CAPÍTULO 16: CENIZA Y AGUA
Sofía POV
Mis manos tiemblan tanto que apenas puedo cerrar el cierre de la maleta de cuero. No es miedo, es una urgencia animal. Necesito sacar a Caleb de aquí. Necesito que el aire de esta mansión deje de alimentar el incendio que veo en sus ojos cada vez que mira hacia el pasillo donde duerme ella.
Escucho la puerta abrirse. No me detengo. Sigo metiendo camisas, pantalones, su reloj favorito.
—¿Qué haces? —La voz de Caleb es plana, desprovista de emoción, lo cual es mil veces peor que un grito.
—Recogiendo nuestras cosas —respondo sin mirarlo, mi voz suena aguda, al borde de un precipicio—. Nos vamos ahora mismo a la cabaña del lago en Willow Creek. Está lo suficientemente lejos de este nido de víboras y de los Vance. Nos quedaremos allí hasta el lunes, y de ahí nos iremos directamente a Praga. Ya he llamado al piloto.
Caleb no se mueve. El silencio que emana de él es pesado, como el de un juez antes de dictar sentencia.
—No voy a ir a Willow Creek —dice con una lentitud que me hiela la sangre—. Tampoco voy a ir a Praga.
Me detengo en seco. El silencio en la habitación se vuelve ensordecedor. Giro la cabeza lentamente, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—¿Perdón? —susurro, esperando haber oído mal.
Caleb camina hacia la cama con una parsimonia insultante. Con un movimiento seco, aparta la maleta que yo acababa de llenar, tirándola al suelo sin mirarla. Se sienta en el borde del colchón, con la espalda recta y la mirada fija en un punto invisible de la pared.
—Lo que escuchaste, Sofía —dice, y esta vez me mira directamente a los ojos, con una frialdad que me corta la respiración—. No me voy de Cotswolds. No me voy de esta casa.
Se acuesta con una calma que me resulta obscena. Se arropa, dándome la espalda, como si yo fuera un mueble más de la habitación, como si mi desesperación no fuera más que ruido blanco.
Siento que algo dentro de mí se quiebra. No es una grieta, es una demolición total. Las lágrimas, que he estado conteniendo durante meses de fingir ser la esposa perfecta del abogado perfecto, empiezan a brotar, calientes y amargas.
—¿Es por Mila? —pregunto, y mi voz se rompe por primera vez, revelando toda la miseria que escondo tras mi apellido—. ¿Es porque está "enferma"? ¿Por eso vas a tirar nuestros planes a la basura?
Caleb exhala un suspiro cansado, sin siquiera girarse.
—No grites, Sofía. Me duele la cabeza.
—¡Claro que es por ella! —grito, perdiendo el control por completo, arrojando un frasco de perfume contra el suelo. El cristal estalla, llenando la habitación de un aroma a gardenias y derrota—. ¡Siempre es por ella, maldita sea! ¡Desde que éramos niñas ella siempre encontraba la forma de arruinarlo todo y tú siempre estabas ahí para mirar! No es tu responsabilidad, Caleb. Nunca fue tu responsabilidad cuidar a la salvaje de los Blackwood. ¡Ella eligió a Erik! ¡Ella eligió destruirse!
Caleb se incorpora lentamente. No hay rastro de sueño en su rostro, solo una severidad que me hace retroceder un paso. Me mira de arriba abajo, diseccionando mis lágrimas y mi histeria con la misma frialdad con la que analiza un contrato de fraude.
—Ahora mismo —dice con una voz que corta como el hielo—, la única que parece una salvaje aquí eres tú. Cálmate. Estás haciendo un espectáculo de ti misma.
Me quedo paralizada, con el pecho subiendo y bajando, viéndolo volver a recostarse. Me siento humillada, pequeña, y lo peor de todo: desplazada. Mila ni siquiera ha tenido que decir una palabra para ganar esta batalla. Solo ha tenido que sangrar para que mi marido decida que su lugar está en esta casa, vigilando su sombra, mientras yo me ahogo en mi propia paranoia.
