Capítulo 20: El altar de los sacrificios.
POV Sofía
La luz de la mañana entra por los ventanales de nuestra habitación con una claridad obscena. Es el día de la boda, el día en que el orden regresará a esta casa, pero el aire entre Caleb y yo está viciado, espeso como el humo de un incendio que nadie se atreve a apagar.
Caleb está frente al espejo, ajustándose la corbata de seda plateada. Sus movimientos son precisos, casi robóticos. Me quedo observándolo desde la cama, con el camisón de seda deslizándose por mis hombros. Siento una náusea que no tiene nada que ver con la comida y todo que ver con la sospecha que me corroe los huesos.
—Te tiemblan las manos, Caleb —digo, rompiendo el silencio.
Él no se gira. Su reflejo en el espejo es el de un extraño.
—Es la falta de sueño, Sofía. Ha sido una semana larga.
Me levanto y camino hacia él, mis pies descalzos no hacen ruido sobre la alfombra persa. Me coloco detrás de él, rodeando su cintura con mis brazos. Siento su espalda tensarse como un cable de acero. Apoyo mi mejilla contra su omóplato, buscando un latido que parezca humano.
—¿Una semana larga? ¿O un despacho demasiado pequeño? —susurro. Siento cómo contiene la respiración—. Vi tus labios anoche, Caleb. Vi cómo la mirabas en el balcón. Parecías un hombre que acababa de probar el fruto prohibido y se estaba ahogando con la semilla.
Caleb se desasga de mi abrazo con una brusquedad que me hace tambalear. Se gira, y sus ojos Hazel están oscuros, cargados de una furia gélida.
—No empieces con tus delirios hoy. Tenemos una boda que atender.
—No son delirios —doy un paso hacia él, invadiendo su espacio, obligándolo a mirar la verdad que ambos sabemos—. Sé que pasaste la línea. Sé que la tocaste. Sé que ese "repaso de cláusulas" fue una excusa para meterte bajo su piel.
Me acerco tanto que puedo oler su loción y ese rastro metálico de culpa. Lo agarro por las solapas de su chaqueta impecable.
—Bésame —le ordeno, mi voz es un latigazo—. Bésame como la besaste a ella en el despacho. Con esa desesperación. Con ese hambre.
Caleb me mira con desprecio, sus manos se cierran en puños a sus costados.
—No la besé.
—Mientes —siseo, y siento las lágrimas de rabia quemándome los párpados—. Mientes tan bien que casi te creo, pero tu cuerpo te delata. Estás vibrando de asco por estar aquí conmigo.
—¿Tienes pruebas, Sofía? —pregunta él, con una frialdad profesional que me da ganas de gritar—. ¿O solo tienes tus inseguridades de siempre? Si vas a acusarme de algo tan grave, asegúrate de tener algo más que una corazonada.
—No las tengo todavía —respondo, y una sonrisa amarga se dibuja en mis labios—. Pero las tendré. En esta casa las paredes hablan, y Mila es demasiado descuidada para guardar secretos. Y cuando tenga las pruebas, Caleb... cuando tenga la certeza de que me has convertido en la burla de este condado, no te gustará nada lo que soy capaz de hacer.
Caleb da un paso al frente, cerniéndose sobre mí, usando su altura para intimidarme. Su mandíbula está tan apretada que los músculos de su cuello resaltan.
—No me amenaces, Sofía. No olvides quién mantiene la estructura legal de esta familia.
—Y tú no me retes, Caleb —le devuelvo el golpe, sin retroceder ni un milímetro—. Porque una mujer que no tiene nada que perder es mucho más peligrosa que un abogado con miedo a perder su prestigio.
Nos quedamos así, mirándonos fijamente, dos extraños unidos por un contrato y un odio creciente. El silencio es un duelo. Finalmente, sonrío. Una sonrisa lenta, cruel, cargada de la autoridad que me da mi apellido. Empiezo a desabotonar mi camisón, dejando que la seda caiga al suelo.
—Quítame la ropa y tómame —le ordeno, con una voz que no admite réplica—. Haz tu papel de esposo. Antes de ir a esa iglesia a entregar a tu amante, quiero que recuerdes quién es la dueña de la cama en la que duermes. Convénceme de que ella no significa nada. Si puedes.
—Tu eres mi esposa. Te elegí a tí. — Me contesta antes de besarme con furia.
Se que miente, pero lo amo y le creo.
---
Mila POV
El vestido de novia es una trampa de encaje y tul. Es pesado, asfixiante, una armadura blanca diseñada para ocultar el hecho de que me estoy desmoronando por dentro. Me miro en el espejo y no veo a una novia; veo a un sacrificio.
Isaac entra en la habitación. Su rostro está pálido y sus ojos reflejan una tristeza que me parte el alma.
—Mila... todavía podemos irnos. Tengo el coche preparado en la parte trasera. A la mierda los Vance, a la mierda el dinero, sabes que eres la favorita de papá, el lidiará con mamá, y con Sofía. Vámonos.
Me giro hacia él, intentando sonreír, pero mis labios se sienten rígidos por el maquillaje.
—No puedo, Isaac. Si me voy, Nora Vance destruirá a papá y a todos... Esto es lo que tiene que pasar.
—No estás bien —insiste él, acercándose y tomándome de los hombros—. Estás temblando. Y ese desmayo de hace unos días... Mila, ¿qué está pasando realmente?
—Nada que una firma no arregle, hermano —le miento, sintiendo una punzada de dolor en el vientre. Resiste, le pido al pequeño latido inestable que vive en mí. Solo un poco más.
El sonido de los coches llegando a la entrada me indica que el tiempo se ha agotado. Bajo las escaleras con la lentitud de quien camina hacia la guillotina. La mansión está llena de flores blancas que huelen a funeral.
En el vestíbulo, Caleb me espera.
Está de espaldas a la puerta, rígido, con las manos entrelazadas detrás de él. Cuando se gira para verme, el aire se escapa de mis pulmones. Sus ojos recorren mi vestido, deteniéndose en mi cuello, donde anoche sus labios dejaron una marca que el corrector apenas logra tapar. Su mirada no es de amor; es de una agonía tan profunda que me hace querer gritar.
Se acerca a mí. Me ofrece el brazo. Es el gesto oficial. El cuñado, el jefe de la casa, entregando a la oveja negra al lobo.