Infame

8.

Capítulo 8.

Caleb

El vestíbulo de la mansión se siente más pequeño que de costumbre. El coche ya espera fuera, pero el aire aquí dentro está cargado de una tensión que se puede cortar con un cuchillo. Sofía está a mi lado, revisando sus guantes, cuando el eco de unos pasos nos obliga a mirar hacia la escalera.

Mila.

El vestido rojo es una llamarada. Es vibrante, desafiante y, sobre todo, una declaración de libertad que nadie más en esta familia se atreve a vestir. Siento que el pulso se me acelera en la garganta, pero me obligo a mantener la vista fija en su rostro, no en la seda que se ajusta a sus curvas.

Sofía es la primera en romper el silencio. Su voz es un látigo de hielo.

—Ese vestido no es apto para usar de día, Mila —dice, recorriéndola con una mirada cargada de desprecio—. Te urge una clase de etiqueta y protocolo. Te ves barata.

Mila ni siquiera parpadea. Sigue bajando con esa parsimonia que me saca de quicio.

—Ni te molestes en decirle nada, Sofía —interviene Beatrice desde el umbral, con esa rigidez aristocrática que me da náuseas—. Ella nunca aprenderá.

—Se ve increíble —salta Isaac, dando un paso al frente para recibirla al final del escalón. Le dedica una sonrisa de orgullo y le guiña un ojo—. No las escuches, hermanita.

Oliver, que ha estado observando la escena en silencio, se acerca a ella. Hay algo en su mirada que nunca veo cuando mira a Sofía: una admiración genuina, casi devota.

—La verdad es que el rojo es su color —sentencia Oliver, poniendo una mano en su mejilla—. Mila es la hija más guapa de esta familia.

Le da un beso en la frente y Sofía vira los ojos de fastidio, apretando el asa de su bolso de diseñador hasta que sus nudillos se vuelven tan blancos como los míos anoche. Mila aprovecha el momento, se zafa de su padre y camina hacia nosotros con una sonrisa juguetona.

—Deja de ser tan gruñona, hermanita —dice Mila, inclinando la cabeza hacia Sofía—. Sonríe, que te vas a Italia con tu nuevo esclavo.

—Mila —la reprende Isaac, aunque hay una nota de diversión en su voz.

Yo siento que el aire se vuelve espeso. Me obligo a soltar una sonrisa sin gracia, una máscara de hierro.

—Déjala, Isaac —digo, mirando a Mila a los ojos—. Es lo que le gusta hacer. Molestar.

Mila junta las manos y pone una expresión de falsa contrición que me hace querer besarla y gritarle al mismo tiempo.

—Perdón, perdón. No eres un esclavo —se corrige, clavando sus ojos verdes en los míos—. Eres un hombre casado. Pórtate bien con ella, ¿ok?

Sofía la mira como si estuviera loca, incapaz de entender el doble sentido que late tras cada una de sus palabras. Yo me quedo en shock, sintiendo el peso de la palabra "casado" como una sentencia de muerte.

Mila da un paso adelante y rodea a Sofía en un abrazo breve.

—Buen viaje —murmura.

Luego, se gira hacia mí. Se toma su tiempo. Siento la mirada de Isaac sobre nosotros, la de Oliver, la de Beatrice. Me rodea el cuello con los brazos y me atrae hacia ella. Es un abrazo de despedida normal para cualquiera que esté mirando, pero para mí es el fin del mundo.

Se inclina hacia mi oído. El olor a jabón y a esa rebeldía suya me nubla el juicio.

—Ojalá encuentres el rojo en tu nuevo mundo gris, Caleb —me susurra, tan bajo que solo yo puedo sentir la vibración de su voz contra mi piel.

Se separa y me dedica una última mirada, una que me dice que ella no se queda atrás, que ella viaja conmigo en cada pensamiento sucio que voy a tener en Italia.

Subo al coche sin mirar atrás. Isaac me saluda desde la puerta, Oliver sonríe y Sofía ya está hablando del hotel en Italia. Pero mientras el motor ruge y nos alejamos de la mansión, yo solo puedo ver esa mancha roja en el espejo retrovisor.

Mila tiene razón. Mi mundo es gris. Y el único color que me queda es el que ella acaba de tatuarme en la memoria.

---

Mila

Escucho el sonido de la grava bajo los neumáticos. El motor se aleja, alejándose de mí, llevándose el aire de mis pulmones. Me quedo estática en la entrada, con la mano aún levantada en un saludo que ya no tiene destinatario.

Mis padres desaparecen hacia el interior de la casa, satisfechos de haber cumplido con el protocolo de la familia perfecta. Pero yo no puedo moverme. El vestido rojo, que hace diez minutos era mi armadura, ahora me pesa como si estuviera hecho de plomo. Me siento ridícula. Me siento barata, tal como dijo Sofía. Me vestí de soltería para un hombre que acaba de elegir su matrimonio.

Él no me eligió. Me salvó del lago, me miró con deseo en la penumbra, pero al final... subió a ese coche.

Siento una mano cálida en mi hombro. Isaac.

—Se han ido —dice en voz baja. Su voz suena cansada, hueca—. Qué vacía se siente la casa, ¿no crees?

Me giro hacia él y, por primera vez en toda la mañana, no tengo una respuesta mordaz. Mi sonrisa ha desaparecido, borrada por la realidad. Isaac me mira y su expresión cambia de la nostalgia a la preocupación. Él cree que estoy triste porque mi "mejor amigo" se ha ido. No tiene idea de que estoy rota porque mi mundo acaba de perder su eje.

—¿Quieres vino? —le pregunto. Mi voz suena pequeña, extraña en mis propios oídos.

Isaac me mira con extrañeza, frunciendo el ceño.

—Mila, son las diez de la mañana.

No respondo. Camino hacia el salón, pero mis pasos no tienen la seguridad de antes. El rojo de mi vestido parece insultar el silencio de la casa. Me detengo frente al mueble bar, pero no toco ninguna botella. Solo me apoyo en la madera fría, agachando la cabeza.

—Tengo que salir —susurro.

—¿A dónde? Mila, estás... estás temblando —Isaac se acerca, intentando leer mi rostro, pero me cubro con el cabello húmedo por la humedad de la mañana.

—Solo necesito salir, Isaac. Por favor.

Salgo de la casa casi corriendo. El sol me hiere la vista. Camino hacia el jardín trasero, lejos de la vista de todos, hasta que mis piernas ceden y me siento en uno de los bancos de piedra escondidos tras los rosales.




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