Infame

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CAPÍTULO 15: LATIDO INESTABLE

Mila POV

El hospital es angustia.

Erik no suelta mi mano mientras me pasan a una camilla. La luz blanca del techo me atraviesa los ojos como cuchillas. El dolor en el vientre ya no es un pinchazo; es una presión constante, profunda, como si algo intentara desgarrarme desde dentro.

—¿Cuánta sangre? —pregunta una enfermera.

—Más de la que debería —responde Erik antes que yo.

Me miran. Me examinan. Me preguntan la fecha de mi última regla.

No lo sé.

Miento.

Digo algo aproximado.

El médico entra con expresión neutra, demasiado neutra.

—Vamos a hacer una ecografía.

La palabra me parece absurda.

—¿Para qué? —pregunto, con la voz rasgada.

El médico no responde. Solo ajusta la máquina.

El gel está frío sobre mi vientre. La pantalla parpadea en blanco y negro. Sombras. Estática. Formas que no comprendo.

Erik aprieta mis dedos.

Y entonces el médico se queda quieto.

Demasiado quieto.

—¿Qué? —susurra Erik.

El silencio pesa toneladas.

El médico carraspea.

—Hay actividad embrionaria.

Mi cerebro tarda en procesarlo.

—¿Actividad de qué?

El médico gira la pantalla apenas hacia mí.

—Está embarazada. Aproximadamente ocho semanas.

El mundo no se rompe.

Se vacía.

Ocho.

Semanas.

No puede ser.

No puede.

El sonido aparece entonces.

Un latido rápido, irregular, frágil.

Como un pájaro atrapado dentro de una caja.

Me quedo mirándolo sin entender.

—Eso… —susurro— no es mío.

El médico continúa, profesional.

—Está presentando una amenaza de aborto. El sangrado y el dolor indican que el embarazo es inestable. Necesita reposo absoluto. Cero estrés. Cero actividad física. Nada de alcohol. Progesterona inmediata.

Alcohol.

La palabra me atraviesa como una aguja.

Erik no habla.

No hace bromas.

No sonríe.

Solo mira la pantalla.

—¿El latido es fuerte? —pregunta finalmente.

El médico duda.

Y esa duda es peor que cualquier respuesta.

—Es… irregular. Está ahí. Pero no podemos garantizar evolución favorable en este momento.

El pájaro sigue latiendo.

Rápido.

Pequeño.

Vulnerable.

Siento un vacío extraño.

No alegría.

No horror.

Solo incredulidad.

Ocho semanas.

Mi mente intenta hacer cuentas.

Redford.

La fiesta.

Dante.

Sí.

Dante.

Tiene sentido.

Tiene que tener sentido.

Erik suelta mi mano solo para pasársela por el rostro.

Respira hondo.

—Vale —dice finalmente, firme—. ¿Qué necesita?

No pregunta de quién es.

No me mira con sospecha.

No hace cálculos.

Solo pregunta qué hacer.

El médico enumera medicamentos, controles, reposo estricto.

Erik asiente como si estuviera cerrando un trato empresarial.

Cuando el médico sale, el silencio entre nosotros es distinto.

Denso.

Real.

Yo sigo mirando la pantalla apagada.

—Esto es ridículo —murmuro—. No puedo estar embarazada.

Erik se inclina en la silla, apoyando los codos en las rodillas.

—Pues tu cuerpo opina lo contrario, Dama Rosa.

No hay burla en su tono.

Solo crudeza.

—No sé de quién es —confieso de pronto, sin mirarlo.

No sé por qué se lo digo.

Tal vez porque es el único que no me juzga.

Erik no reacciona de inmediato.

Se queda pensando.

Luego se encoge de hombros.

—Eso lo averiguamos después.

Levanto la vista.

—¿No te importa?

Él me sostiene la mirada.

—Me importa que no te mueras en una cena de gala. Lo demás… es logística.

Logística.

Casi río.

Casi.

El dolor vuelve como una ola y cierro los ojos.

—Si lo pierdo… —empiezo.

Erik se levanta y se acerca a la camilla.

Apoya una mano firme en mi hombro.

—No lo pierdes esta noche.

—No puedes saber eso.

—No —admite—. Pero puedes decidir no rendirte.

No es romántico.

No es dulce.

Es una declaración de guerra.

Yo miro el techo.

Ocho semanas.

Algo ha estado creciendo dentro de mí mientras yo me autodestruía.

Algo ha sobrevivido a la ginebra.

A las mentiras.

A la cena.

Un nuevo calambre me recorre, pero más suave esta vez.

—Nadie puede saberlo todavía —digo.

Erik asiente sin discutir.

—Mi hermana va a querer cláusulas nuevas cuando se entere.

—No quiero que se entere.

Erik me observa con esa chispa peligrosa que vuelve lentamente a sus ojos.

—Entonces no se entera.

Simple.

Frío.

Eficaz.

Cierro los ojos mientras la enfermera vuelve con medicación.

El latido vuelve a sonar brevemente cuando repiten el monitoreo.

Rápido.

Inestable.

Vivo.

rik sigue de pie junto a la camilla. La enfermera acaba de salir. El monitor ya no suena.

El silencio es pesado.

Lo miro.

—¿Por qué me ayudas?

No suena dramático. Suena desconfiado.

Erik arquea apenas una ceja.

—¿Por qué no lo haría?

Lo observo con cuidado.

—Siempre quieres algo a cambio.

Él inclina la cabeza, como si evaluara la acusación.

—¿Qué crees que quiero?

—Eso intento averiguar.

Erik se acerca un poco más, pero no invade. Solo apoya una mano en el borde de la camilla.

—¿Qué quieres a cambio? —insisto.

Su sonrisa aparece, pero no es burlona. Es honesta. Peligrosamente honesta.

—Lo que quiero ya me lo das.

Frunzo el ceño.

—¿Y eso es…?

Erik abre los brazos teatralmente.

—Caos.

Lo dice como si fuera la cosa más natural del mundo.

Yo parpadeo.

Él suspira y, de pronto, empieza a imitar voces.

Primero una grave, rígida:

—“Erik, el apellido pesa más que el hombre.”

Es su padre.




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