—¡Tú elegiste esto, Caleb! ¡Asume tus malditas decisiones! —Mi grito resuena en las paredes de nuestro dormitorio, rompiendo meses de decoro.
Caleb me mira con una frialdad que me hiela la sangre. No se inmuta. No se disculpa. Solo se queda ahí, con la mandíbula tensa, diciendo que "Praga puede esperar", que "hay asuntos legales que cerrar con los Vance". Mentiras. Todo son mentiras para no perder de vista a Mila ahora que casi tiene un anillo de compromiso en el dedo.
Salgo al jardín antes de que el impulso de abofetearlo me venza. Necesito aire. Necesito que el frío de la noche me devuelva la cordura. Mis manos tiemblan tanto que apenas puedo sacar el cigarrillo del paquete de plata. Lo coloco entre mis labios, busco el encendedor y, justo cuando la llama va a rozar el tabaco, mis dedos fallan.
El cigarrillo cae al agua de la fuente con un plop seco y definitivo.
—¡Maldita sea! —siseo, golpeando el borde de piedra con la palma de la mano.
Una carcajada ronca, cargada de humo y arrogancia, rompe el silencio desde las sombras de los setos. Erik Vance emerge de la oscuridad, con una copa en una mano y un cigarrillo encendido en la otra. Su nariz sigue un poco desviada por el golpe de Mila, lo que le da un aire aún más siniestro.
—Me encanta la intensidad de las chicas Blackwood —dice, apoyándose en la fuente con una parsimonia insultante.
Lo miro con un desprecio absoluto, pero él ni siquiera parpadea.
—Mila es toda una belleza —continúa Erik, soltando el humo lentamente—, su rebeldía es absolutamente desquiciante y enviciante. Pero lo tuyo... lo tuyo es delicioso, Sofía. Calma aparente por fuera, y por dentro un mar lleno de tempestades.
—No intentes usar las últimas dos neuronas que las drogas y el alcohol te dejan libre para analizarme —le espeto, cruzando los brazos sobre mi pecho—. No me conoces, Vance. No tienes ni la más remota idea de quién soy.
Erik sonríe, y hay algo en su mirada que me hace sentir desnuda bajo mi vestido de seda. Saca un cigarrillo nuevo de su bolsillo y me lo extiende con un gesto lento.
—Toma. Lo necesitas más que yo.
—No lo quiero —respondo, irguiéndome—. No soy Mila. No busco consuelo en los vicios de gente como tú.
—Claro que no eres Mila —responde él, dando un paso hacia mí. La distancia entre nosotros se acorta peligrosamente—. Pero también eres muy interesante.
Erik se lleva el cigarrillo a sus propios labios, lo enciende con una calma exasperante y da una calada profunda. El extremo brilla con un rojo intenso en la oscuridad. Luego, sin apartar la vista de mis ojos, me lo ofrece de nuevo.
Lo miro con una ira absoluta. Odio su falta de respeto. Odio que crea que puede leerme. Pero el deseo de nicotina, la necesidad de calmar el incendio que Caleb ha provocado en mis venas, es más fuerte que mi orgullo.
Agarro el cigarrillo de sus dedos. Mis dedos rozan los suyos, y por un microsegundo, siento una descarga de algo sucio y eléctrico. Doy una calada larga, sintiendo cómo el humo me llena los pulmones y me adormece los nervios.
—Cuidado, Sofía —susurra Erik, inclinándose hacia mi oído—. Si empiezas a compartir mis vicios, podrías terminar dándote cuenta de que nos parecemos más de lo que tu marido está dispuesto a admitir.
Exhalo el humo hacia su cara, manteniendo la máscara de hielo, aunque por dentro mi mundo se esté desmoronando.