CAPÍTULO 19: EL VALS DE LOS INFAMES
Mila POV
Erik no me sujeta como un captor; me sujeta como quien sostiene un cóctel explosivo en una fiesta de etiqueta.
Su mano rodea mi cintura con una seguridad casi perezosa mientras caminamos por el pasillo de la mansión. No me arrastra. No me empuja. Simplemente me guía como si todo esto fuera una coreografía ensayada.
Y tal vez lo sea.
El mármol del suelo refleja la luz de las lámparas antiguas y por un segundo siento que estoy caminando sobre hielo fino. Un paso en falso y todo se rompe.
Pero lo curioso es que no tengo miedo.
Por primera vez desde que todo empezó… puedo respirar.
Erik es el único que sabe que llevo una vida creciendo en mi vientre. El único que escuchó la palabra embarazo y no reaccionó con horror, ni con vergüenza, ni con cálculo financiero.
Lo escuchó… y sonrió.
Yo no sé de quién es el bebé. Esa noche fue un borrón de alcohol, rabia y decisiones estúpidas. Pero Erik ha decidido que esa incertidumbre es el ingrediente perfecto para su próximo truco de magia.
—¿Lista para el estreno, Dama Rosa? —susurra junto a mi oído.
Su tono es ligero, casi divertido.
—Mañana serás Condesa. Tu madre tendrá sus títulos recuperados para colgarlos en la pared… y nosotros…
Sus dedos se aprietan levemente sobre mi cintura.
—Nosotros seremos los únicos que sabremos que el cuadro está torcido.
Lo miro de reojo.
Erik sonríe como un hombre que acaba de apostar toda su fortuna en la ruleta… y está disfrutando cada segundo antes de que la bola deje de girar.
No hay juicio en él.
Solo diversión.
Una diversión maníaca por el desastre que estamos a punto de oficializar.
Y lo peor es que una parte de mí… quiere ver el mundo arder con él.
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Sofía POV
El silencio en el comedor se ha vuelto insoportable. Mi madre sigue analizando la porcelana como si fuera lo único importante en el mundo, y Nora Vance no ha dejado de teclear en su tableta, ajena al drama que palpita en las paredes de esta casa. Pero yo no soy como ellas. Yo siento el aire cargado, una electricidad estática que me eriza el vello de los brazos.
Escucho pasos. Erik aparece primero, guiando a Mila con una mano posesiva en su cintura. Él sonríe, pero es esa sonrisa de tiburón que siempre me hace querer retroceder. Mila, en cambio, camina con la barbilla en alto, aunque sus ojos tienen un brillo extraño, una mezcla de desafío y agotamiento.
Y luego está Caleb.
Mi marido entra en el comedor un paso por detrás, cargando los documentos como si fueran tablas de piedra. Su palidez es extrema, casi cadavérica, pero lo que me detiene el pulso son sus labios. Están ligeramente hinchados, con un matiz rojizo que no estaba ahí hace diez minutos. Sus nudillos, ya magullados de anoche, parecen más blancos mientras aprieta los papeles contra la mesa.
Caleb se sienta a mi lado. El frío que emana de su cuerpo es glacial.
—¿Por qué tardaron tanto? —le pregunto en un susurro que solo él puede oír, mientras Nora empieza a revisar las últimas cláusulas.
Caleb no me mira. Sus ojos están fijos en la jarra de agua, como si necesitara ahogar algo dentro de sí mismo. —Porque se lo explicaba bien, Sofía. Mila es... difícil cuando se trata de seguir reglas.
Suelto una risa seca, amarga. Una risa que me quema la garganta porque sé que me está mintiendo en la cara. —Intentaste convencerla de que no firmara, ¿verdad? —le siseo, inclinándome hacia él.
Él finalmente gira la cabeza. Sus ojos están inyectados en sangre, vacíos de la calidez que solía mostrarme. —Lo hice —responde con una voz mecánica, carente de emoción—. Le leí los contras e hice hincapié en ellos. Quería que entendiera exactamente lo que está entregando a cambio de este dinero.
Miro a Mila. Ella evita mi mirada, concentrada en el bolígrafo que Nora acaba de poner frente a ella. Luego miro a Erik, que observa a Caleb con una diversión sádica, como si estuviera viendo a un animal retorcerse en una trampa.
—Hiciste hincapié en los contras... —repito, mirando de nuevo esos labios hinchados de mi esposo—. ¿Y qué parte del contrato requería que la convencieras con la boca, Caleb? Porque pareces un hombre que acaba de salir de una pelea... o de un pecado.
Caleb tensa la mandíbula tanto que temo que sus dientes se rompan. —No empieces, Sofía. No hoy.
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Caleb POV
Sofía está como un tiburón que olfatea sangre
Y sin embargo toda mi energía está concentrada estan concentrada en no decir ninguna estupidez en esta maldita mesa.
La miro a ella, y solo a ella.
A mi maldición,y no hay rastro de la Mila rota de hace unas horas. La mujer que casi se derrumbó en el despacho ha desaparecido.
La que estan en el salón es otra.
Sentada con la espalda recta, la barbilla alta, y una chispa peligrosa en los ojos. Su brazo rodea el de Erik Vance como si hubieran nacido unidos.
Como si fueran cómplices.
Y tal vez lo sean.
Se miran de vez en cuando, compartiendo pequeñas sonrisas privadas, como si estuvieran contando los segundos para que todo esto explote.
Mi estómago se revuelve.
—Procedamos —dice Nora Vance desde la cabecera de la mesa.
Su voz corta el aire como un bisturí.
El contrato descansa sobre el mantel de lino blanco como si fuera un arma ceremonial.
Me acerco.
Cada paso pesa como una condena.
Mis manos tiemblan cuando me inclino sobre el documento, pero las de Mila están firmes. Terriblemente firmes.
Toma la pluma.
Pero antes de firmar, se inclina hacia Erik.
Él le susurra algo al oído.
No escucho qué.
Solo veo el resultado.
Mila suelta una carcajada.
Una carcajada real.
El sonido rompe la solemnidad del salón como una copa que se estrella contra el suelo.