
Un baño. El frío de los azulejos. El sonido del agua corriendo en algún lugar lejano. Caleb, con la camisa desabrochada y los ojos oscuros, deslizándose entre mis piernas. Sus manos, esas manos que ahora pertenecen a mi hermana, quemando mi piel por debajo de mi camisa. Sus labios, por fin, probando los míos tras años de un anhelo que me estaba consumiendo viva.
Esa noche. La noche de redford distorsionada, sonrío porque mi mente me hace una mala pasada. estuve con Dante y lo imagino a el. Caleb es como una maldita droga que altera mi Juicio.
De pronto, un calor húmedo en mis pantis me saca del trance. Un escalofrío me recorre la columna.
—¿Me estoy volviendo loca? —pregunto al vacío—. ¿Estoy teniendo un orgasmo con una maldita alucinación?
Me levanto con las piernas temblorosas y me encierro en el baño. Al revisarme, el corazón se me detiene. Es sangre. Un rastro rojo, denso, que mancha la seda clara.
—Perfecto, que me venga el período justo ahora es la señal más clara de que la suerte me odia..
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Isaac POV
El trayecto de vuelta a nuestra mansión fue el funeral más silencioso al que he asistido. Mi padre, Oliver, miraba por la ventana con la expresión de un hombre que acaba de entregar las llaves de su alma al diablo. A mi lado, en el asiento de cuero del coche de lujo, Nora Vance revisaba documentos en su tableta, su rostro impasible como si estuviéramos yendo a un—Pa reunión de presupuesto y no a sellar el destino de mi hermana.
Pero el verdadero problema venía en el coche de atrás. Erik Vance había insistido en conducir su propio deportivo, un rugido constante de motor que nos seguía de cerca, como un recordatorio de que el caos no tiene paciencia.
Cuando entramos en el vestíbulo de la mansión Blackwood, el aire cambió. El aroma a flores frescas y cera de abeja de mi casa chocó con la fragancia metálica y fría de Nora.
—Qué pintoresco —soltó Nora, recorriendo el vestíbulo con una mirada que hacía que nuestros cuadros antiguos parecieran basura de mercadillo—. Un poco recargado para mi gusto, pero supongo que el exceso es el refugio de los que no tienen control.
—Es un hogar, Nora. Algo que dudo que entiendas —le respondí, apretando los dientes.
En ese momento, la puerta principal se abrió de golpe y Erik entró como si fuera el dueño del lugar. Se había puesto una camisa, pero la llevaba abierta hasta la mitad del pecho, y seguía con esa sonrisa de "niño malo" que me daban ganas de estampar contra la pared.
—¡Hogar, dulce hogar! —exclamó Erik, lanzando las llaves del coche sobre una mesa de la dinastía Ming—. ¿Dónde está mi prometida? Me urge ver si ya ha decidido el color de las invitaciones o si sigue practicando su gancho de derecha.
—Erik, cállate —siseó Nora sin mirarlo.
Mi madre, Beatrice, bajó las escaleras con Sofía. Ambas se detuvieron en seco al ver la escena. Sofía estaba pálida, sus ojos saltando de Nora a Erik con una mezcla de fascinación y terror. Pero fue la aparición de Caleb, saliendo de su despacho con el rostro desencajado, lo que terminó de tensar la cuerda.
Caleb se detuvo al pie de la escalera. Sus ojos Hazel se clavaron en Erik. La rivalidad entre ellos no era solo de apellidos; era algo visceral, animal.
—Vance —dijo Caleb, su voz era un trueno contenido.
—¡Blackwood! El cuñado perfecto —Erik dio un paso al frente, ignorando el aura de muerte que desprendía Caleb, y le dio una palmada en el hombro que sonó como un disparo—. Relaja esa cara, hombre. He venido a hacer las paces. Y a llevarme a la chica.
Nora se adelantó, colocándose entre los dos hombres como una barrera de hielo.